Cesare Pavese



Selección,
traducción y nota
de Guillermo Fernández



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Nota introductoria

 

 

En lo que va del siglo, pocos libros de poesía italiana se han leído y analizado tanto como Lavorare stanca (Trabajar cansa), el primer libro de poemas de Cesare Pavese, cuya primera edición (Ed. Solaría, Florencia, 1936) aumentó el autor en la segunda (Ed. Einaudi, Turín, 1943), dándole el carácter de edición definitiva. En ésta incluyó seis poemas escritos entre las “paredes de aire” de Brancaleone Calabro, una aldea donde fue confinado durante siete meses por su militancia antifacista.

La aparición de Trabajar cansa presentó una alternativa opuesta al hermetismo imperante en la poesía lírica italiana de esos años y preparó el terreno a las nuevas y distintas poéticas que proliferan en ese país después de la segunda posguerra. Con este libro aportó a la lírica el poema-narración, una poesía “clara, simple y objetiva” de carácter polémico y en contra de los recursos retóricos y amaneramientos formales, de las amañadas disposiciones tipográficas —viejas ya en esos tiempos—, de la métrica y la rima tradicionales.

Con Los mares del sur —el primer poema de ese libro y que él consideraba “lo mejor que se estuviese escribiendo en Italia”—, sienta las bases de lo que será su trabajo poético futuro. Los requerimientos narrativos lo inducen a elegir los versos de doce, trece y más sílabas con ritmo dactílico, en lugar del endecasílabo tradicional en casi todos los poemas-narración, empleando el tono coloquial del habla piamontesa.

Los personajes son prostitutas, maestritas, pordioseros, campesinos, noctámbulos, borrachos, vagabundos solitarios que atraviesan plazas y calles desiertas, buscando el inexistente camino del retorno, sin más porvenir que el de sus propios recuerdos, inconscientemente inmersos en su “inmadurez” de adolescentes, en el mito fundamental de la infancia del mundo. Todos ellos son seres silenciosos que saben escuchar “el silencio que dura”, el silencioso discurso de los dioses remotos: “Callar es nuestra virtud...”; “Algún antepasado nuestro debió estar muy solo/ —un gran hombre entre idiotas o un pobre loco/ para enseñar a los suyos tanto silencio...”; “Aquí, en la oscuridad, solo,/ mi cuerpo está tranquilo y se siente señor...”; “Caminar por caminar; las plazas y las calles/ están solas...”; “Pero este hombre ni mira. Se va a su casa a dormir/ y la vida no es más que un zumbido de silencio...”; “Temblaremos de soledad. Pero queremos estar solos”. Todos ellos —él mismo— se cuentan a sí mismos los proyectos de toda su vida, devanando el hilo de un interminable monólogo interior. Trabajadores ocasionales, desganados, que escapan de casa para vagar por las colinas o a la orilla de los ríos, maravillosos seres improductivos que reconquistan la libertad fumando en silencio; los sobrevivientes de la edad de oro.

“La auténtica innovación pavesiana consiste en la demostración —incisiva y activa con frecuencia— de que la experimentación técnico-gnoseológica de la poesía contemporánea no puede detenerse en las formas de la lírica pura... En la inmediata posguerra, la poesía de Pavese se ha significado continuamente como un ejemplo anti-hermético, de concreción realista, de una clara dicción de los personajes, asuntos, situaciones de la sociedad... Los temas que serán típicos del narrador futuro, Las Langas, Turín, las colinas, la ciudad y el campo, la infancia y sus tensiones, sus búsquedas, un gusto entre lawrenciano y dannunziano por una pagana sensualidad de la tierra...” *

Trabajar cansa principia trazando un círculo que se cierra virtualmente en los Diálogos con Leucó, que es, quizás, su obra más profunda y perfecta, indispensable para penetrar en el aterrado mundo pavesiano.

La selección de los poemas aparece aquí en orden cronológico, con el propósito de observar la evolución y el cambio hacia otras formas empleadas posteriormente por Pavese. Asimismo la selección va de Los mares del sur a The cats will know, el penúltimo poema que escribiera meses antes de su muerte. Los poemas marcados con asterisco se publicaron póstumamente .

Cesare Pavese nació en Santo Stefano Belbo (Piamonte). el 9 de septiembre de 1908. Murió el 27 de agosto de 1950, en Turín.

“Nadie se suicida: la muerte es destino.”

 

Guillermo Fernández

 



* Giorgio Barberi Squarotti, La cultura e la poesía italiana del dopoguerra, Ed. Cappelli, 1968

 

 


 

 
Los mares del sur

                                                                          (A Monti) 


Caminamos una tarde por la falda de un cerro,
silenciosos. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve pacato, con su rostro bronceado,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debió estar muy solo
—un gran hombre entre idiotas o un pobre  loco—
para enseñar a los suyos tanto silencio.

Mi primo habló esta tarde. Me pidió
que subiera con él: desde la cumbre se divisa,
en las noches serenas, el reflejo del distante
faro de Turín. “Tú, que vives en Turín...”
me dijo, “...pero tienes razón. Hay que vivir la vida
lejos del pueblo: se aprovecha y se goza;
luego, al volver después de cuarenta años, como yo,
se encuentra todo nuevo. Las Langas no se pierden”
Todo esto me ha dicho y no habla italiano,
pero emplea lentamente el dialecto que, como las piedras
de esta misma colina, es tan abrupto
que veinte años de idiomas y océanos distintos
no han podido mellárselo. Y sube la cuesta
con la misma mirada abstraída que he visto, de niño,
en los campesinos un poco cansados.

Veinte años anduvo viajando por el mundo.
Se fue cuando todavía era yo un niño faldero,
y lo dieron por muerto. Después oí a las mujeres
hablando a veces de él, como en una fábula;
pero los hombres, más reservados, lo olvidaron.
Un invierno, a mi padre ya muerto, le llegó una tarjeta
con una gran estampilla verdosa con naves en un puerto
y deseos de buena vendimia. Causó gran asombro
y el niño más crecido explicó con vehemencia
que el mensaje venía de una isla llamada Tasmania,
rodeada de un mar más azul y feroces escualos,
en el Pacífico, al sur de Australia. Y añadió que en verdad
el primo era pescador de perlas. Y arrancó la estampilla.
Todos opinaron al respecto, mas coincidieron
en que si no estaba ya muerto, pronto moriría.
Luego todos lo olvidaron y pasó mucho tiempo.

Oh, desde que yo jugaba a los piratas malayos,
cuánto tiempo ha pasado. Y desde la última vez
que bajé a bañarme en un sitio mortal
y en un árbol perseguí a un compañero de juegos,
quebrando hermosas ramas, y le rompí la cabeza
a un rival y también me golpearon,
cuánta vida ha transcurrido. Otros días, otros juegos,
otros sacudimientos de la sangre frente a rivales
más huidizos: los pensamientos y los sueños.
La ciudad me ha enseñado temores infinitos:
una multitud, una calle me han hecho tembla;
un pensamiento, a veces, entrevisto en un rostro.
Siento aún en los ojos la luz burlona
de miles de faroles sobre el tropel de pasos.
Entre otros pocos, mi primo regresó
al terminar la guerra. Y tenía dinero.
Los parientes murmuraban: “En un año, cuando mucho,
se lo come todo y se larga.
Los desesperados mueren así.”
Mi primo tiene un semblante resuelto. Compró una planta
    baja
en el pueblo y construyó con cemento un taller
con su flamante bomba al frente, para vender gasolina;
y sobre el puente, junto a la curva, un gran letrero.
Luego empleó a un mecánico que le atendía el  negocio
mientras él se paseaba por Las Langas, fumando.
Entretanto se casó en el pueblo. Eligió a una muchacha
delgada y rubia, como las extranjeras
que alguna vez encontró por el mundo.
Pero siguió saliendo solo, vestido de blanco,
con las manos a la espalda y el rostro bronceado;
por la mañana iba a las ferias y con aire socarrón
compraba caballos. Después me explicó,
al fallarle el proyecto, que su plan
había sido suprimir las bestias del valle
y obligar a la gente a comprarle motores.
“Pero la bestia” decía, “más grande de todas
he sido yo al pensarlo. Debía saber
que aquí bueyes y gentes son una misma raza.”

Hemos caminado más de media hora. La  cumbre está
    cercana;
aumenta en torno nuestro el murmullo y el silbar del viento.
Mi primo se detiene de pronto y se vuelve: “Este año
escribiré en el letrero Santo Síefano
siempre ha sido el primero en las fiestas

en el valle del Belbo,
aunque respinguen
los de Canelli.” Y sigue subiendo la cuesta.
Un perfume de tierra y de viento nos envuelve en lo oscuro;
algunas luces lejanas: granjas, automóviles
que apenas se oyen. Y pienso en la fuerza
que devolvió a este hombre, arrancándolo al mar,
a las tierras lejanas, al silencio que dura.
Mi primo jamás habla de sus viajes.
Dice parcamente que ha estado en tal o cual sitio
y vuelve a pensar en sus motores.
                                                    Sólo un sueño
le ha quedado en la sangre: una vez navegó
como fogonero en un barco pesquero holandés, el Cetáceo;
vio volar los pesados arpones al sol,
vio huir ballenas entre espumas de sangre,
perseguirlas, lancear sus colas levantadas.
Me lo contó algunas veces.
                                            Pero cuando le digo
que está entre los afortunados que han visto la aurora
en las islas más hermosas del mundo,
sonríe al recordarlo y responde que el sol
se levantaba cuando el día ya era viejo para ellos.

 
1930
 

 


 

Las maestritas

 

Mis tierras de viñas, ciruelos y castaños,
donde siempre han medrado los frutos que he comido;
mis hermosas colinas dan un fruto mejor
que el de mis sueños de siempre, el que no he mordido
    nunca.
Cuando se tiene seis años y nos traen al campo
solamente en verano, ya es mucho lograr
escaparse al camino y comer fruta verde
con muchachos descalzos que apacientan las vacas.
Bajo el cielo de verano, tendidos en los prados,
se hablaba de mujeres entre juegos y riñas
y los otros sabían misterios y misterios
murmurados y rientes en el ocio divino.
Por el camino, frente a la villa, aún se ven
—los domingos— pasar sombrillitas desde el pueblo;
pero la villa está lejos y ya no hay muchachos.

Mi hermana tenía entonces veinte años. Venían siempre
a visitarnos, en la terraza, las bellas sombrillitas,
claros vestidos veraniegos, palabras risueñas:
maestritas. Hablaban quizá de libros
que entre ellas se prestaban —novelas de amor—,
de bailes y de encuentros. Yo las oía inquieto,
sin pensar todavía en brazos desnudos,
en cabellos soleados. Mi momento llegaba
cuando me escogían como guía del grupito
para ir a comer uvas sentados en el suelo.
Se burlaban de mí. Una vez me preguntaron
si ya tenía yo mi enamorada.
Más bien me aturullaron. Yo andaba con ellas
para deslumhrarlas con mi destreza al trepar un árbol,
hallar hermosos racimos, correr velozmente.
Una vez encontré junto a las vías del tren
a la más esquiva de estas muchachas, de faz algo absorta,
pero de un rubio quemado y que hablaba italiano.
La llamaban Flora. Yo estaba tirándole
piedras a las ruedas de los trenes. Mi amiga me preguntó
si en casa conocían mis hazañas.
Me quedé confundido. Y la pobre Flora me llevó consigo
porque iba —me dijo— a ver a mi hermana.
Era una tarde bella, de las primeras del verano
y por ir un poco a la sombra y llegar más pronto
nos fuimos por los prados. A mi lado, Flora
me preguntaba sobre algo que ya no recuerdo.
Llegamos a un arroyo y yo quise saltarlo:
acabé a medio arroyo, entre la hierba.
Flora se rió en la otra orilla,
se sentó luego y me ordenó que no mirara.
Yo estaba agitado. Oía chapotear
en la corriente, chapotear y me volví de pronto.
Ágil como era y fuerte en su cuerpo escondido,
mi amiga bajaba por la orilla, las piernas desnudas,
deslumbrante. (Flora era rica y no trabajaba.)
Me lo reprochó levemente y se cubrió pronto,
pero reímos al fin y le tendí mi mano.
Caminando de vuelta me sentía muy feliz.
Al volver a casa no fui castigado.

En mi pueblo hay docenas de muchachas como Flora.
Son el fruto más sano de aquellas colinas;
los parientes ricos las mandan a estudiar
y alguna siega en los campos. Tienen rostros morenos
que te miran tan serios y son tan golosos:
señoritas que visten al estilo de la ciudad.
Tienen nombres fantásticos tomados de los libros:
Flora, Lidia, Cordelia, y los racimos de uva,
las hileras de chopos no son más hermosos.
Siempre me imagino a una de ellas diciendo:
Mi sueño es vivir hasta los treinta años
en una casa en lo alto de una colina
golpeada por el viento y dedicarme tan sólo
a las plantas silvestres que nacen allá arriba.
Saben bien qué cosa es la vida: en las escuelas
pasan enmedio de todas las miserias,
las cínicas bestialidades de pequeños brutos,
y siempre son jóvenes. De viejas...
pero no quiero imaginarlas viejas; para mí
siempre las tendré frente a mis ojos, mis  maestritas,
con bellas sombrillitas, vestidas de claro
—por fondo la colina un poco abrupta y quemada—
mi fruto, el más bueno, que cada año renueva.

 

1931

 

 


 

Encuentro

 

Estas duras colinas que hicieron mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me mostraron el prodigio
de aquélla, que ignora que la vivo sin poder entenderla.

La encontré una noche; una mancha más clara
bajo estrellas ambiguas, en la oscuridad del verano.
Había alrededor la fragancia de estas colinas,
más profunda que la sombra, y de pronto sonó,
como si saliera de estas colinas, una voz limpia
y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Ocasionalmente la veo, viviendo delante de mí,
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca he podido aferrarla; su realidad
me rehúye siempre y me distancia.
Si es bella, no lo sé. Es joven entre las mujeres:
pienso en ella y me sorprende un lejano recuerdo
de mi infancia vivida en estas colinas;
tan joven es. Es como la madrugada. Lleva en sus ojos
todos los cielos lejanos de aquellas madrugadas remotas.
Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.

La he creado desde el fondo de todas las cosas
que me son más queridas, y no logro entenderla.


1932

 

 


 

Gente desarraigada

 

Demasiado mar. Ya hemos visto bastante mar.
Al atardecer, cuando el agua se extiende, pálida
y diluida en la nada, mi amigo la contempla
mientras yo lo miro, ambos en silencio.
Por la noche nos encerramos en el fondo de una cantina,
aislados por el humo, y bebemos. Mi amigo  sueña
(son un poco monótonos los sueños junto al rumor del mar)
donde el agua es tan sólo un espejo, entre una y otra isla,
de colinas jaspeadas de flores salvajes y  cascadas.
Su vino es así. Se contempla en el vaso
levantando verdes colinas en el llano del mar.
Me gustan las colinas y lo dejo hablar del mar
porque su agua es tan clara que muestra hasta las piedras.
Mirando las colinas me llenan cielo y tierra
con las líneas seguras de sus flancos, cercanas o distantes.
Sólo las mías son abruptas, surcadas de viñas
fatigadas en un suelo quemado. Mi amigo las  acepta
y las quiere vestir con flores y frutos salvajes
para descubrir, riendo, muchachas más desnudas
    que los frutos.
No sucede; en mis más escabrosos sueños no falta una
    sonrisa.
Si madrugamos mañana, estaremos de camino
hacia aquellas colinas; podremos encontrar en  las viñas
una muchacha morena, tostada por el sol,
y comenzando la conversación, comerle un poco de uva.

 

1933

 

 


 

Manía de soledad


Ceno cualquier cosa junto a la clara ventana.
El cuarto tiene ya la oscuridad del cielo.
Al salir, las calles tranquilas conducen,
en pocos pasos, al campo abierto.
Como y miro el cielo —quién sabe cuántas  mujeres
están comiendo a estas horas—; mi cuerpo está tranquilo;
el trabajo y la mujer aturden mi cuerpo.

Afuera, después de la cena, las estrellas vendrán a tocar
la tierra en su extensa llanura. Las estrellas están vivas
pero no valen lo que estas cerezas que como a solas.
Miro el cielo, pero sé que entre los tejados  mohosos
ya brilla alguna luz y que abajo hay rumores.
Un gran sorbo y mi cuerpo saborea la vida
de las plantas y los ríos, sintiéndose apartado de todo.
Basta un poco de silencio para que todo se detenga
en su lugar real, como ahora mi cuerpo.
Toda cosa se aísla frente a mis sentidos
que la aceptan sin corromperse: un murmullo de silencio.
Puedo saberlo todo en la oscuridad,
como sé que la sangre corre por mis venas.
La llanura es un gran correr de aguas entre las hierbas,
una cena de todas las cosas. Todas las plantas y las piedras
viven inmóviles. Oigo a mis alimentos nutrirme las venas
de todas las cosas que viven sobre esta llanura.
No importa la noche. El cuadrado del cielo
me susurra todos los fragores y una estrella  pequeña
se debate en el vacío, lejana de los alimentos,
de las casas, distinta. No se basta a sí misma,
necesita demasiadas compañeras. Aquí, en la oscuridad,
    solo,
mi cuerpo está tranquilo y se siente señor.

 

1933

 

 


 

Trabajar cansa

 

Atravesar una calle para escapar de casa
puede hacerlo un muchacho, pero este hombre que anda
todo el día por las calles ya no es un
muchacho y no escapa de casa.
                                 Hay tardes de verano
en que hasta las plazas se vacían, tendidas
bajo el sol declinante, y este hombre que llega
a una alameda de inútiles hierbas, se detiene.
¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo?
Caminar por caminar; las plazas y las calles
están solas. Es preciso detener a una mujer,
hablarle y persuadirla de vivir juntos.
De no ser así, uno habla a solas. Es por esto que a veces
el borracho nocturno comienza a farfullar
y relata los proyectos de toda la vida.

No es verdad que esperando en la plaza desierta
el encuentro se dé con alguno; pero quien va por las calles
se detiene de vez en cuando. Si fueran dos,
aun andando en las calles, la casa estaría
donde aquella mujer y valdría la pena.
En la noche, la plaza vuelve a quedarse vacía
y este hombre, que pasa sin mirar las casas
entre inútiles luces, ya no levanta sus ojos:
sólo mira el empedrado hecho por otros hombres
de manos endurecidas, como las suyas.
No es justo quedarse en la plaza desierta.
Es seguro que existe esa mujer en la calle
que, rogándoselo, quisiera consolar esa casa.

 

1934

 

 


 

El vino triste
(segunda versión)


Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por sí mismo. Tres tragos
y regresan las ganas de pensarlo a solas.
Se abre un fondo de zumbidos distantes,
toda cosa se pierde y resulta un milagro
haber nacido y mirar el vaso. El trabajo
(el hombre solo no puede no pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino de que es bello sufrir
para poder pensarlo. Después, los ojos miran
al vacío, dolientes, como agujeros ciegos.

Si este hombre se levanta y va a dormir a su casa,
parece un ciego que perdió el camino. Cualquiera
puede salir de una esquina y molerlo a golpes.
Puede surgir una mujer y tenderse en la calle,
joven y hermosa, bajo otro hombre, gimiendo
como en otro tiempo una mujer gemía con él.
Pero este hombre no mira. Se va a su casa a dormir
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Desvestido, este hombre mostraría miembros extenuados
y una cabellera brutal, alborotada. ¿Quién diría
que a este hombre lo recorren tibias venas
donde un tiempo la vida quemaba? Ninguno
creería que en otros tiempos una mujer acarició
ese cuerpo y lo besó, ese cuerpo tembloroso,
empapado de lágrimas, ahora que el hombre,
en su casa, intenta dormir sin lograrlo y gime.

 

1934

 

 


 

Creación

 

Estoy vivo y sorprendí a las estrellas en el alba.
La camarada continúa durmiendo y lo ignora.
Todos los camaradas duermen. La clara jornada
está frente a mí, más nítida que los rostros hundidos.

Pasa un viejo a lo lejos que va a trabajar
o a gozar la mañana. No somos distintos,
los dos respiramos la misma claridad
y fumamos, tranquilos, para engañar el hambre.
También el viejo debe tener un cuerpo puro
y vibrante —debería estar desnudo ante la madrugada.

En esta mañana corre la vida sobre el agua
y en el sol: nos circunda el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos se desnudarán.
Habrá un fuerte sol y la aspereza del mar,
ese rudo cansancio que nos abate en el sol
y la inmovilidad. Aquí estará la compañera
—un secreto de cuerpos. Cada uno dará su propia voz.
No hay voz que rompa el silencio del agua
bajo el alba. Nada se estremece
bajo el cielo. Sólo una tibieza derrite a las estrellas.
Y se tiembla al sentir la madrugada que vibra
totalmente virginal, como si nadie estuviera despierto.

 

1935

 

 


 

Mujeres apasionadas

 

Al atardecer, las muchachas entran al agua,
cuando el extenso mar se desvanece. En el bosque
se sobresaltan las hojas mientras emergen cautas
y se sientan en la arena de la orilla. La espuma
dispone sus juegos inquietos en el agua remota.

Las muchachas tienen miedo de las algas ocultas
bajo las olas, que enlazan piernas y espaldas:
lo del cuerpo desnudo. Remontan, ágiles, la orilla,
llamándose por sus nombres, mirando a su alrededor.
También las sombras en el oscuro fondo del mar
son enormes y se estremecen, inciertas,
como atraídas por los cuerpos que pasan. El bosque
es un refugio tranquilo bajo el sol que declina,
más que el arenal, pero place a las muchachas morenas
sentarse a la intemperie, sobre la sábana recogida.

Todas se acurrucan, cubriendo sus piernas
con la sábana y contemplan el mar que se extiende
como un prado en el crepúsculo. ¿Quién de ellas
se animaría a tenderse ahora en un prado? Del mar
saltarían las algas que enredan los pies
hasta aprehender y envolver el cuerpo tembloroso.
En el mar hay ojos que a veces se vislumbran.
Aquella extranjera desconocida que nadaba de noche,
sola y desnuda en la oscuridad, cuando cambia la luna,
desapareció una noche y nunca volverá.
Era alta y debía ser deslumbrantemente blanca,
porque los ojos, desde el fondo del mar, llegaban hasta ella.

 

1935

 

 


 

Regreso de Deola

 

Volveremos a la calle a mirar transeúntes
y también nosotros seremos transeúntes. Idearemos
cómo levantarnos temprano, deponiendo él disgusto
de la noche y salir con el paso de otros tiempos.
Le daremos en la cabeza al trabajo de otros tiempos.
Volveremos a fumar atolondradamente contra el vidrio,
allá abajo. Pero los ojos serán los mismos,
también el rostro y los gestos. Ese vano secreto
que se demora en el cuerpo y nos extravía la mirada
morirá lentamente en el ritmo de la sangre
donde todo se pierde.
                                   Saldremos una mañana,
ya no tendremos casa, saldremos a la calle;
nos abandonará el disgusto nocturno;
temblaremos de soledad. Pero querremos estar solos.
Veremos los transeúntes con la sonrisa muerta
del derrotado, pero que no grita ni odia
pues sabe que desde tiempos remotos la suerte
—todo lo que ha sido y será— lo contiene la sangre,
el murmullo de la sangre. Bajaremos la frente,
solos, a media calle, a escuchar un eco
encerrado en la sangre. Y ese eco nunca vibrará.
Levantaremos los ojos, miraremos la calle.


1936

 


 

Costumbres

 

Sobre el asfalto de la avenida la luna forma un lago
silencioso y el amigo recuerda otros tiempos.
Entonces le bastaba un encuentro imprevisto
para ya no estar solo. Mirando la luna
respiraba la noche. Pero más fresco era el olor
de la mujer encontrada, de la breve aventura
bajo escaleras inciertas. El cuarto tranquilo
y el pronto deseo de vivir siempre allí
colmaban su corazón. Luego, bajo la luna,
volvía contento, con grandes pasos atolondrados.

Entonces era un gran compañero de sí mismo.
Despertaba temprano y saltaba del lecho
reencontrando su cuerpo y sus viejos pensamientos.
Le gustaba salir a mojarse en la lluvia
o andar bajo el sol; gozaba mirando las calles,
conversando con gente fortuita. Creía
poder comenzar en cualquier oficio
cada nuevo día, cada nueva mañana.
Después de tantas fatigas se sentaba a fumar.
Su más grande placer era quedarse a solas.

Envejeció el amigo y quisiera una casa
que le fuera más grata; salir por la noche
y quedarse en la avenida mirando la luna,
pero hallando al volver una mujer sumisa,
una mujer tranquila, paciente en su espera.

Envejeció el amigo y ya no se basta a sí mismo.
Los transeúntes son siempre los mismos; la lluvia
y el sol son siempre los mismos; la mañana un desierto.
Trabajar no vale la pena. Y salir a la luna,
si nadie lo aguarda, tampoco vale la pena.

 

1936

 


 

Sueño


¿Aún ríe tu cuerpo a la aguda caricia
de la mano o del aire, y a veces reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos regresan
de un temblor de la sangre, de una nada. También el cuerpo
que se tendió a tu lado en esa nada te busca.

Era un juego ligero pensar que algún día
la caricia del aire podría renacer
imprevisto recuerdo en la nada. Tu cuerpo
se habría despertado una mañana, amoroso
de su misma tibieza, bajo el alba desierta.
Un agudo recuerdo te habría recorrido
y una aguda sonrisa. ¿No vuelve aquel alba?

En el aire se hubiera ceñido a tu cuerpo
esa fresca caricia, en la íntima sangre,
y si hubieras sabido que el tibio momento
respondía en el alba a un temblor diferente,
a un temblor de la nada. Lo hubieras sabido
como un día lejano supiste que un cuerpo
se tendió a tu lado.
                                Dormías liviana
bajo un aire risueño de frágiles cuerpos,
de una amorosa nada. Y la aguda sonrisa
te recorrió, abriéndote los ojos azorados.
¿No ha vuelto más, de la nada, aquel alba?

 

1937

 


 

El amigo que duerme


¿Qué le diremos esta noche al amigo que duerme?
La palabra más tenue nos sube a los labios
desde la pena más atroz. Miraremos al amigo,
sus inútiles labios que no dicen nada,
quedamente hablaremos.
                                         La noche tendrá el rostro
del antiguo dolor que cada tarde resurge,
impasible y vivo. El silencio remoto
sufrirá como un alma, mudo, en la oscuridad.
Le hablaremos a la noche, que levemente respira.

Oiremos los instantes goteando en lo oscuro,
más allá de las cosas, en la ansiedad del alba
que vendrá de improviso esculpiendo las cosas
contra el silencio muerto. La luz inútil
develará la faz absorta del día. Los instantes
callarán. Y hablarán quedamente las cosas.

 

1937

 


 

El paraíso sobre los tejados


Será un día tranquilo, de luz fría,
como el sol que nace o que muere, y el vidrio
guardará el aire sucio del cielo exterior.

Un día nos despertarán, de una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la alcoba,
a través del ventanal, un cielo más grande.
De la escalera que se subió para siempre
no vendrán más voces ni rostros muertos.

No será necesario abandonar el lecho.
Sólo el alba entrará en la alcoba vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
de una claridad tranquila, casi una luz.
Los recuerdos serán unos grumos de sombra
agazapados como brasa vieja
en el fogón. El recuerdo será la llama
que aún ayer mordía los ojos apagados.

 

1940

 


 

La casa


El solitario escucha la voz calma
con la vista entornada, como si una respiración
alentara en su rostro, una respiración amiga
que remonta, increíble, del tiempo lejano.

El hombre solo escucha la voz antigua
que sus padres oyeron en otros tiempos, clara,
cosechada; una voz que como el verde
de los pantanos y colinas oscurece la tarde.

El hombre solo conoce una voz de sombra,
acariciante, que brota en los tonos tranquilos
de un oculto venero: la bebe atento,
a ojos cerrados, como si no estuviera a su lado.

Es la voz que un día detuvo al padre
de su padre y a todos los de su sangre muerta.
Una voz de mujer que suena secreta
en el umbral de la casa al caer la oscuridad.

 

1940


Tú también eres colina


Tú también eres colina
y sendero de piedras
y juego entre las cañas
y conoces la viña
que calla de noche.
Tú no dices palabras.

Hay una tierra callada
pero no es tierra tuya.
Hay un silencio que dura
en plantas y colinas.
Hay campiñas y aguas.
Eres silencio cerrado,
que no cede; eres labios
y ojos oscuros. Eres la viña.

Es una tierra que espera
sin decir una palabra.
Han pasado los días
bajo cielos ardientes.
Tú has jugado a las nubes.
Es una tierra mala
—y tu frente lo sabe.
Esto también es la viña.

Reencontrarás las nubes,
el cañizal y las voces
como una sombra de luna.
Reencontrarás palabras
allende la vida breve
y nocturna de los juegos,
allende la encendida infancia.
Será dulce callar.
Eres la tierra y la viña.

Un silencio encendido
quemará la campiña
como fogatas nocturnas.

 

1945

 


 

Y entonces nosotros, los viles


Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
murmurante, las casas,
los senderos del río,
las sucias luces rojas
de esos lugares, el dolor
silencioso y mitigado
—arrancamos la mano
de la viva cadena
y callamos, mas el corazón
sobresaltó nuestra sangre,
terminó la dulzura,
se acabó el abandono
en el sendero del río—
ya no siervos, supimos
estar solos y vivos.

 

1945


 

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o.un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra hueca,
un grito ahogado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando a solas te inclinas
 hacia el espejo. Oh querida esperanza,
ese día también sabremos
que eres la vida y la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.

 

1950


 

 

Las mañanas transcurren claras


Las mañanas transcurren claras
y desiertas. Así se abrían tus ojos
en otro tiempo. La mañana
fluía lentamente, era una gorga
de luz inmóvil. Callaba.
Tú callabas, viva. Las cosas
existían bajo tus ojos
(sin pena, sin fiebre, sin sombra)
como un claro mar en la mañana.

Luz, donde estás tú está la mañana.
Tú eras la vida y las cosas.
Despiertos en ti respirábamos
bajo el cielo que perdura en nosotros.
Sin pena, sin fiebre entonces,
sin esta pesada sombra del día,
poblado y distinto. Oh luz,
claridad lejana, aliento
vehemente: vuelve tus ojos
inmóviles, claros, hacia nosotros.
La mañana que pasa es oscura
sin la luz de tus ojos.

 

1950

 


 

The cats will know


Aún caerá la lluvia
sobre tus dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un aliento o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
cuando tú vuelvas.
Entre alféizares y flores
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás a solas.
Los gatos lo sabrán.
Oirás palabras antiguas,
palabras huecas, cansadas,
como trajes arrumbados
de las fiestas de ayer.

También gesticularás,
responderás palabras
—rostro de primavera,
también gesticularás.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera.
Y la lluvia ligera,
el alba color de jacinto
que rasgan el corazón
de quien más ya no espera,
son la sonrisa triste
con que sonríes a solas.
Llegarán otros días,
otras voces y despertares.
Sufriremos en el alba,
rostro de primavera.

 

1950