Tú debes darte todo

 

Dale a tu dicha, a tu muerte,
sueño y antepasados confundidos,
esta hora, su petición
está tan plena de corimbos ebrios,
guadaña y verano
por el campo conducidos,
cántaros y jícaras
dulce y cansadamente se hunden.

Tú debes darte todo,
nada te dan los dioses,
date el leve fluctuar
entre rosas y luz,
a todo el azul del cielo,
date en su hechizo,
escucha los postreros cantos
callando.

Tú que fuiste tanto uno
y lo sombrío has hecho,
ah, ya te llama el puro
callado y cancelado camino,
ah, ya la hora, esa
leve en la luz del telar
que de rocas y asientos
cantando las parcas hilan.

Tú fuiste el gran renunciador,*
el llanto pendía contigo,
y el llanto es agua dura
que sobre rocas cae,
todo se ha cumplido,
llanto e ira no,
todo deslumbra ondeándote
en rosas y luz.

¡Oh, dulce hora. Oh, envejecer!
Ya el blasón regalas:
toro entre porta antorchas
y la antorcha disminuye,
ahora desde costas y riberas,
de un mar de naranjos
hondo de pululantes esfinges
conducen las sombras.

Si todo te has dado tú solo,
date entonces la última dicha,
regresa a los olivares
y a sus columnas,
ah, ya has perdido miembros
y en tu postrer mirada
se elevan los heraldos de este mundo
plenos de rosas y luz.

 
 
 *Cfr. Dante, Inferno III, 60 (N. del T.).