Nota introductoria


José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, 1901-ciudad de México, 1973), es un escritor de obra breve; pero la calidad, en su caso, se da en proporción inversa a esa brevedad. Para él, la poesía fue un lento ejercicio, consistente en una depuración del lenguaje para asomarse a la esencia de las cosas a través de las palabras. La culminación de este proceso es Muerte sin fin, poema filosófico que resume preocupaciones vitales del poeta a partir de la imagen del agua contenida en un vaso: Dios, el hombre, el universo, la sustancia y la forma poéticas...; mas todo ello enseñoreado por la muerte, penúltima fase de un arte dialéctico en que ella, la Muerte, no abandona un punto a la vida y mantiene así el equilibrio del mundo. La fase final es el hombre, el poeta, reduciendo a la misma muerte a un esperpento, máxima verdad que nace del desprecio. Con esta actitud, sólo el hombre escapa a la fatalidad, ya que ni siquiera Dios está al margen de aquella dialéctica arrasadora, pues sin la presencia y el concurso del hombre en la tierra, Dios no sería sino una enorme oquedad que paralizaría la vida, y la Muerte, salida de la boca de Dios mismo, haría de él su última presa.

La poesía es por esencia ambigua. De la obra de Gorostiza pueden hacerse diversas interpretaciones, según los niveles del poema y los enfoques de los lectores. Si Muerte sin fin es un poema hermético, su dificultad consistiría en querer abarcar todas las lecturas que propone. Es natural que un lector no ad hoc ignore algunos de sus temas y no logre asir el sentido total del poema; mas no por ello la experiencia de la lectura será menos rica. En el solo aspecto poético se logra el encuentro con la obra de arte.

La observación del mundo exterior y, sobre todo, el acecho infatigable a la inteligencia quedan en Muerte sin fin traducidos en un lenguaje estricto, plural en cuanto a su significado; cada imagen, cada parte o partícula del poema están gobernadas por una mano insobornable. Del dominio de las palabras, de la intransigencia con el lenguaje, surge esta obra de una claridad resplandeciente. Es natural que el poema nos supere, lectores comunes, por su laboriosa construcción, por su evidente dificultad. Quedamos inermes pero alucinados ante su forma artística, que si bien nace de un largo meditar, toca primero nuestra emoción, de la misma manera como la poesía nace en el corazón del poeta, aunque luego adquiera forma en su mente y sea la suma de este doble nacimiento. Posteriormente, las consideraciones sobre lo observado serán múltiples; aquí comienzan los obstáculos y el trabajo de superarlos. Éste es un ejercicio de la crítica especializada. Pero, finalmente, querer “explicar” el poema puede ser una larga tarea académica o dar resultados sospechosos de error. Tal vez es preferible su lectura como mera contemplación estética.

En resumen, Muerte sin fin es una explicación absolutamente individual de un pensamiento; su lectura debería invitar a una comprensión también absolutamente individual de ese pensamiento. Si algo o mucho queda en el misterio ello no se deberá sino a la certidumbre de que en el misterio nacen también la idea de un dios o la creación poética. El poema nos aparta de lo cotidiano y esta experiencia nos sobrecoge. Otros grandes poetas o grandes poemas de lengua española nos producen el mismo efecto. El lenguaje es el puente que une lo comprensible a lo inefable: así en Góngora, en Sor Juana, en San Juan de la Cruz, quienes nos entregan la parte más oculta y sin embargo más clara de sus reflexiones a través de eso que llamamos lenguaje poético. San Juan de la Cruz, por ejemplo, embelesa y convence al referirse a Dios, ya que él mismo está embelesado y convencido. Gorostiza se inquieta con la idea de la divinidad para luego decepcionarse de ella; le preocupa el hombre sujeto a un sinnúmero de dudas, que busca la libertad a través de la inteligencia.

Se ha señalado la presencia de Paul Valery, T. S. Eliot, Jorge Guillén, además de los poetas citados anteriormente, en la obra de Gorostiza. Octavio Paz agrega a William Blake, Heráclito y Parménides. Debe mencionarse también a Juan Ramón Jiménez, González Martínez, los influjos naturales que hubo entre los Contemporáneos y algunos poetas del posmodernismo. Muerte sin fin es también un poema que participa de otras artes; su división en partes, repetición de frases temáticas, ascensión permanente hacia un final apoteótico, la armonía y la melodía, hacen de él una composición musical. Además, la obra en su conjunto es de una arquitectura perfecta. Los cuerpos primeros de la obra, los que están a la altura de los ojos del hombre, van siendo superados por los cuerpos superiores, en que la ornamentación y la simbología se vuelven más profusas, hasta llegar a la cúspide del edificio de la poesía, que como en los templos barrocos levanta en triunfo la imagen de más alta jerarquía para glorificarla. En este caso, el lugar más prominente corresponde a la Muerte, cuya presencia invade al orbe, después de que las últimas notas del poema, las últimas imágenes, quedan vibrando en la transparencia del aire mientras un aleluya aterrador anuncia la muerte de Dios. Quedan solos el hombre y su conciencia en un diálogo último. Tal vez la luz del mundo, otrora surgida de Dios, como de una estrella lejanísima, es ya luz sin estrella que aún sigue llegando a la tierra. Luego el baile, una danza macabra y efímera, en que el hombre, otra vez dueño de sí, o aterrado por aquella visión apocalíptica, con supremo desdén menosprecia a la misma muerte, “putilla del rubor helado”. Es el final de un canto de victoria. El hombre, Prometeo vencedor, tiene en sus manos el fuego de los dioses. El vaso está roto y el agua derramada y libre ha encontrado su forma justa, la no forma; la fuerza del poema inunda el espíritu como esa misma agua, ya inmensa como el mar, como la luz que invade hasta “las zonas más ínfimas del ojo”. De esta manera el mundo queda bañado de una claridad prodigiosa. Tal vez eso es el poema de Gorostiza. El punto de partida, el símbolo del vaso y el agua, es el momento justo para iniciar una aventura cuyo itinerario está señalado sólo por imágenes en un ámbito en que la poesía vive en estado de pureza, a pesar de los temas que en un momento pueden hacernos creer que a Gorostiza le preocupan más las cuestiones metafísicas. Vale la pena el pretexto. La poesía tiene caminos infinitos y todos llevan a ella como hacia un polo magnético, aun cuando ignoramos el secreto de su poderosa atracción.

Héctor Valdés