Presentación

 

[Giórgos Seféris (né Seferiádes). Hijo de Stélio Seferiádes y Déspo Tenekídes, nació en Smyrna, el 29 de febrero de 1900. Recibió su educación en Smyrna, Atenas y París; en esta última ciudad cursó la carrera de leyes, más bien interesado en las letras. En 1926 ingresó a la diplomacia. Cónsul en Londres y luego en Albania; a la caída de Grecia, durante la segunda Guerra Mundial, siguió a su gobierno en el exilio, sirviéndolo en Creta, Sudáfrica, Egipto, Inglaterra e Italia. Liberada su patria, fue secretario del arzobispo-regente Damaskinós. Volvió a Londres, con el rango de consejero: después se trasladó a Ankara. Fue embajador en Líbano y, finalmente, en Londres, completando así un brillante círculo profesional. En 1962 le fue otorgado el premio Foyle de poesía, y al año siguiente el premio Nobel de literatura. Retirado del servicio diplomático, vivió con su esposa, María Zánnos, en Atenas, en donde murió en 1971.1]

Hace no sé cuántos años leí en alguna revista la versión inglesa de Helena. Esa lectura constituyó mi primer encuentro con Seféris. Mi conocimiento del griego era nulo, pero aun filtrado así el poema no pudo menos de impresionarme; a tal grado que me prometí realizar, en día lejano, su traslado directo al español. Mi segunda visita a Grecia, en 1960, me permitió iniciar el aprendizaje de aquella lengua: adquirí, en efecto, gramáticas, diccionarios, manuales de conversación y dos o tres antologías. Meses más tarde dispúseme a cumplir la promesa. Escribí a Seféris, a la sazón embajador en Londres, y Seféris me hizo llegar sus libros. Después intercambiamos algunas otras cartas y publicaciones.

Ahora que lo he conocido personalmente, pienso que se ha cimentado entre nosotros una amistad genuina y duradera. Conserva muchas de las virtudes que en él subrayaba Henry Miller. El premio Nobel no parece haberlo institucionalizado en lo absoluto. “Mi casa es una isla”, fueron las palabras con que me recibió, “pero venga cuando quiera”.

Sí, la casa de Seféris es una isla. En más de un sentido. Tiempo atrás, quizá circundaron su base las aguas de un río. Invisibles fronteras continúan defendiéndola hoy de la trivialidad ambiente. No aguardan allí protocolos ni frases huecas. La decoración interior consiste en una serie de acuarelas de Edward Lear, un cuadro del pintor popular Theóphilos, una colección de conchas marinas, un grupo de figurillas arcaicas y libros por todas partes. Cada objeto tiene su historia; cada libro una función precisa. El mínimo jardín es suficiente para darse un baño de sol o para estirar un poco las piernas; también alberga variados objetos: fósiles, una tortuga, una mesa redonda con vasijas chipriotas y más caracoles de mar.

“Yo no sé mucho sobre las casas”, decía Seféris, hará dos decenios, en el Tordo. “Las casas que tenía me las arrebataron.” Imágenes normales en el peregrino de aquellas épocas, obligado a mudarse continuamente, a ir desterrado de un lugar a otro, abandonándolo todo tras de sí. Algo sabía, sin embargo. Por ejemplo, que las casas tienen su temperamento peculiar, crecen como niños, arrugan el ceño, sonríen, y aun se vuelven testarudas con quienes las dejan; que experimentan tristezas y alegrías. El mundo, para el emigrante perenne, se había convertido en un hotel desprovisto de linderos.

Por eso ha organizado con apego esta pequeña casa, su morada definitiva. Un lugar en donde pueda guarecer sus papeles y sus memorias, enmarcar su trabajo y su reflexión, recibir a verdaderos amigos. Unos muros que lo protejan sin confinarlo ni enmascararlo.

—Venga cuando quiera. No hablaremos como embajadores, sino como compañeros en las letras.

Y en verdad hemos hablado. Apenas se insinúa un tema estimulante, su curiosidad y su charla son generosas. Con todo:

—Soy un escritor —me dice— obsesionado por unas cuantas cosas. Y no hago más que repetirlas.

Reconozco el aserto. Lo he leído en su prosa y en sus versos. Y me constan sus obsesiones principales: Grecia, la poesía, el destino. Acaso se trata de un sólo tema, inmenso, virtualmente infinito. Porque Grecia, la poesía y el destino, para Giórgos Seféris, son diversas fecundas maneras de enfocar la presencia y la trayectoria del hombre sobre la tierra. Antes que un país, Grecia es una actitud que la tradición mantiene y vivifica. La poesía vendría a ser el rescate de esa actitud, y el destino su asunción plena. El conflicto —doloroso— surge en cuanto se enfrentan tamaños valores ideales a la realidad actual de Grecia.

—La educación que se imparte en las escuelas es pobre. La sociedad en general se deja llevar por motivos superficiales. El academismo ha pervertido el gusto.

Ante lo cual, Seféris recalca su predilección por la gente del pueblo. Me muestra el cuadro de Theóphilos:

—Mírelo bien. Ya sé, ya sé. Es sólo una estampa, une image d’Épinal. Pero de pronto se advierten pinceladas... Llámelas como quiera; a mí me recuerdan los trazos del Greco. Eso es, en cierta forma sutil, parte del helenismo esencial. Theóphilos Hadzimijáil, un nombre burdo de Mitilene, supo recoger y expresar a su modo una herencia desperdiciada por hombres mucho más cultivados.

No es que el poeta se proponga exaltar al vulgo, disminuyendo los méritos de la buena educación. Nada hay de dañino en el conocimiento y el adiestramiento disciplinados, en sí muy provechosos. Pero cuidémonos de la educación a medias. A little knowledge is a dangerous thing. El legado cultural griego es tan complejo que nadie sabe, en un momento dado, a quién se llamará para ejecutar sus designios. Y puestos a elegir entre una pintura de Theóphilos y la horrible fachada neoclásica del edificio que alberga la Academia, la decisión es obvia.

En The Colossus of Maroussi, libro escrito a fines de los treinta o principio de los cuarenta, releo las páginas que Henry Miller consagró a Giórgos Seféris. Insisto: no han envejecido; aunque no pueda decirse lo mismo de otros pasajes de la obra. “El hombre que ha captado este espíritu de eternidad que se halla en Grecia dondequiera, y que lo ha traspuesto a sus poemas es Giórgos Seferiádes, cuyo seudónimo literario es Seféris.” Miller subrayaba el fervor del poeta por su tierra y sus coterráneos; pero lejos de atribuirlo al fanatismo patriótico, lo juzgaba fruto de un paciente descubrimiento, y añadía: “Esta pasión por su país es un rasgo específico del intelectual griego que ha vivido en el extranjero. En los demás pueblos tal inclinación me desagrada; en el griego la encuentro justificable, y no sólo justificable, sino emocionante y sugestiva...”

He aquí, ciertamente, un rasgo específico de los mejores intelectuales griegos. Pero hay que saberlo entender, y distinguirlo así del helenismo reseco de arqueólogos y filólogos como del oropel nacionalista que declaman el nuevo rico, el demagogo, el retórico apolillado. La pasión que Miller encomia es un sentimiento profundo, discreto en sus expresiones. Poco tiene que ver con la erudición, menos con la vanidad, mucho con la sabiduría.

Proseguía Henry Miller: “Recuerdo haber ido una tarde con Seferiádes a ver un terreno donde se proponía construirse una casa de campo. El lugar no tenía nada extraordinario; diría yo inclusive que era mísero y desolado. O mejor dicho, que era así a primera vista. No tuve oportunidad de consolidar mi primera fugaz impresión. Vi transformarse el lugar ante mis ojos mientras Seferiádes me llevaba de sitio en sitio, como una medusa electrizada, mezclando en una misma rapsodia yerbas, flores, arbustos, rocas, arcilla, pendientes, declives, cales, pasadizos... Miraba un promontorio y leía en él la historia de los medos, de los persas, de los dorios, de los cretenses, de los atlantes. Podía leer también en él algunos fragmentos del poema que escribiría mentalmente camino a casa, mientras me iría acosando con preguntas sobre el Nuevo Mundo... Había en su voz como una especie de cicatriz, como si el objeto de su amor, su amada Grecia, le hubiera lacerado, torpemente y sin saberlo, las agudas notas del grito...”

Veintitantos años han transcurrido. Aquel hombre, joven aún, semejante a “un jabalí que se hubiera roto los colmillos en furiosos asaltos de amor y éxtasis”, enseña ya las huellas de la enfermedad y del ocaso. Camina y habla con fatigada lentitud, aunque no sin señorío. Morigera sus paseos. La vida lo ha vuelto escéptico, bien que no se haya mermado su fe medular en ella. El amor y la cicatriz permanecen.

 

Jaime García Terrés2

 

1 En Londres, Seféris conoció a T. S. Eliot de quien tradujo The Waste Land y Murder in the Cathedral. En 1963 se estableció en Atenas. Poco antes de su muerte (20 de septiembre de 1971) publicó un texto contra la dictadura.

A su primer libro de poemas, Strophí (1931), siguieron Sterna (“La cisterna”, 1932), Mythistórima (1935), Gymnopedia (1936), Himerologion katastrómatos /, //, /// (“Diario de a bordo”, 1940, 1944, 1955), Kíjli (“El tordo”, 1947), los Tres poemas escondidos (1966) y las recopilaciones que con el título de Poiemata se publicaron en 1940, 1961, 1962 y después de su muerte.

Los ensayos completos de Seféris se reunieron en dos volúmenes: Dokimés (“Ensayos”, 1974). Tradujo El cantar de los cantares, El Apocalipsis de San Juan, poemas de Pound, Yeats, Auden, Gide, Eluard. Póstumamente se ha publicado un fragmento de novela y parte de su diario. [N. del E.]

2 Jaime García Terrés dio a conocer en México a Giórgos Seféris, en la Revista de la Universidad, y cuando era nuestro embajador en Grecia hizo amistad con él. Nos ha parecido de estricta justicia integrar este Material de Lectura con textos de García Terrés provenientes de libros agotados como Grecia 60: poesía y verdad (1962) y Tres poemas escondidos que tradujo en 1968. El prólogo es un fragmento (escrito en 1965) de su Reloj de Atenas (páginas de un diario) Joaquín Mortiz. Editó en 1971 Todo lo más por decir, libro al que pertenecen los “Versos a un poeta griego” [N. del E.).