Nota introductoria
 
 
Himnos y diálogos

En un acercamiento inicial a la obra de Josu Landa, el lector se topará con un contexto literario que podrá parecerle volátil, difuso y, por qué no, heterodoxo. Dado que los rasgos comunes de las literaturas nacionales no son esencialmente definitorios en las obras individuales, la clasificación de poesía mexicana, argentina, española o venezolana es, a fin de cuentas, una parcelación provisional. Podría decirse, por lo mismo, que “el mapa no hace al poeta” aunque sí sedimenta una tradición, un aire de familia, ciertos rasgos propios de la tribu; a fin de cuentas, es en el talento individual del artista (T.S. Eliot dixit) donde subyace la voluntad de elegir una tradición poética más vasta y plena que la geografía de una nación, incluso, que el universo de una lengua.


Para el autor de Treno a la mujer que se fue con el tiempo la convivencia con distintas tradiciones literarias no es asunto que provoque sentimientos de deslealtad o, peor aún, conflictos de identidad; ambos síntomas, propios de la hipocondría literaria, no afectan en la obra de Josu Landa; en todo caso, se manifiestan como una feliz convergencia de por lo menos tres tradiciones que nutren y modelan su escritura y que, sobre todo, dan lugar a una especial manera de ver y entender el mundo. La raíz vasca de su genealogía, en primer lugar, prestigia un imaginario y una fonética difícil de obviar y que con toda certeza juega un rol protagónico en su discurso poético y narrativo; no hace mucho, Josu Landa vertió al vascuence Piedra de sol, de Octavio Paz, y publicó la novela Zarandona, saga de la familia en los dos extremos del Atlántico, el País Vasco y Venezuela. Asimismo, su formación literaria dentro de la literatura venezolana le ha procurado, especialmente en el ámbito de la poesía, una convivencia inmediata y continua con la obra de Ramos Sucre, Gerbasi, Liscano, Sánchez Peláez y Cadenas; su contacto perdurable con esos espíritus establece una segunda estancia modélica. Por último, el tercer eslabón se localiza en la literatura mexicana producto de su residencia en nuestro país desde hace casi tres décadas;* el conocimiento y la crítica de esta tradición le ha permitido asimilar obras sustantivas en su registro lírico y que, lejos de contaminarlo o sustraerle capacidad poética, lo han potenciado en sus plenos poderes.

Confío en que después de la lectura de los dos pri­meros párrafos el contexto para ubicar la poesía de Josu Landa haya dejado de ser, al menos, difuso y volátil; el adjetivo de heterodoxo, en todo caso, califica cierta filiación crítica y revisionista del autor y quizá, por su caracterización puntual, vale la pena dejarlo; en la historia de la literatura española ese término califica la radicalidad y extrañeza en obras como la de San Juan de la Cruz y Francisco Delicado, figuras encumbradas de tal tradición; para nuestro contexto y el presente comentario esa denominación pondera la categoría de extrañeza convalidada, ineludiblemente, por el grado de conciencia respecto del distanciamiento de la norma. Para explicar la particularidad de la heterodoxia de Landa es necesario informar que, además de frecuentar la poesía y la narrativa, es un ensayista relevante y minucioso; en este género ha publicado Más allá de la palabra. Para la topología del poema y De archivos muertos y parques humanos en el planeta de los nimios. El rigor analítico y expositivo de dichos trabajos habla de un autor que, en primer lugar, concibe y corrobora que la reflexión y la sensibilidad son hemisferios complementarios de la creación y que el ejercicio de exploración metodológica y filosófica de un tema no inhibe la gracia y la espontaneidad de su representación lírica.

Es en este cruce donde la heterodoxia de la poesía de Josu Landa cobra mayor fulgor; sus poemas concentran el oleaje del pensamiento, esa filosofía de la composición que especula y pregunta encantada, y también vulnerada, por fragor del misterio; a veces, sobre todo en los textos breves, la ejecución del trazo dispuesto por una retórica concisa, abierta, transparente establece correspondencias con la tradición poética y filosófica de Oriente en particular con la vertiente Sufí y Zen. Lejos del soberbio positivismo, lo sabe demasiado bien nuestro autor, lo que importa en poesía es hacer la pregunta con meridiana claridad porque, como señala Rilke, “ahí donde lo oscuro permanece es donde se demanda no una explicación sino una sumisión”. En otros momentos de su trabajo poético, el tratamiento del tema está definido por una recurrencia dialógica que da pie a la exposición desde cierta posición y que exige, para su inmediato devenir, la réplica o el correlato. En algunos de sus poemas se dan cita, vía el homenaje o la parodia, un catálogo de asuntos prestigiados por el pensamiento Occidental; entonces, en esos textos el bisturí de su ironía disecciona los multiestudiados temas y los despoja de la pomposa solemnidad que los satura y envuelve.

Visto desde ese ángulo, el linaje poético de Landa tiene afinidades con la práctica de José Ángel Valente, Saúl Yurkievich, Guillermo Sucre o Rafael Cadenas; su tentativa lírica, por lo tanto, se puede circunscribir a la denominada poesía del pensamiento. En los cuatro poetas conviven, sin menoscabo de hallazgos, la reflexión y la creación del fenómeno poético; hacia ese mismo blanco Josu Landa ha trazado, desde la publicación de su primer libro de poemas, Bajos Fondos (1988), hasta la de su plaquette Estros (2003), un trayecto sostenido y vigoroso que presenta actualmente diversas y perdurables estaciones. Una de ellas, Treno a la mujer que se fue con el tiempo es un intenso libro con el cual obtuvo el Premio Carlos Pellicer de Poesía para Obra Publicada en 1996; como en la tradición canónica de Himnos a la noche de Novalis o la del pasado inmediato de la poesía mexicana, “Noche mayor” de Marco Antonio Montes de Oca, Landa no se convence de la finitud de la presencia amada y clama a los cuatro vientos el horaciano non omnis moriar. Leído en ese marco, la elegía adquiere una categoría de diálogo, la continuidad y la trascendencia del decir poético aumentan la música de la oración y restituyen la pérdida, no sólo desde el prestigiado platonismo del alma sino, también, partiendo del dolor y del deseo, realidades plenamente humanas pero fabuladoras infatigables del arte de lo fugitivo que permanece y dura. En cada una de las estancias del poema, encabalgadas por una cadencia firme y bien temperada, se construye a manera de un arco voltaico la comunión de dos voces que conversan y que intercambian, también, su relación de silencios.

Realmente es irrelevante si los críticos ubican a Josu Landa como poeta venezolano al lado de sus coetáneos Luis Alberto Crespo, Blanca Streponni, Rafael Arráiz de Lucca, María Auxiliadora Alvárez o Yolanda Pantin o si prefieren incorporarlo al índice de poetas mexicanos en la generación de Elsa Cross, Francisco Hernández, David Huerta, Coral Bracho o José Luis Rivas. En cualquiera de las dos tradiciones que se le asigne, su poesía debe leerse como una estimulante contribución; el lector de la presente antología corroborará inmediatamente el valor excepcional de una escritura que participa de la audacia formal, en la mejor tradición de la poesía hispanoamericana, y del rigor de la composición que anticipa y destierra convenciones discursivas o malabarismos verbales previsibles.

 

Ernesto Lumbreras

* La presente edición es una reproducción del original impreso en 2004. Josu Landa reside en México desde 1982. (N. del E.)