Dionicio Morales



Selección y nota introductoria de José Homero



VERSIÓN PDF



 

Nota introductoria

 

Antaño manteníamos una relación unitaria con el cosmos. Esa unidad se manifestaba en los vínculos entre el hombre y la naturaleza. Mediante el rito el individuo recuperaba una inocencia primordial donde las cosas y el hombre perdían su singularidad para convertirse en miembros de una realidad común. Tales ritos podían ser de nacimiento o la entrada a la pubertad. En ambos casos el púber o el nonato eran abandonados en territorios simbólicos: bosque, selva, planicie, para que encontraran su familiar en la naturaleza, comúnmente un animal. Esa consanguinidad aún es visible en nuestro imaginario. Joseph Brodsky insistió en el carácter arcaico de nuestras imágenes diciendo que la memoria es el rabo que perdimos en el curso evolutivo. No extraña la recurrencia con que ciertos emblemas naturales son convocados por aquellos que específicamente ejercen la función de la memoria: artistas o poetas.

En un poema de resonancias huertistas, “El alba anticipada”, Dionicio Morales (Cunduacán, Tabasco, 1943) compone una elegía para el padre muerto cuyas frases configuran un territorio salvaje donde el poeta se identifica con un árbol. En tanto el padre ha muerto prematuramente cuando el hijo aún se encuentra en proceso de madurez, éste buscará “la nota vertical” de la sonrisa paterna bajo una “cárcel subterránea” hasta reconocerse él mismo árbol también.

“El alba anticipada” no sólo asentaba la imagen ideal del poeta como un árbol. Al estatuir dicha condición establecía una relación vertical complementada con una dimensión horizontal. Me refiero a que la evocación paterna se realiza desde una habitación que pronto se convierte en casa. Mientras el padre se hunde, el hijo comienza a extenderse merced a la obra de la imaginación, de la posibilidad de recuperar la felicidad solariega de la infancia, pero no de modo vertical, lo que implica una temporalidad —testimonio de un crecimiento, de un avance, sino horizontal, negando el transcurso.

“Señales” concentra muchos de los asuntos y cualidades de la poesía de Morales. Es un poema de amor escrito desde una perspectiva lúcida, cuando el abandono sofrena el entusiasmo, cuando la ausencia ha domeñado la ilusión creadora. Hay una jerarquía latente: arriba/abajo; cielo/ tierra, expresa en la circunstancia de que el sol, “el más alto vigía de la luz”, crezca hacia abajo o que el cielo haga llover “su más límpido goce: su estatura”. Lo notable aquí es la dimensión escéptica, cómo sin negar la función genésica y feliz de la pasión, el poeta se niega a imbuir de una luz áurea al mundo, insistiendo en imágenes oscuras. Incluso la mención a la divinidad es para decir que “da la cara la de siempre al mundo”. La fertilidad que acompaña al encuentro amoroso se traduce en esterilidad, de ahí que el sol, en una disemia feliz, descienda de sí mismo, significando que es su propio padre y también un descenso semejante al de los muertos, reiterando esa esterilidad. Si el encuentro con el otro rescata en principio al amante de la desolación, permite la regeneración y propicia imágenes de una satisfacción campesina elemental (el otro es: “Cuerpo/ Durazno/ Pan”), no puede sin embargo negarse que se trata de una historia añeja y que el encuentro que tan milagroso parece habrá de ser negado por el tiempo.

Los poemas de Dionicio no buscan tanto detener el instante o lamentar su transcurso, sino mediante la evocación de esos momentos mostrar que lo propio del hombre es la memoria. No extraña entonces que posea afinidades con el Efraín Huerta y el Octavio Paz ávidos de metáforas y de imágenes de luces, lluvias, estrellas y jardines de aquellos últimos treinta y primeros cuarenta, o que al reparar en el credo del renacimiento corporal-vegetal aluda astutamente a Carlos Pellicer. Y no sorprende porque como estos poetas, Dionicio, siendo un poeta del amor y la amistad es ante todo un poeta que reconoce, más que celebra, la creación. En esta voluntad destaca sobre todo su énfasis en mostrar cómo la belleza de las cosas está en proporción a la luz que reciben. Los poemas de Señales indican esta cualidad mostrando una grata conjunción con la mirada del crítico de artes plásticas que es Dionicio, pues la alabanza de la luz se expresa en estampas que buscan la limpidez de un paisajista, de un dibujante magistral: “Admira / oh mundo / tu desnudez” dice en “Génesis”.

En una entrevista Dionicio declaró que nunca se deprime y en esta confesión un poco fuera de lugar podríamos encontrar una clave para definir su obra: una poesía que no pretende renovar la tradición, pero que se convierte en necesaria porque nos permite definir a ésta de mejor modo. Dionicio representa en nuestra poesía el tránsito entre la poesía celebratoria del mundo y con ello, de la naturaleza y el amor, y la conciencia de que la pasión tampoco ha de salvarnos. Al contrario de sus contemporáneos, no opta ni por la vía del poema que reflexiona sobre sí mismo ni por un coloquialismo que desplaza el entusiasmo por la creación a la incomodidad vital. Dionicio, quien no se deprime, es un poeta de tono mesurado, discreto, que toma aquello que la vida ofrece, que da cuenta de sus goces pero también de sus amarguras, también sus penas, sin por ello imponer su ánimo al mundo. De ahí que algunos de sus mejores poemas estén en este volumen de Las estaciones rotas, donde la pasión es indisociable de la reflexión sobre el tiempo, sobre la vejez y la esterilidad. No extraña tampoco entonces que esas imágenes arbóreas y pétreas con que asentaba su condición otra estén por otra parte tan presentes ni que el poema “Las estaciones rotas” ratifique esa condición suspensiva del ritmo de la naturaleza. La naturaleza, el mundo, pues la ciudad también se incluye aquí, conviértense en un correlato de la existencia del individuo. La ciudad, según el humor, puede ser o desértica desde la perspectiva desolada (“Año viejo”) o un espacio donde canta la vida si se presenta el amor (“La ciudad”), así sea que se añada “su malgastada desventura”.

Desde los sesenta muchos poemas de Dionicio repudiaron la tradición de la poesía mayestática, pero esos textos, con sus expresiones coloquiales, con su apego al Jano del doble sentido, con su burla a los símbolos más claramente líricos y sus peticiones de cotidianidad, suenan impostados, epigonales. Y es que si Morales no propone la buena hechura del mundo sí podría suscribir su asombro ante la cornucópica creación. Por ello conmueve la amargura que encontramos en este libro último donde simbólicamente aquel árbol herido que era el adolescente huérfano de “El alba anticipada” reaparece convertido en un árbol viejo que “todavía tiene ganas de vivir” y se empeña en reverdecer con los años: “en otra tierra, / con nuevas gentes, / en cualquier lado”. Y su poesía desamorada no cesa desde la inversa perspectiva de recordarnos que no hay mayor dicha ni mayor plenitud vital que la corpórea.

Este “árbol herido” ahora ya “viejo” es también una piedra silvestre cuya memoria “resguarda los instantes primitivos/ remotos/ en imágenes selladas” que ama la sal “que endurece su cuerpo sensitivo”. Y ello tiene que ver con no deprimirse nunca. Porque la madurez de nuestro estoico tabasqueño propone, como quería Fitzgerald, continuar adelante sabiendo la inutilidad del esfuerzo. No puedo menos que celebrar la voluntad de vida de esta poesía tan antigua, tan nueva. Tan de siempre.


José Homero

 

 


 

De Inscripciones y señales

 
Señales
Los innombrados (fragmento)
Romance del buscón
 


Señales

 

A Eunice Odio

I

Amanece en el mundo
De un sobresalto uno despierta
con la certeza de que el día anterior
llovió toda la noche sobre la misma piedra
y de que el viento    horizontal
depositó al primer pájaro del día
en el árbol
                  más alto

Y uno no sabe qué hacer    ante
la realidad que todavía comienza
si entristecerse    llorar    o descargar
la cólera temprana sobre el día
o simplemente    sentarse
y desde allí    mirar
cómo pasa
                 la
                     vida


II

A Carlos Eduardo Turón


Como una procesión de mariposas
se abre el día
El Sol    el más alto vigía de la luz
es el primer testigo
(Dios    desde su bola de cristal
da la cara    la de siempre    al mundo)

El Sol de sí mismo desciende   y crece
como todos los muertos
                                      hacia
                                               abajo
con sus lenguas de fuego
(Dios    como por no dejar
nombra a todas las cosas de rutina)

Es la primera visión relampagueante
El aire abre sus puertas
y ya están todos   de pie
sobre la tierra

III


El primer estallido de la noche
deshizo la memoria

Estabas en una ciudad
donde la música de los violines
era trizada por el aire

La luz    imperceptible    casi negra
decoloraba tu mirada
y el cielo hacía llover
su más límpido goce: su estatura

La noche    altamente    brillaba
Entre todas las cosas
tú eras
           lo
              más
                    puro


IV


Lenta es la noche
A ratos se oyen    como un silbido
nuestras pisadas en la alfombra

Son los preparativos para el amor

El lecho    como una cripta    aguarda
De pronto    el peso de nuestros cuerpos
desnudos    lo aligera

¡Ah! nuestros cuerpos enlazados
principian al mundo
y una vez más somos
los primeros habitantes de la tierra
los que en estos momentos
no haremos descendencia
y dejaremos    aquí
grabados en blanco nuestros nombres

Pero tú y yo    como todos los demás
no escribiremos la historia

Será la misma
siempre comenzada
y siempre    siempre    repetida


V


Yo había dado mi corazón
a que lo devoraran las hormigas
cuando una mano
—tu mano jovencísima—
vino a poner sobre mi corazón
su
    tacto
            humedecido


VI


Eras toda la luz reunida
en un vaso de obsidiana.
Cuerpo a cuerpo: espejo perfecto.

Puse mi mano
sobre tu desnudez
y se hizo noche.

Dios, momentáneamente,
quedó ciego
y fuimos uno, dos, tres,
ay, tantos fuimos.

Al amanecer
quedamos huérfanos del mundo.

Y todos los días,
como la vida,
empezamos a partir de cero.


VII


Adolescente
                     cuerpo mío
Desciendo a ti
                       y un ligero
temblor de tierra
                           espiga
el final de la música
                                 cede
a mi voluntad

En ti me ensueño
Cuerpo
           Durazno
                         Pan

VIII


Entreabriste tus ojos
de sol
          enarenados
y la mañana
perezosa
abrió
        sus
             alas


IX


Claroscuro de ti
                          voy
desnudo    sobre la luz
sin esta piel
                   sin tacto

Llego al territorio
                             del alba
—la infancia del día
Por encima
                  del sol
todavía te miro

Vengo sin mí
pero contigo
                     dentro


X


No abras de nuevo
                               ese postigo
donde
          noche a noche
                                 merodea mi voz
y tu silencio de cristal
                                    hace añicos
al viento
                       ni permitas
el paso del vestigio de luz
al trillar la mansedumbre
en el laúd último del día
que te aguarda
                        enmudecido
En el claror intermitente
                                          morará
una tímida sonrisa
                                 deshielada
abandonada al azar
en un sitio extraño
                              y olvidado

Y en el soledoso recinto
ensordecido de objetos familiares
guarda esta flor negra
                                    y nauseabunda
del amor
                   raída
opulencia
                 de
                     la
                         muerte


XI


Estos ojos
                 aún son
los que te vieron
                            aquella tarde
en
     el
         jardín


XII


No digas
                 que no te quiero
si te olvido
                  un día

El olvido
                 es la memoria
fiel
     del
            tiempo



Los innombrados (fragmento)

 

A Abigael Bohórquez

 

Nosotros    los innombrados
los que poblábamos la luz
cuando una joven calle se detuvo
y nos fijó a la tierra
los que a fuerza de ser
respiración    palabras
piedra que en todas partes crece y crece
nosotros    los innombrados
los que en deshabitada luz
nos contemplamos    vacilantes
dispuestos a hacer sonar el tiempo
los que medimos la estatura del hombre
por los sueños    y recogemos miradas de quien sea
porque tenemos ojos para todos
nosotros    los buscadores del cuerpo
que se atreva a recordar el nuestro
los que morimos a diario por pedazos
al querer recobrarnos en cualquiera
los que al sonar el día recordamos
que nadie estuvo aquí
que nuestras manos se quedaron
urgidas    silenciosas



Romance del buscón


Nos vimos en el Metro
A una mirada tuya
                               mi paso
militante
                se detuvo

Tus ojos
                negruscamente negros
coincidían
                relámpago
soeces
             altaneros
con los míos

¡Ah! qué lúbricas
                             miradas

Todavía recuerdo
                          la palabra
te quiero
                revoloteando
                                      el aire

Cuando apareció un letrero
con la palabra
                        Revolución
                                             apresuré
mis
       pasos
                  hacia
                            afuera

Ahora voy por las calles
incendiándolo todo
                                con
                                      miradas

 


 

De El alba anticipada

 
 

 



El alba anticipada (fragmento)

A mi madre


Te fuiste tan de pronto,
cuando apenas mi noche maduraba.
No me diste el tiempo necesario
de preparar tus cosas para el viaje.
Te fuiste de repente.
Aún persigo incansable con mis manos
la nota vertical de tu sonrisa,
aún te busco incipiente por el tiempo
y no te encuentro hombre, amigo,
hermano de mis sueños clandestinos.

¿Dónde quedó tu paso, padre mío?
¿Qué cárcel subterránea te consume?
¿A dónde fue la ruta de tus ojos?
¿Qué sol penetra la tierra que te cubre?
¿Qué brazos te cobijan desde entonces?

Me hospedo en el paisaje.
Recorro las recámaras del tiempo,
la vista se me pierde en las ventanas,
te busco, de pared a pared, y no te encuentro.
Me tiendo mar adentro en la espesura,
reposo en los pasillos infinitos,
ahuyento con mis pasos tu presencia

y en el último peldaño de la noche, me detengo.
La mirada se vuelve hacia todos los lados
circunspecta, se suspende en la lámpara, se fija
y un resplandor sonríe a la deriva.

Me estaciono en el alba anticipada.
Me quedo allí clavado
conjugando tu acento con mi nombre
viendo cruzar los aros sorprendidos.
Mi sangre está de pie, fluye, se arrastra.
Se desprende mi ser. Se secó la raíz,
y es por eso que en mí, árbol herido,
llueve todos los días y a destiempo.

 

 


 

De Retrato a lápiz

 


Retrato a lápiz
Biografía marina
Corazón de obsidiana

 

 



Retrato a lápiz

 


No recuerdes
el médano demolerá tu corazón
en un recipiente negro y fétido
mientras el mar desquicia
tus ojos trasnochados
                                 de vida.
Deja que en tu memoria seca y
                                        extraviada
ardan implacables los fantasmas
que aparecen
                     y desaparecen
en el ciego recinto
                            que te aguarda.

La pequeña herida de alfiler
horada el entresijo
                            de un mar antiguo
y deposita su grano de sal insobornable
al escribirse otra historia
que también
                   es la tuya.
El aire aprisionado mutila
un enardecido color y al más mínimo soplo
oscurece y ahoga
el pedazo de vida
                          que te queda.

La luz carcomida por los siglos
se adelgaza al traspasar
la noche soñolienta
—negro espejo de Dios
                                   omnipresente.

Invéntale un nombre a tus sueños
sonoro    evocador    memorioso
y dócil    sustraído al dolor
te pertenecerá
                     —no por fidelidad
sino por desconocimiento
                                     de otros cuerpos.

Ignora la rama quebradiza
que se solaza y padece bajo tus pies
y muere y desaparece
sin un rastro un signo
una huella delirante
que renueve tu paso
                              por la tierra.

Asesina la palabra que pugna por nacer
enróllale el cordón umbilical
                                            en el cuello
y el último espasmo silabar
será el testigo fiel
de una vida más profunda
                                       y larga.

 



Biografía marina

 

A Joaquín-Armando Chacón que a los
veinte años no conocía el mar.

 

Desde mi infancia
                            recuerdo el mar
como un gran golpe de agua
profundo    interminable
                                   porque la vida
viene de más allá
                          de sus entrañas.
Mis ojos eran huérfanos
                                     de aquella luz
cálida mojada
                      en la suavidad
de un pétalo
                   de agua
                               deshojado
por la gracia marítima de Dios.
Mis ojos —digo—
                           eran huérfanos
pero la sal calcárea
                             hizo llover oscuridades
olvidadas
               sobre su cauce abierto.
Como un terco animal
                                  domeñado
cedí a sus reclamos
                              y mis ojos
—estos ojos—
                       descubrieron veranos enardecidos
que se estrellaban
                          en su rompeolas celeste.
Desde entonces
                        en su orilla navego
Un granito de arena
                             —cualquiera—
es tierra prometida
                            y desde allí
campeo tempestades
                               oteo el horizonte
suelto amarras terrestres.
(Las nubes bajan al mar
                                    a bañarse en sus olas
surcan aguas coléricas
                                como cisnes de mar
que acortan las distancias
                                      desmoronando alturas.)
Después
             proa a la mar
                                 la vida transcurría
El viento era una ráfaga azul
que se mecía
                   al vaivén de la luz
El agua del cielo
                         mojaba a veces
las palabras secretas
                              por nacer
que guiaban el timonel
                                   hacia puerto ninguno.
Ahora
          sin vigía
que atalaye la mar
                            naufrago
náufrago de mí mismo
                                 en sus profundidades
Ahora que estos ojos
                                 —antes huérfanos—
desportillan la luz
                           sucumben asombrados
en la fatuidad de sus aguas
                                        aleteo
cualquier soplo de vida
                                   y me dispongo
a vivir
          en su catedralicio
                                     cementerio

 



Corazón de obsidiana

 

A Sergio Magaña que vive
y muere esta ciudad.

 

Amo esta piedra dura
herméticamente cerrada
esculpida a semejanza suya
                                          suave
con su mirada de perro sin dueño
                                                 abandonado
Amo su sencillez
                          su manera de estar
como si nada
su sitio en la tierra
                            (su manera de ser y estar)
Amo esta piedra
                         su asombro eterno
sus miles de ojos clandestinos
su forma de edificar una ciudad
                                                (como ninguna)
y otra ciudad
                     (también como ninguna)
Amo su corazón de obsidiana
su dialéctica
                   de la eternidad
Amo su tristeza de siglos
                                        (que es la nuestra)
su reunión de imágenes ciegas
                                             (que es la nuestra)
su canto desollado
                            (que es el nuestro)
su manera de reproducirse
                                       quién sabe cómo

De esta piedra
                      amo
los siglos que sobrevuelan en su entorno
los vientos milenarios
                                 que la mecen
en su lecho terrestre
el cielo y el infierno
                              que la nombran
De esta piedra lo amo todo
sus ojos ciegos    su voz rocallosa
su cuerpo inmóvil
                           su peso solidario
su espíritu petrificado
                                 su juventud
su ancianidad
La amo
            pese al dolor
sangre y muerte que guarda
                                         en sus nostálgicas entrañas
Ella sobrevivirá
                          a todas las catástrofes
que la mano —la diestra—
                                         de Dios
inventa cada día
Y por sobre todas las cosas
                                        amo
su corazón de obsidiana
                                    que es    contrapunto
el incendiario corazón
                                  de México

 

 
 

 


 

De Las estaciones rotas

 


El árbol
Las estaciones rotas
Las piedras silvestres

 

 



El árbol

 

 

A Verónica Volkow

 

Frente a la puerta de la casa donde vivo
hay un árbol muy viejo, alto, grande,
desmochado de aquí, de allá, a mansalva,
por algún hijueputa —así decimos en mi pueblo—
que en tiempos lejanos quiso derribarlo.

El árbol todavía tiene ganas de vivir.
Se aferra al único sostén: su altura.
La tierra negra desgastada por el tráfago,
el ocioso cemento que cubre sus raíces,
a veces se compadecen de él.
Unas ramas medio verdes, amarillentas,
se alzan insolentes en el día, la noche,
con lluvia o sol, entre una y otra
calamidad que un Dios ciego descarga
 irreverente sobre su sabio tronco.

Cuando viaja el verano, silencioso
llega el otoño, como ahora.
Su tallo lívido no resiente los cambios.
En sus gajos ocres secos crece la soledad
con un sigilo creador de eternidades.
En el invierno, la clorofila se contrae
por falta de luz. El horizonte
cubre toda orfandad desmemoriada.
Así el hombre. Como este viejo árbol sembrado
frente a la puerta de la casa donde vivo,
cumple su ciclo, reverdece con los años,
en otra tierra,
                   con nuevas gentes,
                                               en cualquier lado.

 



Las estaciones rotas

 

I

Una mañana que ahora sé era impura
descubrí tu corazón granada reventada
a puñetazos desde su nacimiento
que la luz del día me heredó como quien arroja
de mal modo un pedazo de pan a un pordiosero
sobra negra de un sórdido banquete.

No traías heridas invisibles a mis ojos amorosos
porque tu sangre envenenada viajaba silenciosa
hacia adentro
                   como la osamenta del cuerpo
                                                               que te habita.

Con tu apariencia deslumbrada
atónita ante la revelación primera del naufragio
que se cernía sobre ti como una mísera maldición
sobre la otra cara de tu vida
con tu mirada joven perniciosa de un ave
que todavía ignora la piedad la misericordia
el placer la avidez de la carroña

con tu paso cerrero deliberado
cadencioso sólo al ritmo que sufraga
deseos insepultos o negras resurrecciones

con tu voz encardada en cálidos ataúdes
que aún conservan en el original olor de la madera
la sibilina arrastrada palabra del viento

con tu boca panal de eternidades
cuando las abejas sucumben complacidas
al canto inverosímil desafinado
de la chusma que deposita la miel
en su célebre dulce goteo

con tu cintura eje del mundo que gira
en mi mano solidaria tropical desnudadora
de la parra bíblica que cubre de verde
                                                        el paraíso

con tus pechos matutinos leves duros amargos
amamantadores de malignas devociones
para cortar de tajo
                           gota a gota de sangre
                                                  la vida

con tus caderas festín de profecías incumplidas
minuciosas sedientas de vahos semejantes tibios
al abrigo de la desnudísima celeridad del alma
con tu valle de azucenas entintadas de basaltos
demarcado por la línea de fuego en la que arden
se consumen resucitan mueren los devaneos
que hormiguean roen encandilan los sentidos

con tus muslos potros culebras mármoles
gamos silvestres mariposas suaves ciegas
espasmo luz agua llama
noche larga sedienta exilio creación
verso
        poema
                   poesía
                              entendimiento
me envidaste.

Desde entonces no sé qué nombre tienes
no conozco tu cuerpo relampagueante solidario.

A partir de ti la noche
ya no arrastra la oscuridad donde tú y yo
nos reconocíamos en los silencios
o en diálogos secretos sabios
                                            de la carne.

Ya nada sé de ti. Tampoco ignoro nada.

El tiempo es el reclamo podrido del amor.
En él se sepulta sin querer
el último signo de vida.


II


Suena la luz de otros días sus cascabeles negros
anunciando el desastre
El tiempo es ocre gris pardo niño
                                                  oscuro
de la inútil amarillenta gastada palabrería
que como sapos inmaculados salen de tu boca
El cielo descarga su terca opulencia
sobre el paragüerío del manglar
en cuyo tronco albergábamos sueños cuerpos
muertes
            resurrecciones

Se deshace en el aire el vaho tierno tibio
libidinoso suculento de nuestros cuerpos
engolfados en la vida
Amurallado cerco es ahora la mirada
desprendida del lagrimal de los ojos más puros
por donde salía el amor a tomar su sitio en la tierra
El mar —¿te acuerdas del mar?—
flamígero tropical zozobra aún
en las resonancias musicales que exhala
desde sus profundidades
                                     en su aciago naufragio

El gran ojo de Dios desentendido
no enciende ni guarece las sórdidas caricias
cuando la piel derrotada
                                    enmudecida
cambia su túnica por un amoroso canto rodado
La lluvia mojadora de encendidos presagios
ya no baña las desnudeces complacidas
                                                            tendidas
en la sábana negra que fiel nos arropaba
Ahora unas viejas apestosas gotas de sudor
resbalan por la piel
                             como por una candela apagada
La carne, ¡ah, la carne!
santísimo alimento de comunión
                                                 pan de todos los días
abrevadero de corporales sagradas indulgencias
sol retinto amargo purificado en tu nombre
en el desprendimiento mutuo de azucenas
                                           gozosamente flageladas
eclipse veraniego incorruptible que apresa
come
          carcome en su sabia negrura
el botín de vida


La carne, ¡ah, la carne!
sin ti no canta sus postradas obscenidades
que nos mantenían despiertos
                                               vivos
único sustento que nos hacía
amar
         la
             vida



III

 

Hoy hace un año, Junio, que nos viste
desconocidos, juntos, un instante

Carlos Pellicer

 

Un potro negro ciego desbocado
                                                 arrastra tu cadáver
muerto vivo de mí
Tu sangre negra moja la tierra seca
                                                    desleída
que un día de junio alardeara de vida
al paso de nuestros cuerpos
                                          sonorosos saciados

El viento en su demencia senil desliza
en los miligramos aéreos el hedor
                                                    de tu prisión séptica
ya no musicaliza ni airea las palabras puras
sedientas
              que se desgranaban de tu boca
émula de la timidez con que respira un colibrí
asaeteado de otra vida

Despojo de tu bestial bulliciosa ambrosía
el corcel
              en su deshabitada furia citadina
guarda entre las patas enloquecidas
ese grano de sol que resume tu corazón
que mis ojos adoloridos
                                    rancios
aún conservan como el indicio último
de una dicha falsa
                           escondida entre la placidez
de un barro suculento amasado en la corteza
                                                                   del amor

Tus manos suicidas de ti pequeñas turbias
olvidaron su potestad livianas
                                             autónomas
matan el tacto aquel que suaviza tu carne
cuando el placer ajeno
                                  el mío
                                            se apoderaba
de tu alma nacida renacida en cada orificio de tu piel
alegato del otro nuevo aturdimiento
Danzan en la ribera agónica de espanto
los alcatraces ebrios de marinería
                                                  lisiados
huérfanos de la sabiduría lustral
en la que aprendiste a silabear las horas
                                                            los días
carcomidos por la devota contradicción
                                                           de tu extravío

La oscuridad más negra que tu apetencia fiel
te envolvía la imagen para que no se traslucieran
las comunes desazones diarias de alabastro
al conservar intacto tu otro territorio
a quien imaginaba como al enemigo glorioso
                                                                   a vencer

Ese animal ciego desbocado
                                           que ama tu cadáver
soy yo
           que sobrevivo
a
  cada
         una
               de
                    tus
                         muertes.

 



Las piedras silvestres

 
A Héctor Azar


1


Las piedras silvestres nunca duermen
                                                        sueñan
en la inmortalidad de los seres y las cosas
                                                               amadas

Guardan en su interior
                              el gran peso del mundo
Arrastran la vida petrificada en sus entrañas
Nadie sabe que son lisas y suaves por dentro
Respiran saudades
                             Ensueñan
desde su anónima serenidad romanzas lustrales


2


Las piedras silvestres
                                aman el orden secreto de la tierra
su vaho guardián
                        sofoco ideal para reproducirse
Aman la lluvia religiosa
                                    puntual
y
   su
       larga
                caída
en algodones diminutos que limpian
                                                         sus duras escamas
velámenes grises en que navegan
                                                  de un sitio a otro

Las piedras silvestres aman el sol irreverente
                                                                   seductor
a la hora del fuego
                            sobre su deformada redondez
Aman los días de campo espontáneos
                                                        lujuriosos
a los amantes sorprendidos
                                         en su plácido abrigo
gozosos
            sordos a las miradas ajenas.


3


Las piedras silvestres son mudas
                                                 El tiempo es su lenguaje
secreto
           detenido en la sólida armazón de su piel
Son sabias
                Guiñan un ojo al infinito
y la eternidad esconde en la llanada  
                                                      su memorioso canto

No recuerdan ni olvidan
                                    Su memoria
resguarda los instantes primitivos
                                                  remotos
en imágenes selladas


4


Las piedras silvestres aman al mar
                                                    a sus golpes feroces
que tasajean su rostro
                                Aman la sal
                                                  el dolor cicatrizado
que endurece su cuerpo sensitivo
                                                  en una vieja escollera
Aman al mar de lejos
                                Lo añoran en los negros
                                          silencios nocturnos
o en los claros fragores del día
                                               En la cúspide escalera
                                                      del sol
o en las profundidades del infierno


5


Cuando se rompen
                            se quiebran
                                              se deshacen
                                                                  en partículas
las piedras silvestres nunca mueren
                                                      Tejen su telaraña
                                                              de luz
alcanzan la perfección en la otra vida
                                                     —que es la misma—
renuevan su mansedumbre
                                        y se aparean
                                                           crecen
                                                                   se perpetúan.

 

 


 

De Dádivas

 

Coyote

 

La noche, ese largo sepulcro habitado
de negros agujeros, esconde su engañosa
desnudez y prolonga, feroz, lastimero,
su aullido desolado. Cuando truena el
cielo, en plena huida, su figura
famélica se borra de la sombra: amanece.