Nota introductoria

 

Antaño manteníamos una relación unitaria con el cosmos. Esa unidad se manifestaba en los vínculos entre el hombre y la naturaleza. Mediante el rito el individuo recuperaba una inocencia primordial donde las cosas y el hombre perdían su singularidad para convertirse en miembros de una realidad común. Tales ritos podían ser de nacimiento o la entrada a la pubertad. En ambos casos el púber o el nonato eran abandonados en territorios simbólicos: bosque, selva, planicie, para que encontraran su familiar en la naturaleza, comúnmente un animal. Esa consanguinidad aún es visible en nuestro imaginario. Joseph Brodsky insistió en el carácter arcaico de nuestras imágenes diciendo que la memoria es el rabo que perdimos en el curso evolutivo. No extraña la recurrencia con que ciertos emblemas naturales son convocados por aquellos que específicamente ejercen la función de la memoria: artistas o poetas.

En un poema de resonancias huertistas, “El alba anticipada”, Dionicio Morales (Cunduacán, Tabasco, 1943) compone una elegía para el padre muerto cuyas frases configuran un territorio salvaje donde el poeta se identifica con un árbol. En tanto el padre ha muerto prematuramente cuando el hijo aún se encuentra en proceso de madurez, éste buscará “la nota vertical” de la sonrisa paterna bajo una “cárcel subterránea” hasta reconocerse él mismo árbol también.

“El alba anticipada” no sólo asentaba la imagen ideal del poeta como un árbol. Al estatuir dicha condición establecía una relación vertical complementada con una dimensión horizontal. Me refiero a que la evocación paterna se realiza desde una habitación que pronto se convierte en casa. Mientras el padre se hunde, el hijo comienza a extenderse merced a la obra de la imaginación, de la posibilidad de recuperar la felicidad solariega de la infancia, pero no de modo vertical, lo que implica una temporalidad —testimonio de un crecimiento, de un avance, sino horizontal, negando el transcurso.

“Señales” concentra muchos de los asuntos y cualidades de la poesía de Morales. Es un poema de amor escrito desde una perspectiva lúcida, cuando el abandono sofrena el entusiasmo, cuando la ausencia ha domeñado la ilusión creadora. Hay una jerarquía latente: arriba/abajo; cielo/ tierra, expresa en la circunstancia de que el sol, “el más alto vigía de la luz”, crezca hacia abajo o que el cielo haga llover “su más límpido goce: su estatura”. Lo notable aquí es la dimensión escéptica, cómo sin negar la función genésica y feliz de la pasión, el poeta se niega a imbuir de una luz áurea al mundo, insistiendo en imágenes oscuras. Incluso la mención a la divinidad es para decir que “da la cara la de siempre al mundo”. La fertilidad que acompaña al encuentro amoroso se traduce en esterilidad, de ahí que el sol, en una disemia feliz, descienda de sí mismo, significando que es su propio padre y también un descenso semejante al de los muertos, reiterando esa esterilidad. Si el encuentro con el otro rescata en principio al amante de la desolación, permite la regeneración y propicia imágenes de una satisfacción campesina elemental (el otro es: “Cuerpo/ Durazno/ Pan”), no puede sin embargo negarse que se trata de una historia añeja y que el encuentro que tan milagroso parece habrá de ser negado por el tiempo.

Los poemas de Dionicio no buscan tanto detener el instante o lamentar su transcurso, sino mediante la evocación de esos momentos mostrar que lo propio del hombre es la memoria. No extraña entonces que posea afinidades con el Efraín Huerta y el Octavio Paz ávidos de metáforas y de imágenes de luces, lluvias, estrellas y jardines de aquellos últimos treinta y primeros cuarenta, o que al reparar en el credo del renacimiento corporal-vegetal aluda astutamente a Carlos Pellicer. Y no sorprende porque como estos poetas, Dionicio, siendo un poeta del amor y la amistad es ante todo un poeta que reconoce, más que celebra, la creación. En esta voluntad destaca sobre todo su énfasis en mostrar cómo la belleza de las cosas está en proporción a la luz que reciben. Los poemas de Señales indican esta cualidad mostrando una grata conjunción con la mirada del crítico de artes plásticas que es Dionicio, pues la alabanza de la luz se expresa en estampas que buscan la limpidez de un paisajista, de un dibujante magistral: “Admira / oh mundo / tu desnudez” dice en “Génesis”.

En una entrevista Dionicio declaró que nunca se deprime y en esta confesión un poco fuera de lugar podríamos encontrar una clave para definir su obra: una poesía que no pretende renovar la tradición, pero que se convierte en necesaria porque nos permite definir a ésta de mejor modo. Dionicio representa en nuestra poesía el tránsito entre la poesía celebratoria del mundo y con ello, de la naturaleza y el amor, y la conciencia de que la pasión tampoco ha de salvarnos. Al contrario de sus contemporáneos, no opta ni por la vía del poema que reflexiona sobre sí mismo ni por un coloquialismo que desplaza el entusiasmo por la creación a la incomodidad vital. Dionicio, quien no se deprime, es un poeta de tono mesurado, discreto, que toma aquello que la vida ofrece, que da cuenta de sus goces pero también de sus amarguras, también sus penas, sin por ello imponer su ánimo al mundo. De ahí que algunos de sus mejores poemas estén en este volumen de Las estaciones rotas, donde la pasión es indisociable de la reflexión sobre el tiempo, sobre la vejez y la esterilidad. No extraña tampoco entonces que esas imágenes arbóreas y pétreas con que asentaba su condición otra estén por otra parte tan presentes ni que el poema “Las estaciones rotas” ratifique esa condición suspensiva del ritmo de la naturaleza. La naturaleza, el mundo, pues la ciudad también se incluye aquí, conviértense en un correlato de la existencia del individuo. La ciudad, según el humor, puede ser o desértica desde la perspectiva desolada (“Año viejo”) o un espacio donde canta la vida si se presenta el amor (“La ciudad”), así sea que se añada “su malgastada desventura”.

Desde los sesenta muchos poemas de Dionicio repudiaron la tradición de la poesía mayestática, pero esos textos, con sus expresiones coloquiales, con su apego al Jano del doble sentido, con su burla a los símbolos más claramente líricos y sus peticiones de cotidianidad, suenan impostados, epigonales. Y es que si Morales no propone la buena hechura del mundo sí podría suscribir su asombro ante la cornucópica creación. Por ello conmueve la amargura que encontramos en este libro último donde simbólicamente aquel árbol herido que era el adolescente huérfano de “El alba anticipada” reaparece convertido en un árbol viejo que “todavía tiene ganas de vivir” y se empeña en reverdecer con los años: “en otra tierra, / con nuevas gentes, / en cualquier lado”. Y su poesía desamorada no cesa desde la inversa perspectiva de recordarnos que no hay mayor dicha ni mayor plenitud vital que la corpórea.

Este “árbol herido” ahora ya “viejo” es también una piedra silvestre cuya memoria “resguarda los instantes primitivos/ remotos/ en imágenes selladas” que ama la sal “que endurece su cuerpo sensitivo”. Y ello tiene que ver con no deprimirse nunca. Porque la madurez de nuestro estoico tabasqueño propone, como quería Fitzgerald, continuar adelante sabiendo la inutilidad del esfuerzo. No puedo menos que celebrar la voluntad de vida de esta poesía tan antigua, tan nueva. Tan de siempre.


José Homero