Josu Landa


Presentación y selección de Ernesto Lumbreras



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Nota introductoria
 
 
Himnos y diálogos

En un acercamiento inicial a la obra de Josu Landa, el lector se topará con un contexto literario que podrá parecerle volátil, difuso y, por qué no, heterodoxo. Dado que los rasgos comunes de las literaturas nacionales no son esencialmente definitorios en las obras individuales, la clasificación de poesía mexicana, argentina, española o venezolana es, a fin de cuentas, una parcelación provisional. Podría decirse, por lo mismo, que “el mapa no hace al poeta” aunque sí sedimenta una tradición, un aire de familia, ciertos rasgos propios de la tribu; a fin de cuentas, es en el talento individual del artista (T.S. Eliot dixit) donde subyace la voluntad de elegir una tradición poética más vasta y plena que la geografía de una nación, incluso, que el universo de una lengua.


Para el autor de Treno a la mujer que se fue con el tiempo la convivencia con distintas tradiciones literarias no es asunto que provoque sentimientos de deslealtad o, peor aún, conflictos de identidad; ambos síntomas, propios de la hipocondría literaria, no afectan en la obra de Josu Landa; en todo caso, se manifiestan como una feliz convergencia de por lo menos tres tradiciones que nutren y modelan su escritura y que, sobre todo, dan lugar a una especial manera de ver y entender el mundo. La raíz vasca de su genealogía, en primer lugar, prestigia un imaginario y una fonética difícil de obviar y que con toda certeza juega un rol protagónico en su discurso poético y narrativo; no hace mucho, Josu Landa vertió al vascuence Piedra de sol, de Octavio Paz, y publicó la novela Zarandona, saga de la familia en los dos extremos del Atlántico, el País Vasco y Venezuela. Asimismo, su formación literaria dentro de la literatura venezolana le ha procurado, especialmente en el ámbito de la poesía, una convivencia inmediata y continua con la obra de Ramos Sucre, Gerbasi, Liscano, Sánchez Peláez y Cadenas; su contacto perdurable con esos espíritus establece una segunda estancia modélica. Por último, el tercer eslabón se localiza en la literatura mexicana producto de su residencia en nuestro país desde hace casi tres décadas;* el conocimiento y la crítica de esta tradición le ha permitido asimilar obras sustantivas en su registro lírico y que, lejos de contaminarlo o sustraerle capacidad poética, lo han potenciado en sus plenos poderes.

Confío en que después de la lectura de los dos pri­meros párrafos el contexto para ubicar la poesía de Josu Landa haya dejado de ser, al menos, difuso y volátil; el adjetivo de heterodoxo, en todo caso, califica cierta filiación crítica y revisionista del autor y quizá, por su caracterización puntual, vale la pena dejarlo; en la historia de la literatura española ese término califica la radicalidad y extrañeza en obras como la de San Juan de la Cruz y Francisco Delicado, figuras encumbradas de tal tradición; para nuestro contexto y el presente comentario esa denominación pondera la categoría de extrañeza convalidada, ineludiblemente, por el grado de conciencia respecto del distanciamiento de la norma. Para explicar la particularidad de la heterodoxia de Landa es necesario informar que, además de frecuentar la poesía y la narrativa, es un ensayista relevante y minucioso; en este género ha publicado Más allá de la palabra. Para la topología del poema y De archivos muertos y parques humanos en el planeta de los nimios. El rigor analítico y expositivo de dichos trabajos habla de un autor que, en primer lugar, concibe y corrobora que la reflexión y la sensibilidad son hemisferios complementarios de la creación y que el ejercicio de exploración metodológica y filosófica de un tema no inhibe la gracia y la espontaneidad de su representación lírica.

Es en este cruce donde la heterodoxia de la poesía de Josu Landa cobra mayor fulgor; sus poemas concentran el oleaje del pensamiento, esa filosofía de la composición que especula y pregunta encantada, y también vulnerada, por fragor del misterio; a veces, sobre todo en los textos breves, la ejecución del trazo dispuesto por una retórica concisa, abierta, transparente establece correspondencias con la tradición poética y filosófica de Oriente en particular con la vertiente Sufí y Zen. Lejos del soberbio positivismo, lo sabe demasiado bien nuestro autor, lo que importa en poesía es hacer la pregunta con meridiana claridad porque, como señala Rilke, “ahí donde lo oscuro permanece es donde se demanda no una explicación sino una sumisión”. En otros momentos de su trabajo poético, el tratamiento del tema está definido por una recurrencia dialógica que da pie a la exposición desde cierta posición y que exige, para su inmediato devenir, la réplica o el correlato. En algunos de sus poemas se dan cita, vía el homenaje o la parodia, un catálogo de asuntos prestigiados por el pensamiento Occidental; entonces, en esos textos el bisturí de su ironía disecciona los multiestudiados temas y los despoja de la pomposa solemnidad que los satura y envuelve.

Visto desde ese ángulo, el linaje poético de Landa tiene afinidades con la práctica de José Ángel Valente, Saúl Yurkievich, Guillermo Sucre o Rafael Cadenas; su tentativa lírica, por lo tanto, se puede circunscribir a la denominada poesía del pensamiento. En los cuatro poetas conviven, sin menoscabo de hallazgos, la reflexión y la creación del fenómeno poético; hacia ese mismo blanco Josu Landa ha trazado, desde la publicación de su primer libro de poemas, Bajos Fondos (1988), hasta la de su plaquette Estros (2003), un trayecto sostenido y vigoroso que presenta actualmente diversas y perdurables estaciones. Una de ellas, Treno a la mujer que se fue con el tiempo es un intenso libro con el cual obtuvo el Premio Carlos Pellicer de Poesía para Obra Publicada en 1996; como en la tradición canónica de Himnos a la noche de Novalis o la del pasado inmediato de la poesía mexicana, “Noche mayor” de Marco Antonio Montes de Oca, Landa no se convence de la finitud de la presencia amada y clama a los cuatro vientos el horaciano non omnis moriar. Leído en ese marco, la elegía adquiere una categoría de diálogo, la continuidad y la trascendencia del decir poético aumentan la música de la oración y restituyen la pérdida, no sólo desde el prestigiado platonismo del alma sino, también, partiendo del dolor y del deseo, realidades plenamente humanas pero fabuladoras infatigables del arte de lo fugitivo que permanece y dura. En cada una de las estancias del poema, encabalgadas por una cadencia firme y bien temperada, se construye a manera de un arco voltaico la comunión de dos voces que conversan y que intercambian, también, su relación de silencios.

Realmente es irrelevante si los críticos ubican a Josu Landa como poeta venezolano al lado de sus coetáneos Luis Alberto Crespo, Blanca Streponni, Rafael Arráiz de Lucca, María Auxiliadora Alvárez o Yolanda Pantin o si prefieren incorporarlo al índice de poetas mexicanos en la generación de Elsa Cross, Francisco Hernández, David Huerta, Coral Bracho o José Luis Rivas. En cualquiera de las dos tradiciones que se le asigne, su poesía debe leerse como una estimulante contribución; el lector de la presente antología corroborará inmediatamente el valor excepcional de una escritura que participa de la audacia formal, en la mejor tradición de la poesía hispanoamericana, y del rigor de la composición que anticipa y destierra convenciones discursivas o malabarismos verbales previsibles.

 

Ernesto Lumbreras

* La presente edición es una reproducción del original impreso en 2004. Josu Landa reside en México desde 1982. (N. del E.)

Puerta
 


Umbral, marco, dintel... Suficiente para que el cuerpo pase y siga.

 


Nudo
 


Los dos extremos de la cuerda deciden abrazarse y dejar constancia para siempre.

 


Sofá

 


Cuerpo abierto en espera de otro cuerpo, último reducto de la soledad, es el rey de los animales domésticos, mejor aún que el mejor amigo del hombre.

 
 

Escalera

 


Pacta la línea quebrada con la oblicua, para dar pie (casi alado) al movimiento vertical.


De “Descrituras”, en La luz en el vano

 
 

El vuelo de las palomas

 


Por el oeste
vienen algunas palomas

Después de que pasan,
en el firmamento
no queda rastro alguno.

 
 

Cuando crece el corazón

 


Hay un corazón en un tronco del bosque

Al principio casi no se veía.
Ahora, se está derramando.

 
 

A propósito de la hojarasca

 


Aunque caigan al río,
estas hojas secas no se hunden.

Aunque el agua esté inquieta,
suelen seguir hacia delante.


De Los tankas de Arropain

 
 

Carga larga

 


Después de todo llevamos cosas en la sangre
gotas de un día destrozado
almíbar para santos
ríos siempre ríos
tirados como un suelo rojo
            (como un sueño rojo)
y también un poco de luz
páginas como horizontes
con la garganta abierta
y   por qué no   el cuchillo
el brillo gris del alarido
cuántas caricias del silencio
y desde luego flores como tumbas
y besos como verdaderos labios
alas de carne y humo
balas más agudas
ruedas de víboras en cero
y el niño blando bien peinado
a manos de un otoño anunciado
pasos como huellas
como mariposas dormidas en la arena
llamaradas de gatos dando tumbos
sin corazón y sin habla
pero eso sí: la peste de las palabras
y un peso
un peso de discretas piedras calientes
de larvas abandonando piel tras piel
ánimas ladinas más allá de la sonrisa
y el flujo sordo del tú
del que estás ahí como si cuerpo
sibilante   sofocante   asfixiante
el orden y la orden
do brama la tapa de los sexos
clavos para llagas
y todo un bicho expiatorio
y el túnel en el rayo que no cesa
pero arde y esparce claras cenizas
la barca llena de vírgenes
y claro   claro   el cisne
y su calmo sollozo que madura todo
hasta las semillas
hasta el punto final

y tal vez algo de sangre
                                       secándose


De “Extraña entraña”, en La luz en el vano

 
 

[perseveras con la tenue certidumbre
    de tu cuerpo]

 


perseveras con la tenue certidumbre de tu cuerpo
y el típico latir de la hojarasca
cuando abandona el tronco
sin llegar aún a nada

alguna vez creíste que todo podía ser por el Jaguar
que en todo caso
había un legendario amor por los trasgos
en ese yacer como aunque sólo fuera sombra
como por ejemplo la de los caídos en el campo de
        batalla
y que también por ejemplo haces a un lado
porque de poco te ha servido ser hijo y nieto de
        guerreros
vedado que estás incluso
a la endemoniada verdad
del colchón de la soldadesca

lindo como quien linda con la abulia
apenas podrías preguntar qué pasa con las banderías
sin que los humores y ardores parezcan
hacer el más mínimo tímido chasquido
por lo que ya a estas alturas de tu dudoso vuelo
sospechas firme la ausencia de suelo firme
que algún desvarío debe de haberte dictado
en calidad de falacia con rostro humano

con el respeto que se debe al hermano
ni primero ni último del Primer Cadáver
al alma húmeda que nada parece atraer
aunque siempre estén por ahí el imán de Tales
y quién quita que la misma Xtabai
además de toda la caterva de dioses enceguecidos
muertos hasta ahora
que alojas vivos cuales fieras
o simplemente como ojos de arena
que han visto todo en ese nombre
Etiopía que te dice todo
hasta la raíz de la cabecera y sus cenizas

Pero con esas manos de humo que te gastas
no puedes acariciar las joyas subterráneas de tus
        pueblos
menos aún atesorar revoluciones
de unas cuantas siglas y sangre considerable
a la vez que infieres
que nunca estarás en la Corte de los Milagros
y ya te sientes extranjero hasta en tu crómlech
al tiempo que desconoces (contradicho) otra patria
por lo que haces como que vives
sin religión ni filiación
como no pueden vivir en fin ni los ángeles
ni aprecias el silencio atávico del Macho Cabrío

y la caravana de unos siglos olvidados de Orión
pero cargados de pólvora y machetes
junto con el gigantesco túmulo inaugurado por Colón
sólo son para ti lecciones de humildad

apenas te mantienes
leal a lo que te sacó de un seno
de todo lo demás te abstienes
porque te atienes al axioma
de la fuga de la tierra
hacia tierras más mortales
erosión de la pisada estéril sobre los sólidos
pero también debilidad como la tuya
endeblez de la arenisca
piedra sí
pero piedra (imperfecta) como tú



Fragmento de Falasha / Falaxa

 
 

Dejad que los dioses vengan a mí

 


Ocho y media de hastío
preñando mi torre de papel
El asco ha esparcido ya sus sombras
Decreto mi propio toque de queda
Promulgo el fin de este día
muerto
como el día muerto de ayer
muerto
como el día muerto de mañana
y mi oficina abjura de la gran feria del mundo

Ahora
El Topos Hyperouranios está aquí
el Olimpo son las praderas de este cubículo
Aquí
Venus (la de tetas como soles)
hace de mi sangre una anémona
me incendia en el fuego de sus Tres Gracias
puebla de mirtos mis cabellos
y me prodiga la espuma de su mar

Aquí
Príapo (el hortelano
           falo siempre vivo
           hijo tercermundista de Afrodita y Dioniso)
recibe este verano mi espiga
(hostia de potencia campesina)

Hasta aquí llega Dioniso
a marcar mi alma con besos eleusinos
a seducirme con plegarias de hiedra y vino
a compartir conmigo sus sacramentos de orgía
(“Haz conmigo lo que te pluguiere:
conviérteme en delfín licencioso
en la más prístina cepa de tus vides
en el canto de las urracas del monte Citerón
Llévame contigo al entusiasmo
a la bacanal triunfante
Del final de los tiempos”
le digo)

Espero la llegada de Mnemósine
para abrevar en la poesía de sus pechos

Pronto vendrá Sileno
y
montará en su asno
y
su asno montará en los lomos
de todos los mortales
hasta la absolución del pecado de nacer

Antes de terminar este poema
esta comarca de máquinas de escribir
gavillas de roñoso papiro
dedos pintados de secretarias
grises archivadores
será el Templo Mayor
Delfos de los dioses más divinos
                                más humanos



De Bajos fondos

 
 

[Empiezo por tu historia de los últimos días]

 


In memoriam Bertha S. Zacatecas


empiezo por tu historia de los últimos días
el rictus como de alas en la ciega levadura o el deseo
en la espalda el velamen con su rumbo a los cielos
y ahí sí desatar las partículas o cardúmenes del
        tiempo

levar de un cuerpo cada vez más tierra y agua
aspersión del músculo en aves como átomos e
         incierto plumaje
cresta secreta en el lomo-luz de la galaxia
elemento y sólido tal vez pero de otro modo que
         materia

ya brotan las cifras o cenizas por tu cuerpo
son otros ojos  otros oros  aunque artífices grises del
        no ser
otros cauces  otras fauces  también otros trances
en pos de las palabras que te hicieron y también
         desmenuzaron

tu luz en aquel instante fue abandonar la luz
pero no sólo porque ya sabías que el infierno son los
        rostros
el mirar a tu otro con esa visión herida
cuando buscabas hasta en mis ojos otros otros más
         transparentes

también porque aprendiste muy rápido tu muerte
algo vasto y éter algo con demasiado abismo por
       delante
algo como cáliz de un néctar que ya sabías
puro aire abandonado por la luz o sea la dura sombra
        del ser

puerto ya para la nave hiriente de las horas
te viertes en granos por la única tierra a todos
        prometida
ya no el pulso sino el eco de los pulsos idos
cuando germina en ti otra carne que vive para matar
        tu carne

vueltas que da la muerte  sí  para ser tu muerte
respiras por fin el fin (un murmullo como si trizas
                                                               del cielo)
y ya no es tierra o mar lo que guarda tu horizonte
ni es tampoco horizonte lo que ahora te ofrenda el
        horizonte

cuando un falso fruto te viene minando el seno
rizoma como de cuerpo creciendo traidor dentro del
        cuerpo
tu última metáfora tal vez sea el árbol
y anida bultos de cáncer y entrega tus pulmones al
        platino

el tiempo acaba con las falsedades del tiempo
en la villa láctea de tu rostro desfallecen ya sendos iris
ahí es cuando fulges con una extraña mirada
como si un humo diamantino invadiera tus ojos desde
        dentro

si esa otra máscara (de falsa luz) fue tu muerte
tu vida fue volar contra el vidrio que nos separa de la
        vida
como sea depositas tu cuerpo en mis manos
tu piel donde el frío clava las heladas moléculas del
        tiempo

(algo abate las flores y los frutos
algo detiene nuestros corazones
algo los pone en mala sal y pudre
algo nos rasga hasta sangrar ceniza

y cuando nos enteramos ya es tarde

algo nos deja primero andar y andar
algo nos da hilos contra el laberinto
algo como luz que inflama la sangre
algo como olas enfermas de ilusión

y cuando dice su verdad ya es tarde

algo late sólo para minarnos
algo crece hasta otear mil espejismos
algo cual rayo y humo sin embargo
algo que inflama y al instante ahoga

y cuando raja el aliento ya es tarde

algo que se dice alma y es gusano
algo en ala de orgasmo asfixiándonos
algo rosa y cielo pero en ponzoña
algo como beso pero sin labios

y cuando nos da la palabra ya es tarde

algo que aduerme el seso y nubla el ojo
algo que parece vuelo y es sierpe
algo que derrite lava en las córneas
algo que sí está más allá de Hypnos

y cuando vemos su rostro ya es tarde)

estarás en las sonrisas que alumbró tu boca
en eso arde un símbolo y se intuye la mirada en el
         crepúsculo
como el oro escondido pero vivo en el brumal
cintilar de ondas por billones en el oro otro del
       reflejo

nada de bramar y ansiar parcas como los tristes
recuerde pues el seso (ya no dormido) cuan presto
         vendrá el placer
más lenitivo una vez en plan de antimateria
calma o tigre igual será la fuerza por fin cumplida
        del deseo

qué tal cuando esplendas diosa y rayo en el solsticio
nadie ni siquiera omnipotente te asestará un juicio
         final
te hallaré en el aroma de las ninfas por venir
como el piélago en el cántaro endeble pero firme del
        silencio

será un mar de ardentía la niña en tus mil ojos
tú como piedra primera y más honda de la línea y el
       cimiento
la casta del óleo en el gran altar del misterio
oh fuente sin fin y embrión así en la gleba como en la
        sal y nube

señoreas en el paso muelle del felino
te gesta y pare la matriz temblorosa de la ola y la
         corriente
así como el canto rodando de labio en labio
o los aullidos tarahumaras y la hojarasca que siempre
        nada

claro que tus signos abandonarán su costra
leeré tu santo y seña en la estrella y en la niebla o en
        el semen
y el tumulto de granos vertido por la espiga
dirá de ti como el sol crío en los marfiles del hermano
       lobo

serás el seno y sino en la causa y el efecto
lloverás nevarás y posarás como césped sobre tu polvo
desaparecerás del concepto de naufragio
sin cometer el terror de poner la llaga en la uña y en
        la flama

fragor (aunque discreto) en los astros y úteros
me abrazarás con la onda ecuménica de tu cuerpo
         nuevo y sin fin
ideal para que nada te separe de nada
absolución de la materia inmune así a la enfermedad
         del tiempo

extraño ardid la muerte para innovar tu vida
te infiltrarás igual en el calor de la mano que en el
       glaciar
eso sin tocar la joya en que te convertirás
el suelo-luz que soñará el horizonte para ser
         horizonte

se acabó la distancia entre tu nombre y el mármol
ya eres el paraíso con su errancia y su ingenuo afeite
        de tiempo
de una vida sólo puede nacer otra vida
me aguardarás con labios de alba cuando me llegue
         la hora del viaje


Fragmentos de Treno a la mujer
que se fue con el tiempo

 
 

La mesa servida

 

Que quede claro el olor de las espigas en la santa
         inmensidad del mantel
apenas pronunciada por el suave jacinto virgiliano en
         el medio
la pausa de lo que ha de venir o bálsamo para el
        amasijo de soledades,
con las cabezas ahora desnudas,
guardado ya el idioma de lobos y la marca de las
        estaciones violentas.

Véase la tabla en su faz de arca, barca o inocente ara,
pero más aún el remanso como red de las miradas
        (patrias hasta ahora de las lejanías),
las filtraciones de un fuego mutuo,
el ir y venir de los flujos invisibles en los vasos entre
       borde y borde implícitos,
sin menoscabo de las puertas fidedignas a la brisa,
al temblor de la vegetación atenta
a la llegada de Venus.

(De sol ha de ser la piedra
de ese cimiento intangible y nudo.

De sol, la cabecera o ducto
hacia el campo y lo insondable)

Todo lo alto
(lo sumo)
está aquí:
en la dignidad de las manos limpias,
en el pan pobre pero verdadero,
en el leve tesoro del grano abierto,
en la leche sin mutilaciones,
en el néctar sincero de las flores y frutos familiares,
en el barro de los platos hermanado al humus de los
        cuerpos.

           (Maldito el que nos prive de esta hostia mínima)

Nada de carnadas a precio de moro.
Menos aún la velocidad, los diezmos venenosos del
         tiempo.
Aparte el cáliz del fasto y el neón.
Aparte incluso el vocabulario de las lejanas comuniones:
                        no lo de tomad y comed,
                        no lo de tomad y bebed.
                        No más ansias de multiplicaciones
                        (en verdad, en verdad os digo).

En todo caso: alto total del día
en la conjunción del humo y el aliento,
                           del cielo y los aromas.
Alto total al principio de dolor.

           (Maldito el que nos niegue este paréntesis)

En todo paso: alto a los despreciadores y
        depredadores:
bendición plena a la ceremonia de las bocas:
viáticos a la caravana de la tierra hacia la tierra.

Que se respire este placer.
Que se sienta honda la liga de lo dulce y lo salobre.
Cómo se atemperan los corazones en el caldo
         hospitalario.
Cómo asciende desde la sangre presente una música
         llana y pura.
Los hijos imbuidos en el humilde sacerdocio de los
        antepasados.
El torvo acto de las lenguas amasando sabores y
        palabras.
La voz de los ausentes emergiendo con el halo de las
        especias.
El despuntar de un centro más del mundo
en la breve intemperie de altar
                                          balsa
                                          isla afortunada.

Que se sepa:
nada hace tanto contra tanta daga
                           contra tanto dogo.

Que se palpe la luz total en las ondas de este
     instante.

¿Quién recuerda aquí a la muerte?


De Alisios, inédito

 
 

Virgo

 

Corre la especie
y puede entenderse
que se dice
sin miedo a volutas barrocas
el estallido de las órbitas
calcinado el suelo vacío
de los puntos cardinales
desleídos los glifos de las aves
en la altura que nadie descifrará
y se perderá lo que ya es perdido:
el silencio lívido de los ríos sin agua,
los bosques sin miembros,
los prados sin hebra:
la creación toda
imposibilitada de nombrar.

No siempre ha sido así
pero ahora corre la especie,
aumenta la velocidad,
crece la tensión,
se inflan los capitales,
revientan los cementerios
a despecho de las banderas dictadas por la esperanza
y las ínsitas panzas ubérrimas:
llanto del esperma infecundo.

En el ópalo de la intemperie
y en la plenitud inquieta de los mares
yace el hálito enrarecido de todos los muertos:
milenios de polvo, huesos y ceniza
escupidos por una boca saturnina
que trilla hijos e hijos de hijos sin parar...

Así que corre la especie
traspasada con espanto
por la centella turbia de la muerte:
lo que es calcinar
la semilla de otro mundo
tras el equinoccio:
algo simple
cuando la vulva de la noche
solapa un rosario de matrices
encendidas para encender
el denso abismo del placer:
algo teñido en demasía
con el regusto metálico del dolor
y más ahora
que no es sólo luz o tiniebla
lo que desparrama el paso del viento.

También la virgo:
la que estremece de inocencia hasta a los lobos
se trasuntó en constelación:
todo un reino,
todo un mundo de injusticia
por veinte estrellas
o puntos álgidos de eternidad.

Tenemos una tentación:
cosa de ánima y de ánimo:
el yelmo y las sandalias de Hermes:
el camino de Perseo:
una obnubilación arcaica
como el latido milenario del corazón,
como el rubor en la máscara de la diosa:
el vientre-mundo en medio de jaguares
o madre de la madre del hombre
también ataviada con un manto de estrellas
sin olvidar los plumajes seminales
y las mariposas de obsidiana:
llámese Tonantzin,
llámese Coatlicue:
siempre abierta a la espuma fértil
del divino Miembro.

Según se vea
hay paraíso para rato
pero lo que se dice
es que corre la especie
cuando más:
que se propaga:
no que contempla
y por ahí medran con facilidad
uno, dos, tres infiernos y más:
un reino oscuro
como la sed de sangre
inmerso en el seno sutil de lo eterno.

Hay que agradecer
la lejanía del asedio rapaz
que todo quede entre el ojo y la forma
como dando lugar
a las áureas alas de los dioses
cuando necesitan remontar las entrañas del día.

Hay que oficiar
el vuelo rasante del estornino
y la placidez de las gaviotas al viento
mientras vislumbran la presa
bajo las escamas del océano
como para enterrar
en la tumba de la ceguera y el olvido
la macabra ley
de criaturas fuertes
viviendo de la carne de los débiles.

Hay que agradecer
la savia y frutos de los árboles que quedan
pero también el excremento
y aun el decremento
el declive hasta un núcleo mate:
nido del fin
más el embrión de lo puro:
rumbo así hacia el pléroma:
la incandescencia o faz de los cielos,
las lenguas de luz fluyendo desde el sol,
el fuego de la flor y de la tierra
a la vista y bajo tierra.

De ahí
esa virgen altiva
y su ropaje de galaxia.

De ahí
el eco en los tímpanos del hombre:

sierpe eres y en sierpe te convertirás.

De Alisios, inédito

 
 

A no ser

 

Está escrito lo que nos espera
y no hay por qué nombrarlo.

A qué sumar preguntas
por la suerte de los húmeros.

Lo que sigue es siempre una ceniza:
más prismas de polvo:
otro modo de la tierra.

El estado de esa materia
deslumbra por su ausencia:
el hueco de un espacio en el espacio:
la trayectoria de la rosa en apertura:
el pasaje de la forma pura en su devoración de luz.

El Gran Gozne
de esa Puerta
sería el Gran Goce
(negarlo es el Asesinato
entendido como una de las malas artes).

Nada aumenta
el jadeo de una extenuación definitiva
ni patente alguna a las tautologías:
fin de pozo:
detrás del terminar sólo hay terminar
salvo que se quiera morigerar
(a la postre)
con algo en sepia o tinta china.

Dejémoslo hasta ahí.


De Alisios, inédito