Dulce y pequeño rostro

 

Dulce y pequeño rostro
hundido por los años,
pálido y mortal,
vertedor del gran dolor
cuando te hayas ido
pronto...

Ah, cómo jugábamos
ajenos a la evolución,
retrospectiva y perspectiva,
caídos de nuestros bordes,
nada viviendo
aparte del círculo
de nuestras voces.

¡Limitados! Pero una vez
el derribar de los olivos
de los hombres en las ramas,
los montones se fermentan.
Una vez vinos del Golfo de los Leones
en ahumaderos, embellecidos con agua del mar.
O eucaliptos, gigantes, ciento cincuenta y seis metros de
   altura,
y la trémula penumbra de los bosques.
Cotroceni alguna vez...
y nada más.

Pequeño rostro,
copo de nieve,
siempre tan blanco,
y entonces la vena en la sien
y el azul del racimo de jacintos,
la ligúrica fragancia
del almizcle.