Rubén Bonifaz Nuño



Selección y nota introductoria
de Carlos Montemayor



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Nota introductoria

 

 

 

Como la noche de Egipto en que se comió el pan ázimo, el pan sin levadura; como si un pueblo oscuro y rumoroso en cada cuerpo nuestro, en cada vida nuestra, pisara otra vez el umbral del éxodo y lo comiera; así, como ese pan, como esa cena, es la poesía de Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, Veracruz, 1923). Pan ázimo para el hombre que envejece lentamente habitando en los recuerdos, en la casa del destierro; agazapado en el constante goteo de la conciencia, del rencor, de la soledad. Palabra sin levadura, sabia y ásperamente unida como los granos de trigo del pueblo del éxodo.

Autor, hasta ahora, de siete libros de poesía; traductor de la poesía completa de Virgilio, Catulo y Propercio (empresa que, sin contar las traducciones de Ovidio y Horacio, es acaso la más importante obra de traducción hecha por un poeta de nuestra lengua en este siglo); autor, en prosa, de dos estudios sobre Virgilio y Catulo y, especialmente, de uno de los ejemplos clásicos, perdurables, de nuestras letras: el prólogo a la poesía de Propercio, publicado por la UNAM en 1974, la levadura.

Tres caminos de acceso hay, creo, para penetrar en su poesía. El primero es el reconocimiento del combate, de la insistencia por apropiarnos de nuestra vida, a pesar del cansancio y la obsesión, bajo el vértigo en que los años parecen días consumiéndose como una fruta mordida, quieta y absorta en una mesa sin comensales. El segundo camino es el lenguaje. De esa ternura en que combate la soledad, surge durante las páginas de un libro, o durante los sucesivos libros, una pulimentada orfebrería verbal, punzante y fuerte como una sortija cuya piedra preciosa no fulgura en la superficie, sino en el interior, apresada por el metal laborioso, igual que la noche apresa a los astros o el mundo contiene la solitaria maduración de los metales, de las venas minerales. Por ello, no es un lenguaje del que solamente pueda decirse engolosinado, sino un lenguaje combativo como todo solitario lo es con sus tesoros: el hombre a solas con el recuerdo amoroso o rencoroso, y el mundo, veteado en sus costados internos por las piedras minerales y seculares. Es el tratamiento no de una modalidad del lenguaje, sino de un ser de lenguaje.

El tercer camino se apoya en los anteriores y en la purificación paulatina de conceptos y de temas, y es otro aspecto importantísimo de su obra: el conocimiento de las viejas nociones alquímicas y hebraicas. Así pues, al lenguaje de la soledad, al paso de los años, a la pujanza del guerrero en pie y ciego en el campo de batalla, pero alumbrado por las hogueras bélicas de los crepúsculos y las albas, también hay que agregar en su poesía el amor por la vieja cabala hebrea, la alquimia, la conciencia que acecha como una hierba sagrada desde las plantas de nuestros pasos, de nuestra sangre de recuerdos, de poemas, de cosas. En esto, su poesía es pionera para nuestras letras, como lo son también la de Borges, la de Jorge Cuesta o la de Lezama Lima.

La presente selección de poemas no es una secuencia cronológica; es la de un lector que recuerda y gusta de la poesía de Rubén Bonifaz Nuño en un orden acaso caprichoso, acaso temático. Comienza con la soledad que nos tiende la mano; sigue con la soledad que labora, que se transforma en el conocimiento de la muerte y el envejecimiento; continúa con el amor solitario a la mujer y a las palabras, y concluye con los poemas más limpios y nítidos, donde la luz y la sensación de los símbolos alcanzan su piedra angular, su cimiento: los poemas de La flama en el espejo, la llama de nuestra vida que se contempla a sí misma, que fulgura a solas con la verdad del fuego, ardiendo en nosotros pero también después de nosotros, como si siempre estuviera sola, mientras se le van desprendiendo nuestras cenizas.


Carlos Montemayor
1982


DESDE LA TRISTEZA que se desploma,
desde mi dolor que me cansa,
desde mi oficina, desde mi cuarto revuelto,
desde mis cobijas de hombre solo,
desde este papel, tiendo la mano.

Ya no puedo ser solamente
el que dice adiós, el que vive
de separaciones tan desnudas
que ya ni siquiera la esperanza
dejan de un regreso; el que en un libro
desviste y aprende y enseña
la misma pobreza, hoja por hoja.

Estoy escribiendo para que todos
puedan conocer mi domicilio,
por si alguno quiere contestarme.

Escribo mi carta para decirles
que esto es lo que pasa: estamos enfermos
del tiempo, del aire mismo,
de la pesadumbre que respiramos,
de la soledad que se nos impone.

Yo sólo pretendo hablar con alguien,
decir y escuchar. No es gran cosa.
Con gentes distintas en apariencia
camino, trabajo todos los días;
y no me saludo con nadie: temo.

Entiendo que no debe ser, que acaso
hay quien, sin saberlo, me necesita.
Yo lo necesito también. Ahora
lo digo en voz alta, simplemente.

Escribí al principio: tiendo la mano.
Espero que alguno lo comprenda.


Los demonios y los días,
1956

 


 

PARA LOS QUE llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados
una vez; aquellos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta,
ya mucho después de entrados todos,
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
o vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia
porque no serán consolados,
los que no tendrán, los que pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.


Los demonios y los días,
1956

 


 

ALGO SE ME ha quebrado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.

Y habla y se queja y se me tuerce
hasta la lengua del zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro
camino a la vejez; tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.

Yo no entiendo; yo quiero solamente,
y trabajo en mi oficio.
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.

Cómo, entonces,
pensar en platos venturosos,
en cucharas colmadas, en ratones
de lujosísimos departamentos,
si entonces recordamos que los platos
aúllan de nostalgia, boquiabiertos,
y despiertan secas las cucharas,
y desfallecen de hambre los ratones
en humildes cocinas.

Y conste que no hablo
en símbolos; hablo llanamente
de meras cosas del espíritu.

Qué insufribles, a veces, las virtudes
de la buena memoria; yo me acuerdo
hasta dormido, y aunque jure y grite
que no quiero acordarme.

De andar buscando llego.
Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
y pienso en esta vida que no es bella
ni mucho menos, como dicen
los que viven dichosos. Yo no entiendo.

Escribo amargo y fácil,
y en el día resollante y monótono
de no tener cabeza sobre el traje,
ni traje que no apriete,
ni mujer en que caerse muerto.


Fuego de pobres,
1961

 


 

YO MIRO ESTO que pesa inmensamente,
que sube a fuerza contra el peso
de la noche geográfica.
Esta mole sonámbula y regida;
materia convocada y dócil
de banquetas y lámparas y muros.

Densa expresión conmovedora
de miedos primordiales; artificio
que por decreto de los hombres
establece las cosas, y las deja
servibles ya, sumisas, protectoras.
Sitio de piedras y madera, jerarquía
de materiales ordenados
que asila, como un barco entre la lluvia,
su cargamento de dormidos.

Esto que vive, esto que pesa, miro.
Yo miro la ciudad a media noche
como un taller en huelga.

Siento pasar, soporto,
mientras del sueño emergen los enfermos
a rebuscar entre la fiebre
los signos remotísimos del día.

Mientras la misma fiebre los aparta
del grito de los gallos, del repique
a la vez desolador y alegre
con que madrugan las iglesias,
del testimonio de la dicha terrestre
que da un rumor de pasos
transitando al pie de la ventana.

Es el instante inerte
en el que aquellos que no sufren
de enfermedad, se ponen por instinto
la noche en el costado, y vuelven cómodos
el pliegue de la pierna y el sudor de la espalda.

La hora en que los hombres
de vegetal manera giran:
sólo varados leños aguardando
la marea del alba.

Y hay un temblor de viento;
hay un latir de perros repetido
encendiéndose lejos, y llenándome
de un algo sin socorro.

Yo miro en esta hora,
y sé que alguien vigila este silencio.
Alguien que no conozco.


Fuego de pobres,
1961

 


 

¿CUÁL ES LA mujer que recordamos
al mirar los pechos de la vecina
de camión; a quién espera el hueco
lugar que está al lado nuestro, en el cine?
¿A quién pertenece el oído
que oirá la palabra más escondida
que somos, de quién es la cabeza
que a nuestro costado nace entre sueños?

Hay veces que ya no puedo con tanta
tristeza, y entonces te recuerdo.
Pero no eres tú. Nacieron cansados
nuestro largo amor y nuestros breves
amores; los cuatro besos y las cuatro
citas que tuvimos. Estamos tristes.
Juntos inventamos un concierto
para desventura y orquesta, y fuimos
a escucharlo serios, solemnes,
y nada entendimos. Estamos solos.

Tú nunca sabrás, estoy cierto,
que escribí estos versos para ti sola;
pero en ti pensé al hacerlos. Son tuyos.

Ustedes perdonen. Por un momento
olvidé con quién estaba hablando.
Y no sentí el golpe de mi ventana
al cerrarse. Estaba en otra parte.


Los demonios y los días,
1956

 


 

QUÉ FÁCIL SERÍA para esta mosca,
con cinco centímetros de vuelo
razonable, hallar la salida.

Pude percibirla hace tiempo,
cuando me distrajo el zumbido
de su vuelo torpe.
Desde aquel momento la miro,
y no hace otra cosa que achatarse
los ojos, con todo su peso,
contra el vidrio duro que no comprende.
En vano le abrí la ventana
y traté de guiarla con la mano:
no lo sabe, sigue combatiendo
contra el aire inmóvil, intraspasable.

Casi con placer, he sentido
que me voy muriendo; que mis asuntos
no marchan muy bien, pero marchan;
y que al fin y al cabo han de olvidarse.

Pero luego quise salir de todo,
salirme de todo, ver, conocerme,
y nada he podido; y he puesto
la frente en el vidrio de mi ventana.


Los demonios y los días,
1956

 


 

ESTA NOCHE DE trenes,
de poblaciones emigrando,
de corporales sueños, de violadas
respiraciones en la arena
movediza del viaje, lo recuerdo.

(Fue, tal vez, necesario el incipiente
amor; callar a solas con extraños,
y las cosas más tiernas,
mientras la boca se endurece
y una crecida barba, de cadáver
reciente, me prolonga.)

Y sin embargo, cuántas veces
te habrán reconocido; por los ojos,
o por la ausencia que dejaste;
por el cabello sobre el hombro, al irte,
y el andar que descubre lo que eras.

Pues sé que nos pusieron,
al nacer, otro nombre, y un camino
que recorrer, y un tren para el camino.

Un tren sonámbulo que huye,
en dirección opuesta, irreversible,
de los que cruzan ya perdidos;
por un saludo heridos ya de muerte,
marcados para siempre, señalados;
buscadores de un signo en la mazorca
muchedumbre de rostros.

Y todo esto sin falta, aconteciendo;
todo pasando,
todo viniendo y alcanzando y yéndose.

Amiga, no me olvides; no me olvides,
amigo; no te pierdas, espérame.

Como a la máscara del baile,
vengo de lejos a ocupar mi cara;
por detrás y en silencio, a mis balcones
lacrimales, al sabor de mi boca,
al olor de las cosas que esperabas.

Estoy sin tierra firme; estoy saliendo,
a donde quiero, de estas últimas
lentas horas de viaje que termina;

sombra larguísima, pantano
de silbatos, de ruedas que repiten
su palabra distinta a cada uno;
estaciones mendigas, como fechas
alumbradas apenas, donde duele
lo que se aprende dormitando.

No me olvides, espérame.

Yo, el de las cartas sin destino;
el de palabras no creídas,
el que siembra en lo oscuro, te lo pido.


Fuego de pobres,
1961

 


 

UNA LLAMARADA DE moscas verdes
ha nacido encima de la tierra,
encima del agua que bebemos,
ha poblado el aire que respiramos.

Se quiere que el hombre ya no viva
de pan, se le cerca siempre
de ruidos iguales, de cosas hechas,
se quitan los nombres propios,
se dan emociones preconstruidas
a quienes pretenden emocionarse,
cuando el dolor se defiende,
cuando la fatiga estalla, se pone
aceite de máquina en las junturas
de los pensamientos y las entrañas.

¿En dónde ha quedado la tristeza?
¿En dónde, el amor? ¿Cómo es posible
que se niegue tanto, que se soporte
que se niegue tanto? ¿Dónde han quedado
la violencia, el alma, la sangre?

Si está la verdad en lo que digo
las cosas que digo serán buenas.
Que los que se sienten desesperados
conozcan que estoy pensando con ellos.

Hay moscas por todas partes, hay hombres
en los que morimos sin sentirlo;
entre las costillas de todos
hay un corazón que nos pertenece,
que sangra en nosotros. Está doliendo.


Los demonios y los días,
1956

 


 

¿Y HEMOS DE llorar porque algún día
sufriremos? Sobre los amantes
da vueltas el sol, y con sus brazos.
Amigos míos de un instante
que ya pasó, regocijémonos
entre risas y guirnaldas muertas.

Aquí las águilas, los tigres,
el corazón prestado; en préstamo
dados el gozo y la amargura;
la muerte, acaso para siempre,
por hacerte vivir; por alegrarte
tengo, entre huesos, triste el alma.

¿Y habremos de sufrir, entonces,
sólo porque un día lloraremos?
Giran los amantes libertados
con la noche en torno. Entre guirnaldas
de un instante, amigos, mientras dura
lo que tuvimos, alegrémonos.


El ala del tigre,
1969

 


 

CANSADOS DE ESPERAR erguimos,
en mástiles de viaje, un vuelo
de exploración. Remordimientos
dejamos, y flores carcomidas.
Y encendidos en las fibras claras
de la respiración, partimos.

¿Por amor de qué amor preguntas?
¿Por qué te dueles, alma mía?
Mira: vuelven ahora y giran
los verdes huesos de la noche,
y aova la tristeza, y colma
la muerte sus moscas en delirio.

En muelles de vencidas flores,
para largos viajes respiramos.
Como los árboles, partimos
en años de raíces. Lejos,
las islas del alba sepultadas.
Y cansados de esperar, nacemos.


El ala del tigre,
1969

 


 

SEMILLA DEL PLACER, la muerte
mira, agazapada, en el instante
donde apaga su lengua roja
algún dolor que fuimos. Risa
de saber que en algo nos morimos,
que algo para siempre nos perdona.

De escombros nuestros, se encordera
el camino de la noche en andas
que para morirnos escogemos.
Y se vuelve alegre la ceniza
de envejecer, y las arrugas
el ramaje son de un tronco alegre.

Se va cayendo la sufriente
armazón del temor; inmunes,
cada vez más muertos, aprendemos;
vencida de la edad, el alma
aviva el seso y se complace
del cuerpo difunto en que recuerda.


El ala del tigre, 1969

 

 


 

EL COMIENZO DEL alma, su crecida
como la cólera enramada.

La cólera creciendo en sucesivos
collares, desde el centro
que, en lo callado, enjoya la caída
de un ojo púrpura despierto.

O, con los párpados cosidos
por agujas de humo, la rabiosa
cabeza degollada: el odre
velludo de culebras hacia dentro,
de bífidos rumores revestido
por dentro, de insidiosos
nudos de escamas erizado.

Y el alba nueva, mancillada
por enjuagar los dientes de las huellas
de nocturnos encuentros.

Aquí se pacta en vano;
es el lugar de las alianzas
nulas, de las contiendas, de la efímera
unión y la condena anticipada.

Y sin embargo existen, fuera,
la ciudad y los vasos
comunicantes de la dicha,
el árbol hembra inerme, resguardado
por puertas no seguras; la secreta
cofradía de casas familiares;
ternura líquida y solemne
de las palabras puras labio a labio.

Serpientes salen de la boca,
frutas amargas. Fue mentido,
también, el despertar; era dormirse
en plena calle, hablando, a media vida
y en peligro de muerte.

Y sin embargo, el canto; fuegos
de zarza vibra su materia
ya de carne en común, de huesos
en común entregados. Pan de pobres.
Fuego de pobres para ser comido.


Fuego de pobres,
1961

 


 

PORQUE YO ESTUVE solo
quiero pensar que tú estuviste sola.
Que no te fuiste, que dormías.
Que me dejaste sin dejarme,
y me necesitabas
para poder estar contenta.

De cualquier modo, he recobrado
mi lugar en el mundo: regresaste,
te volviste accesible.

Me devuelves el tiempo,
el dolor, los caminos, la alegría,
la voz, el cuerpo, el alma,
y la vida y la muerte, y lo que vive
más allá de la muerte.

Me lo devuelves todo
encarcelado en la apariencia
de una mujer, tú misma, a la que amo.

Volviste poco a poco, despertaste,
y no te sorprendiste
de encontrarme contigo.

Y casi pude ver el último
peldaño del secreto que subías
al dormir, pues abriste
—muy despacio, muy plácidos— tus ojos
adentro de mis ojos que velaban.


El manto y la corona,
1958

 


 

TÚ, LA QUE me mira y la que miro.
Mis dos hermanas: la sedienta
dentro de ti, como un aliento
líquido de fuentes; la colmada
como claros cauces para el curso
de amargos sueños transitivos.

Tú, la dos veces tuya, amante
de tu amor. Criatura concebida
por la sed y el vino que desposan
los labios de la copa de oro.
Bebida de tu sed tú misma;
tú misma, la sed con que te bebes.

Cauce de fuentes y bebida
de tu sed colmada; única y doble.
La contemplada que me observa.
Y te busco y te encuentro, junta
como gavillas. Tú y tú misma.
Y al saberlo ya no sé cuál eras.


El ala del tigre,
1969

 


 

CUANDO DUERMO —LEJOS—, cuando la carne
no es más que una costra débil de niebla
sobre los endebles huesos,
y atrás de los dientes enmudece
contra el paladar la lengua, temblando;

cuando todo es blando y sin forma, espeso
—tal como si el sueño viniera
por los secretísimos caminos
que ha de recorrer la muerte algún día—,
siento que me llamas, y en tu boca
llega la canción que cantaste a oscuras
una vez, delante de mí.

Cantabas.

Y yo que te escucho paso en silencio.
Lloro encadenado al sueño triste
como al pie del mástil solodeun barco.


Imágenes,
1953

 


 

Eurídice (II)

 

Y como gavillas, el cabello
brillaba de nuevo limpio, entre manchas
de materia triste y en desamparo.

Y ligeras flores de carne muerta
resbalaban lentamente, caían
con su derrotada podredumbre.

Y se restiraba la piel, brillando
sobre tiernos músculos y grasas
y bellos recintos de sangre nueva.

Y sobre la tierra humedecida
flotó como niebla mansa o silencio
un calmado olor de mujer desnuda.

Y de innumerables aguas, de sombras
infinitamente desoladas,
volvieron a ella sus dulces años:

la savia delgada y verde, la lumbre
de sus primaveras y sus otoños.

Y se levantó soñando, y temblaba,
y fue por segunda vez a la muerte.


Imágenes,
1953

 


 

El alba


[El alba cruel del moribundo esperas]

 

[Como un sediento que ha bebido]

 

[Abre sus hojas de oro la paloma]

 

[Crece la torre nueva en el naufragio]

 

 


EL ALBA CRUEL del moribundo esperas,
mi corazón; y los sentidos —alma—
por cinco llagas multiplican
tu llamado carnívoro. Emboscándose,
en moradas rejas amarillo,
tiende en la extrema noche el tigre
sus tensos enjambres al acecho.

 
***

COMO UN SEDIENTO que ha bebido,
como un dios despertando y que te mira,
alza la cabeza coronada
la serpiente del bien. Ahora,
de mi boca a tu pecho, el santo y seña
de una palabra triste; ahora un pueblo
de reyes vencidos te enternece.



***

ABRE SUS HOJAS de oro la paloma
desde el leño oscuro; deja al aire
el querubín sus plumas rojas; brilla
la frente de un león entre dos puertas
gemelas, alas del incendio
del águila crujiente, y amanece
la noche mía donde naces.

 
Siete de espadas, 1966



CRECE LA TORRE nueva en el naufragio
del muro combatido;
del alveolo de la sal, el rumbo
celeste de la espiga, el transparente
olor de la manzana, y surgen
el olivo y su perla amarillenta
y los suntuosos pórticos del vino.

Canto que no aprendí, silencio
en que instituye el canto las raíces.
Y establecida sobre el alma, sube
la lengua: cera y pabilo
bajo voraz corona encandecida.

Ámbito de la casa es, y casa del traje,
y traje para el cuerpo,
y cuerpo de la voz.
Esfuerzo mío,
tribu de sílabas concordes,
ábreme campo afuera. Tú, que puedes,
introdúceme al coro; así, al oficio
de fundar la ciudad sobre cenizas
de vencidas ciudades. Buen oficio.

Derrame el canto sus caminos
como una primavera de cimientos.

Cirio sonoro, fundación, arroyo
de abejas parcas, arribando
al seno acelerado de la llama.

No solamente mínimo
brasero, engarce de la ofrenda
en aroma desnudo que desgarra
sus ropajes de humo;

Sí manantial de macizas paredes,
de azules templos para bordadoras
calladas, de albañiles coronados,
de dulces padres carpinteros,
de manos como príncipes que rijan
el sabor unitivo de la espada.

Oh, si me fuera dado el alegrarme
con mi fuerza de hombre, si mi orgullo
(¿a quién volver los ojos?),
como el amor, clarísimo al mirarte,
para siempre naciera,
y en torno, y habitada y ofrecida,
la ciudad y la gente suscitada
por el orden del canto.
En esta hora
y mientras en la plaza, el más valiente
cumple el parto viril de la futura
gloria de su bandera. Golpe
de sol, racimo grave de linajes.

Y estar herido y pobre, y estar vivo
y vencedor, y redimido,
y para siempre ya desenterrado.


Fuego de pobres,
1961

 


 

Desde su nudo

 

Desde su nudo

[Piensa para sí misma ilustre]

[En el núcleo de la Rosa Múltiple]

[Hay un asombro de silencio]

 

 


DESDE SU NUDO a ciegas, desde
su ramazón violeta, suena
encogida en su hervor la sola
fuente del conjuro que te llama.

Tú, palabra antigua, bajo el lirio
del vientre de la noche sabes
lo que no soy; desde lejanos
nombres como ciudades, vienes;
como pueblos de alas retenidas
vienes; como bocas no saciadas.

Mañana espacial entre despojos
nupciales; lecho reviviente
del amor de ramas libertadas
sobre la herrumbre de otras hojas;
juicio universal de cada instante.

Del tiempo matinal emerges
con terrestre peso de estaciones
al sol; en mi cuerpo te alimentas;
orden de vida restableces
en mi corazón desengranado.


La flama en el espejo,
1971
 

PIENSA PARA SÍ misma, ilustre
llevadora del cetro, y hiere
la roca oscura, y de la roca
surge ella misma: el agua viva;
la fuente del fuego de agua viva.

Fuente de la unión, la sal celeste
de la tierra, el santo matrimonio
de la luna y el sol, consuma
en el interior brotante y claro.

Y de su concordia nutre y cría
el amor. Don de Dios. Silencio
y libre música del júbilo
y el amor, desde sus ojos, pone
la flor de la gracia en cuanto mira.

Buscándola, gira en torno suyo
lo inconcluso y opaco; en ella
busca el agua su sed; su lumbre,
la oscuridad; su pan, la espiga.

Y en su corazón halla raíces
la gran primavera que se inicia
—pacificadora—, y en su nombre
rejuvenece la palmera
y da fruto, y danza renovada.
Quintaesencia del oro, ardiente
semilla del poder del vuelo.

Para juntar, divide; ablanda
para libertar, y purifica.
Ciencia recóndita del fuego,
concierta la fuerza azul del águila
y del tigre lo sediento y rojo,
y enciende y concilia las columnas
que rigen la puerta, y abre el libro,
y el velo levanta, y quita el sello.

Y con la humildad, a cuanto mira
—glorioso el que la vio primero—
en el agua del fuego alumbra
y por el bautismo resucita.


La flama en el espejo,
1971

 

 


EN EL NÚCLEO DE de la rosa múltiple
nació el sol, y se leyó su nombre.

Incendio que progresa en círculos
de salvación, vuelve profunda
la mirada nueva que la mira
para poderla amar; amándola,
a la sola plenitud abrirse
del santo reino de la gracia.

¿Soy alguien yo?, te preguntabas
dentro de lo oscuro, en el silencio
anterior a la palabra oculta;
te interrogabas, alma mía.

Y alzó los brazos blancos, y arde
entre sus manos la gloriosa
lámpara, la estrella de seis vértices
de equilátera flama. Y baja
por el camino de sus brazos
la concordia de la luz lloviendo.

Concha que recoge los misterios
del agua bautismal, sapiente
don de la paz y la abundancia;
templo viviente en que se unen
el venero oculto y la infalible
salida al mar feliz y cierto.

Y su pensamiento se concierta
con la causa sin causa.
Y ríe,
y su risa lava la mañana
de su corazón. Mira hacia arriba
desde la mañana, o van sus ojos
descendiendo por nocturna falda,
y con luz no prestada guían
lo que va subiendo de la noche.

No estabas muerta, mas dormías;
escondida estabas; como en sueños
te estirabas, alma, preguntando.

Y en todas sus partes la belleza
desviste la luz manifestada,
y fuerza a los ojos da, y sostienen
su sonrisa los ojos; pueden
ver el pleno fulgor; sustancia
de la vida esperada; signo
de lo que —no visible— salva.

Y eras parte del orden suyo,
de la majestad benigna donde,
mi alma, por fin te reconoces.


La flama en el espejo,
1971
 
 

HAY UN ASOMBRO de silencio
cuando su espíritu derrama
sobre las cosas, y hace leve
la gravísima piedra, y toca
y anima lo oscuro, y transubstancia
como en la mesa de la cena.

Y tú le preguntas, alma mía,
y ansiosa buscas, y en sus ojos
amor es la única respuesta.

Ciudad del sol, lumbre sin humo
de la verdad sobre su pecho;
núcleo vibrante que concierta
la luz y la música en el gozo.

Y camina inmóvil, y su cuello
es la columna en cuyo torno
—collares tan sólo de su cuello—
se ordenan las celestes lumbres
y rítmicamente resplandecen.

Adorno a su cabeza, el oro
radiante del alba sin orillas.

Misterio y clave del misterio,
se difunde en ráfagas tan claras
que deslumbra y ciega y te despierta.
Y tú, mi alma, le preguntas.

Perla blanca, oriente que derrama,
de su centro mismo, el nacimiento
del iris de la alianza eterna;
principio del fuego, rosa abierta
en las tinieblas del santuario.

Y es amor la respuesta sola,
y no hay amor —alma, lo sabes—
como el amor que se le debe.

Protegida por el escudo
transparente del bien, preserva
y anima la paz de los caminos;
lumbre sin humo que en su centro
—sin consumirse— se alimenta.

Y buscas, mí alma, y una flama
de su caridad en ti se apoya,
y te guarda indemne y te contagia.


La flama en el espejo,
1971