Francisco Cervantes



Selección y nota introductoria de Armando González



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Nota introductoria


Una huella al margen

La presencia de Francisco Cervantes ha dejado una huella profunda en la cultura mexicana: por un lado, como creador de una obra poética excéntrica y deslumbrante y, por el otro, como puente entre los idiomas español y portugués, mediante una pertinaz labor de traducción y difusión. En particular, los libros de poesía que hasta ahora ha escrito Francisco Cervantes conforman una obra excepcional, construida en los márgenes de la tradición poética mexicana. Porque las influencias, los motivos, la prosodia y la sintaxis de Francisco Cervantes escapan de las referencias generacionales y se saltan las taxonomías. Pero si Cervantes se sale de la aldea, su búsqueda cosmopolita tampoco se dirige a las metrópolis habituales, sino que se encamina hacia geografías ignotas, tradiciones adyacentes, épocas mal recordadas, cultos insólitos y herméticos, éticas y modales enterrados. Si sus mentores y ancestros poéticos son inusuales, con más dificultad podemos hablar de sucesores, pues se trata de una poesía sin las cualidades programáticas que suelen exigir los feligreses. Aunque, por el rigor con que ha sido forjada, su obra es una preceptiva indispensable, resulta muy difícil extraer de esta poesía torturada y extravagante una poética con posibilidades de éxito entre las multitudes. La poesía de Cervantes no le tuerce el cuello a ningún cisne, no es estandarte de oprimidos, no es sirvienta de la novedad, no es representativa de la época y, pese a la facultad hipnótica de su prosodia, es una poesía honda y cerebral, hostil a los imitadores y a los parásitos. No se trata, pues, de un lugar poético donde puedan regodearse los turistas, sino de un punto geográfico de difícil acceso, pero que fascina por su vegetación y sus frutos salvajes.

La extravagancia de Cervantes comienza por el lenguaje: como decía Gabriel Zaid al comentar Cantado para nadie, hoy el bilingüismo es un hecho comercial y no cultural, de ahí la singularidad de esta apasionada exploración de lenguas como el gallego, el portugués y el español que busca rebasar las fronteras físicas y temporales entre idiomas y generar una lengua franca más cercana a los ritmos y las emociones que a los significados. Mediante este ejercicio de mezcla, experimentación, homenaje y asimilación de las lenguas, que va desde la utilización de moldes y ritmos de la juglaría, pasa por los rigores de los moldes métricos consagrados y llega hasta el cultivo de un engañoso verso libre, Cervantes completa una deslumbrante lectura y recreación no de una, sino de varias tradiciones emparentadas. La naturalidad con que Francisco Cervantes transita entre sus hablas elegidas va más allá del dominio técnico, implica una voluntad de autoconocimiento mediante la inmersión en los idiomas ancestrales; implica también la nostalgia de una lengua genésica, de una patria del canto anterior a Babel, a la que acaso sea posible invocar cuando las palabras trascienden los significados. No es extraño que a este creador de rarezas indispensables en el panorama de la poesía hispanoamericana, a este intelectual lúcido, hosco y claridoso se le regatee el reconocimiento y las recompensas materiales que el aparato cultural reserva para personalidades más apacibles y asertivas. Con todo, publicaciones como este mismo material de lectura, reconocen el valor de una obra y deleitan a esa “inmensa minoría” de lectores que aprecia el privilegio de la poesía de Cervantes.

 

Armando González Torres

 


 

 


De Los varones señalados (1972)
 
 
Lema y dama
Combaten dos enemigos del de la inquieta espada
Tres fueron los campos, los escudos tres

Lema y dama
 
 

era una bella
de gran dulzura ligeramente obesa
con esa gran dulzura perruna
que tienen las mujeres gordas
el caballero no conocía oración más eficaz
en los momentos de peligro
que el nombre de su dama
ni existía virgen de quien fuera más devoto
los colores de sus armas no invocaban
sus victorias sino la piel de su amada
el vestido de que la despojara
la primera inolvidable noche
de todas sus contiendas no guardaba memoria
no así de las expresiones corrientes de su dama
o de su risa o de sus gestos
tal era su actitud tal fue su recompensa
la que le fue entregada a todo lo largo de su recorrido
no de una y definitiva vez
ni más placentera ni mejor victoria nunca tuvo
a todo lo largo del camino recordó
cada uno de los miembros del cuerpo venerado
y cada una de las entonaciones de la voz
y aun de los sollozos que en el lecho
nacían de la garganta que él amaba
y las palabras ora dulces ora soeces
de los momentos en que la comunicación se consumaba
más estrechamente unidos
por más extremos de sus cuerpos
todos esos ruidos en su lápida
que pesa sobre sus huesos sin fatiga
mejor epitafio y más bello hubieran hecho
que un verso de cualquier maestro de la trova
y fueron el más alto premio
la bienvenida más notable que tuviera
al regreso de todas sus batallas
aquí no se narra más
su lema de todos conocido
pero no de todos entendido
decía ama sobre la tierra como bestia
y muere pronunciando esas palabras sólo suyas

aquí se habla de su lema
y ha poco de su dama
de sus armas las realmente poderosas
fueron su altivez
su magnífica sangre de bruto
y su terquedad a prueba de delirios
¿de tal caballero el nombre?
el de la Inquieta Espada
tal era su actitud tal fue su recompensa.


Combaten dos enemigos del de la inquieta espada

principiaba la noche
cuando los mandobles empezaron
a dos manos se encontraron
los caballeros a mitad del bosque
haciendo cantar de furor
los filos más duros que la roca
a sus espadas cuyo peso
atestiguaba la nobleza de quienes las empuñaban
las armas de uno negras
y las otras verdes de un verde desesperanzado
y solitario
ambos con el rostro al aire
resoplando por el esfuerzo y el combate
luchaban por algo tan sagrado
como el derecho a ser el primero
por algo tan sagrado
como su honor de caballeros
la noche se fue haciendo espesa
y los mandobles impedían el sueño
a los animales del bosque
y cruzándose tratando de vencerse
pasaron horas de sonoro y destemplado canto
las armas sus fronteras melladas
las manos doliéndoles porque los guanteletes
ni las armaduras protegen manos o cuerpo
del agotamiento cansancio o melladuras
la aurora los sorprendió batiéndose
con sus dos manos sosteniendo su pesado renombre
uno de ellos acaso el que más noches de amor
cerca del combate hubo
cayó mientras su espada callaba
y su armadura al llegar al suelo sonó como la piel vacía
    de un alma
no se movió ya más
y aquel que a duras penas se mantuvo en pie
supo que el caballero de las negras armas
había muerto sin más heridas
que sus poros que su respiración
que sus noches de amor en su terrible cuerpo.


Tres fueron los campos, los escudos tres

                           El caballero a la moda llama a la puerta.
                           Nadie lo recibe,
                           Sólo nosotros,
                           De nuestro origen fantasmal conocedores.
                                                                                            
FG


Épocas hubo, lamentaciones hubo,
Hubo un poco de humo por dentro de la carne
Y un poco de viscosa materia en derredor de sus huesos
Una oscura memoria asombrosamente silenciosa
Que veía venir una nostalgia
Del sueño escanciadora; aquella que ofrecía su cuerpo
A las caricias del tiempo y del pensamiento.
No se interrumpe el fuego, acaso cambia,
El leño apagaréis, mas nunca el fuego;
A nada dais la muerte, eso que tocáis es un muñón tan sólo,
Pero plantas brotarán, oh querido Marco Bruto,
Claquín famoso, oh Valentino
Exilio, dulce exilio, sombreada muerte,
Fresca desolación la que nos trae con la alegría el viento.
Oh amada, tierna la herida siempre fuera
Como de niña que cumple todas las noches
Siempre la primera de su amor, sin fatigarse.
¿Quién es aquel que acepta ser
la sola encarnación de un instante,
el proyecto de un instante?
Esto sucede a su pesar,
Aunque no haya sido decretado
Ni exista aquel que lo decrete.
La resistencia y aun el acto de acatar,
Rebeldía o resignación,
Son gestos de los dioses
Y todos somos caretas para que ellos hagan muecas.
Pero, a su vez, ellos no son sino el consuelo
De quienes buscan un bastón o un antifaz para dormir.
Oh pequeños, aceptad la belleza de todo
Porque no perdura, y lo que al tiempo se resiste
No es más lo que al principio fue,
Ni los dioses otra cosa son
Que vanidad todavía más frecuentada.

Superficial, externo,
Pero nunca fieramente fiel,
Oh, no soy de vuestra estirpe ponzoñosa,
Ni de la de aquellos que llegan al potro
Donde la felicidad estira sus miembros dolorosamente.
Esto lo escribo en el exilio,
Encuentro este silencio y su destello vacuo.
He nombrado a mis ancestros
Y sus divisas, sus escudos:
La espada del suicida,
El corno de los bosques,
El toro que en latas torres ondea
Mientras mueren mercenarios.

He nombrado a mis ancestros y digo:
Ésta es la raza que yo acepto,
No la elegí ni ella me escogió,
El azar fue que nos condujo,
Ondulaciones que nos enfrentaron.
El sueño contra el sueño,
El corazón contra el latido,
Ansia contra el cansancio,
Lecho contra prisión y desconsuelo.
Miro borrarse los secretos bajo la yerba,
Miro los años ir detrás de muchos hechos,
Miro la muerte en todos los extremos, en todos los extremos.

 


 


De La materia del tributo (1972)
 
 
Último canto

El filo doblegado,
La daga hendida,
La amargura del pasado
Y el presente sin medida.

Discípulos no queden,
Bórrense a mi paso...
Oiremos cómo ceden
Los cantos y este vaso

En que talladas fueran
Las figuras y los cantos...
Ay de los que se vieran
Desembozados tanto...

Así se borra esta mención
Hecha en nombre del postrero
De los nuestros con el don
Y ha de ser, ay, el primero.

 


 


De Esta sustancia amarga (1973)
Digamos a una sola voz

Todas las tardes me visita, pues
conoce mi debilidad por ella, mi
viejo y dulce vicio por su presen-
cia melosa. Llega, se instala des-
cansa un poco, se acomoda y des-
pués inicia su lento recorrido por
todas las instancias de mi memoria.
Desde su primera visita conoce la
plaza, el plazo, la consigna que le
indicará que no podrá volver, que
ha tocado mis límites. Ahora es pre-
ciso que la deje transitar libremen-
te interrúmpome y le digo, casi en                      
silencio: Bienvenida, Saudade mía,
bienvenida, aunque lo que recuerdas no
fuera como lo repites, bienvenida seas.

 


 

 

 


De Cantado para nadie (1982)
 
 

Cantiga distante
Aquel que recuerda
Cantado para nadie
La fisura del pasado

 


Cantiga distante


Ahora es preciso intentar
Un arte tan restringido
Que diréis: fue gemido
Mejor aún que cantar.
Si así fuera, pues creed
Ca si della tuve tal sed
Ca pronto la hube perder.

Mas allí hube tanta paz
Y dicha de mi descuido,
Que fui en los amores servido
Y en servicio, fui mortal.
Amor, no pude retener
A quien saudoso mi ser
Destruyólo, sin querer.

Para ahora me callar
Necesitara medido,
Tener el dolor sentido,
Y hacerme hacia la mar.
Mas para tal menester
Haré el olvido valer
Por encima de mi ser.


Aquel que recuerda

 

A María Victoria Llavero


Cuenta monedas de oro que son nada,
Renueva el dolor por lo que nunca tuvo.
Repasa en el insomnio la mesnada
Que con él anduvo y él, ¡que nunca anduvo!
Dulce siente la amargura
No por pasada, sino por no recuperable.
Segundos son los años y armadura
Su flaqueza, y aun su herida será sable.
Mas oye entre el silencio tanta queja
Que si daño le hiciera, hoy da consuelo;
Ya no le duele más lo que atrás deja
Y dormirá sin sueño bajo el velo
De lo fugaz e insensato transcurrido.
Nada pide y recuerda sólo la excepción
Que él siempre ha sido.
Ni en agitada ni en quieta convicción
Rebusca la memoria ni la evita.
Ella está ahí, ¿quién se la quita?


 


Cantado para nadie


La cólera, el silencio,
Su alta arboladura
Te dieron este invierno.
Mas óyete en tu lengua:
Acaso el castellano,
No es seguro.
Canciones de otros siglos si canciones
Dolores los que tienen todos, aun aquellos
—Los más— mejores que tú mismo.
Y es bueno todo: el vino, la comida,
En la calle los insultos
Y en la noche tales sueños.
¿A dónde regresar si sólo evocas?
¿Amor? Digamos que entendiste y aun digamos
que tal cariño te fue dado.
Pero ni entonces ni aun menos ahora
Te importó la comprensión que no buscaste
Y es claro que no tienes,                      
Bien es verdad que no sólo a ti te falta.
La ira, el improperio,
Los bajos sentimientos
Te dieron este canto.


La fisura del pasado
 

A Ernesto Volkening

El sueño, que le es dado a todos,
Revela muchas veces la fisura
Del pasado, que en su forma pura
Busca nuevos cuerpos y acomodos.

Aunque los ojos cierre o abra
Y se mantenga en la vigilia,
El hombre no se reconcilia
Consigo ni con su palabra.

Mas alguna vez será el ocaso
En su destino o su memoria,
Que si algo perdura, acaso

Será su hado, no su gloria.
Nadie es ninguno, pues su paso
Se repite, no su historia.

 


 


De Aulaga en la Maralta (1985)
Del séptimo sello


Recordaré esta tarde,
Dijo el caballero,
Por la belleza que adivino que no tenían vuestros rostros
Pero que yo vi en ellos.
Me veré tomando un cuenco de leche fresca
Y comer las fresas, dulces por el gesto con el cual me fueron
    ofrecidas.
Mia, tu marido Jof y el bebé Miguel,
Todos los que a mis ojos sonreían
Me serán descanso.
También mi escudero Juan, que nada tuvo salvo su lucidez,
El casi perdido juego de ajedrez
Y la muerte, compañera que sólo para mí he querido. Recordaré todo esto como la belleza última
Que vieron mis ojos,
En el momento postrero de mi vida
Justo el instante en que se tense el cuello mío ante la
    cuchilla.
Y todo acabará sin dulzura o amargor,
Porque todo debe terminar antes de que la fatiga y el
    aburrimiento
Hagan presa de este torpe cuerpo


 


De Heridas que se alternan (1985)
 
 
Meditación sobre los maniquíes
Máquina de la memoria
El desnudado brillo
La luz que ya se iba...
Autorretrato tomado en febrero
Espejos embistientes
Heridas que se alternan

Meditación sobre los maniquíes

De la pintura de Bia Wouk, y para Joao

Un laberinto es lo que somos.
Tiempo sobre tiempos sobrepuestos.
Sueños, sobresueños, pesadillas.
El agua quieta, no se sabe
Qué aguarda, con la luz repite
Caninamente nuestra estancia.
La vemos caminar por esas calles.
Nos llaman reflejos, ¿y lo somos?


Máquina de la memoria

 

Mientras todo fue el fragor fuera del pecho
Pues enfurecido me llevaba
No hubo tiempo a la nostalgia
Ni un pequeño rincón a su cosecha.
Hoy, herido de muerte entre cadáveres,
Hago memoria.
Nadie podrá repetir estas palabras.
En ellas me confieso
Las heridas que humedecen mi pecho
Ardores precipitan y una especie de más prolongado sueño
Siento que llega.
Ay, no tengo arrepentimiento alguno
De la gente que halló muerte en mi mano.
A eso venimos a la tierra:
A dar muerte o recibirla.
Y ya logrado tal efecto,
¿A quién le importa?
No, no me da miedo estar muriendo,
Tan sólo quisiera que abreviaran.
Oigo aquí cerca a un natural
Que asesta golpes de gracia a compañeros.
Ojalá pudiera gritar o removerme
Y él me viera o escuchara.

Acabó también todo coraje.
Me pesa la carne de los otros
Que oprime esta masa que yo soy
Una ventaja: no verme mutilado
Ni así permanecer más que el día de hoy,
Que es infinito.
Ni cuchillo ni bala
Vienen a ultimar la obra de los otros.
La sangre que derrocha mi agonía.
Oh, Dios, las nieblas hermosas que me alcanzan.

Con la carta en la mano
Y el viento al arrugarla
Llorará un poco.
Pero se ha de arreglar el pelo,
Se estirará el vestido hasta rozar el suelo.
Abrirá el biombo de cristal que cierra el paso
Entre el jardín más bien agreste
Y el ruido de los platos, los cubiertos,
Las copas y la gente.
Los comentarios infantiles sobre su esbelta belleza,
La adoración adivinada que algún comensal siente por ella
Le arrojarán a la cara
Las viejas imágenes del soldado que murió
Hace unos días, en tierra extraña,
Matando por dinero,
Pero cuya carne ella quisiera sentir de nuevo
Dentro de sí, oh, qué hacer para pensar en él de otra
    manera.
Mientras se sirve el vino
En una copa opaca
Siente el desprecio que le tuvo,
Porque era él un ser infame.
Pero la carne inflama
Y se reseca en un dolor ya sin salida,
En una estancia de familia,
Donde los invitados nada saben.
Sus niños le sonríen. El marido es amable.
¿Dónde esconder la carta?
¡Qué sueño tan desagradable!
Mas no despierta
Y, de repente,
Al llegar a los postres,
Grita con las fuerzas que le quedan
Y cae sobre la mesa, resbala aferrándose al mantel.
No, no está muerta.


El desnudado brillo


El vino, el queso y una siesta
Bajo la luz de otoño esperaría
Para alcanzar la muerte en ese día:
Día del encuentro, día de fiesta.

Probar el pan, la noche y la mujer
Es la última, constante, despedida.
Mirar desde la almena allá, tu vida
Abajo, y antes de salir, beber.

Pero la muerte es un platillo
Delicado, consistente, del que vive
Con sola su sustancia y prueba y mide
La noche espesa o el desnudado brillo.


La luz que ya se iba...

 

Recuerdo que te miré con miedo
Cuando te sentabas frente a mí.
La belleza al ser tan grande y honda
Es inhumana y dura, sin piedad.
Mas tu dulzura, la suavidad de tus ideas,
Las palabras medidas en que iban expresadas
Y esa infinita ternura que era tuya
Debieran haberme hecho perdonar tu belleza enorme.
Pensaba que podrías cambiarme,
Hacer de mí a capricho tuyo aquello que desearas
Y temía. Ay de mí.
Cómo decir lo mucho que llenaban en mi huera vida
Esos minutos en que eras para mí,
Qué informe todo lo que no fueran los instantes
Contigo así pasados.
Llegó entonces una tarde a mi memoria
Como disparo de un arma certera, mortal, inevitable
En que despertaba de la siesta
En otro continente, allí, en mi cuarto
Y aún deberían pasar un par de horas
Para ver a esa mujer cuyo cuerpo era
Sencillamente hermoso como su habla y su compañía
Acordé por el intenso dolor que tanta dicha habíame dado.
Pensé que nada podía ser así maravilloso,
Pero que era intolerable tal felicidad.
La luz que ya se iba lo decía
Y el corazón dolíame en extremo, desdichado,
A fuerza de alegría tan abundante.
Supe entonces aquello que hoy quiero decir
Mas que no puedo; mejor sería intentarlo
De otra forma, ¿usted podría?


Autorretrato tomado en febrero


Un laberinto de papeles.
Algunos hoscos garabatos,
Y el sueño en que me pierdo a ratos
Son, acaso, los retratos
Que de mí hubiera, los más fieles.

Pienso mientras estos signos trazo,
En si quedará de mí memoria alguna.
Y mientras varias obsesiones, una a una,
Me definen, un recuerdo me importuna.
Es todo lo que dejo acaso.


Espejos embistientes

 

Ni en la muerte espero dormir
Álvaro de Campos


Es el agua, amiga,
El agua del insomnio
Que larga, cansadamente se derrama.
Óyela cómo se levanta
Sobre tu alma.
Tú, que aún sollozas entre lienzos,
Que repasas viejos rencores
Con un cuchillo roído por gangrena,
Como el niño que las rejas
De la ventana hace cantar
Con una regla de la escuela.
Pero si tratas de sestear,
Oyes el agua,
El agua, amiga mía,
El agua en que has de ahogar
Tus amores, los desalentados,
Los vestidos y los amantes que tienen otras que tú envidias,
La joya que robaste
Y descubrieron en tu bolsa,
Destinada a ti como regalo ya desde antes,
Pero cuyo presente así evitaste.
Mira los cuadros sombríos que vigilan tus sueños para
    siempre,
En galerías de espejos embistientes
Que nacen de un agua pesada y ronca,
De un agua persistente que se mueve a grandes torbellinos,
Que cuando ya va a ahogarte se retira
Sólo para que le des espacio que invadir
En la esperanza,
¡El agua del insomnio, amiga mía!


Heridas que se alternan

Te preparas a salir,
Te habrás marchado
Antes de lo que tú quisieras
Pero después de lo que otros han deseado.
Tus pensamientos son amargos
Porque nacen, son
Heridas que se internan, heridas que se alternan
Y te amagan,
Te devuelven a ti mismo.
Pero se internan tanto
Que pronto han de cesar
Y cuando acaben
A ti será a quien habrán llevado
Más allá de todo, sin aceptación alguna o sin rechazo.


 


De Los huesos peregrinos (1986)
Ó tejo, a agua doidejante!
Oído entre dos tumbas

Ó tejo, a agua doidejante!

A Elías Nandino

No sueños, no memorias.
Pido a los dioses, y lo espero,
Tan sólo el gran silencio.
Aires de mi carne, otoño lisboeta,
Aquí he llegado,
Pero cuando abandone ya tu luz,
No extrañaré ya nada de lo tuyo,
Habré distancia, y bien se sabe,
La distancia ya no duele
Menos aún si se la canta.
Oídme, oídme, oídme.
Eso pedía mas nada pido.
En el canto ensordecíme
Y fueme, por descuido,
El canto a mí llegando.
Canté, oh Hados, qué canté.
No fue mi suerte, ni mi fe,
Ni por azar, ni bajo mando
Que mi voz quiso tocar
Esas benditas piedras,
Canto estos cantos de miserias.
No son cantos ni es cantar.
Ahora, ya en paz,
Por mí rogad,
Pronto la muerte espero.
Y del secreto venero
El agua enloquecida,
El agua muerta, el agua viva.


Oído entre dos tumbas

 

                                     Para Adolfo Castañón

                                     Leer en el silencio y las cenizas:
                                     el esplendor entero se nos revelará;
                                     como abrir grandes ventanas a un astro
                                     que no sabíamos que allí estaba.

Enrik Traden
(versión de José Régio)

   

Es causa de infortunio grande
Desear o no desear;
Retener, dejar pasar.
Es causa de infortunio grande
No tener infortunio
O pequeñas tragedias;
Padecer gran infortunio.
Es causa de infortunio grande
Contemplar, participar,
Saberlo o ignorarlo.
Es causa de infortunio grande.

Pero no basta la correspondencia
Ni clámides son pliegues que nos ornan,
La piel que las recibe tal caricia
Aprende y se acomoda:
Así de suave será sabiduría.

 

 


 


De El canto del abismo (1987)
Ni orgulloso ni humilde

Dame, Señor, piedad para mí mismo
Y que mi obra te responda.
No espero comprensión de nadie
Pues la máquina humana es limitada
Y no hay otra cosa
Que ajena consistencia de aquello que desprecio
Y de igual manera me desprecia.
Al nombrarte, Señor, me nombro a mí.
No creas que no me entiendo,
Pero antes de regresar a las tinieblas
Es posible que tú quieras que te exprese al expresarme.
Si así fuera, Señor, lo estoy haciendo.

 


 


De El libro de Nicole (1992)

Mísima*


Señor, largamente he llorado entre la tempestad,
Como si deseara unir mi agua con su agua,
Como ofreciéndole mi doliente humedad,
Como incinerando carbón junto a la fragua.

¿Conoces el limo tardío de donde procedemos
y acaso lástima soñolienta te produce?
Mucho es esperar y lo es de menos
¿Y hacia dónde, cuándo y cómo nos conduce?

Tú que miras tan solo sin mirar
El transcurso de este lento mundo,
Dinos alguna vez sin contestar

Con un suave dejo mas rotundo,
¿A quién le corresponde tal aliento
Que no viene de ti ni es tu lamento?

 


* Mísima. Término neognóstico para misiva mínima.

 


De Regimiento de nieblas (1994)
 
 
Farol de la calle
Ojos por teléfono
 

Farol de la calle


(En la voz de Amalia)
No me enciendo ni me apago,
Que estando en penumbra sigo
Más que con otros, conmigo,
Sin grande gloria ni amago.

Esta absurda consistencia
No duro me hace ni blando.
E inmóvil voy, que volando
No se ahueca mi existencia.

A ti, minuto pasado,
Puedo confiarte el secreto
Que guardo tras de mi peto,
A todas vistas, velado.

No es nada nada mi nado,
En este cruel desatino.
Y aunque así se cante en fado,
No se traduce a destino.


Ojos por teléfono
 

Al rasurarse, vio que tenía los ojos de otro.
Y, por su parte, los ojos le miraban con reproche. No
    obstante,
salió a la calle. En su despacho, su secretaria lo saludó
sin mirarle.
Cuando el primer cliente acudió a hablar
con él y empezó a exponerle su caso, se detuvo en seco,
tras las primeras palabras. No era alguien que
lo conociera demasiado, mucho menos un amigo.
—¿Qué le sucedió en la cara? —preguntó.
No supo qué contestar.
Así sucedió con todas las personas que fueron
a verlo. Pero sentía terror por la hora de la salida,
cuando llegara Berenice.
Tomó el teléfono. Muy despacio marcó los números.
La escuchó.
—No vengas por mí. Por favor espérame —le dijo.
Berenice estaba a la expectativa.
—¿Qué te ocurre? —habló por fin—. Se te oye
una voz distinta, como si algo te hubiera pasado
en los ojos.


 


De La obra soñada de Hugo Vidal (1995)
Geografía
La obra soñada

Geografía
 

A Laura Reinking,
en su aniversario,
este homenaje gatuno.


Quienes nacimos en otro lugar que nuestra patria,
Cualquiera que ésta sea,
Un lunar nos deforma la mirada
Y hay en el alma rasgaduras
Por donde se ven las tierras de donde salimos,
Y no se encontró ser ni acción
Que nos exaltara
Así debilitados,
¿Cómo nombrarle vida a esta nuestra vegetatura?


La obra soñada
 

¿Recuerdas la mañana en que te despertaste
buscando ansiosamente el libro aquel, que
habías escrito para documentar tu grandeza?
Tus ojos bordearon lomos y portadas, tus
ánimos se despeñaron entre pilas de lecturas.
¿Quién eras tú, que despertabas a la constante
de una obra?
La presencia del sol te devolvió la cerrazón
que creíste espacio expresivo. No estaba allí,
ni en parte alguna. Si lugar tenía era en tus sueños
y la memoria de ellos.