Nota introductoria

 

 

 

Como la noche de Egipto en que se comió el pan ázimo, el pan sin levadura; como si un pueblo oscuro y rumoroso en cada cuerpo nuestro, en cada vida nuestra, pisara otra vez el umbral del éxodo y lo comiera; así, como ese pan, como esa cena, es la poesía de Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, Veracruz, 1923). Pan ázimo para el hombre que envejece lentamente habitando en los recuerdos, en la casa del destierro; agazapado en el constante goteo de la conciencia, del rencor, de la soledad. Palabra sin levadura, sabia y ásperamente unida como los granos de trigo del pueblo del éxodo.

Autor, hasta ahora, de siete libros de poesía; traductor de la poesía completa de Virgilio, Catulo y Propercio (empresa que, sin contar las traducciones de Ovidio y Horacio, es acaso la más importante obra de traducción hecha por un poeta de nuestra lengua en este siglo); autor, en prosa, de dos estudios sobre Virgilio y Catulo y, especialmente, de uno de los ejemplos clásicos, perdurables, de nuestras letras: el prólogo a la poesía de Propercio, publicado por la UNAM en 1974, la levadura.

Tres caminos de acceso hay, creo, para penetrar en su poesía. El primero es el reconocimiento del combate, de la insistencia por apropiarnos de nuestra vida, a pesar del cansancio y la obsesión, bajo el vértigo en que los años parecen días consumiéndose como una fruta mordida, quieta y absorta en una mesa sin comensales. El segundo camino es el lenguaje. De esa ternura en que combate la soledad, surge durante las páginas de un libro, o durante los sucesivos libros, una pulimentada orfebrería verbal, punzante y fuerte como una sortija cuya piedra preciosa no fulgura en la superficie, sino en el interior, apresada por el metal laborioso, igual que la noche apresa a los astros o el mundo contiene la solitaria maduración de los metales, de las venas minerales. Por ello, no es un lenguaje del que solamente pueda decirse engolosinado, sino un lenguaje combativo como todo solitario lo es con sus tesoros: el hombre a solas con el recuerdo amoroso o rencoroso, y el mundo, veteado en sus costados internos por las piedras minerales y seculares. Es el tratamiento no de una modalidad del lenguaje, sino de un ser de lenguaje.

El tercer camino se apoya en los anteriores y en la purificación paulatina de conceptos y de temas, y es otro aspecto importantísimo de su obra: el conocimiento de las viejas nociones alquímicas y hebraicas. Así pues, al lenguaje de la soledad, al paso de los años, a la pujanza del guerrero en pie y ciego en el campo de batalla, pero alumbrado por las hogueras bélicas de los crepúsculos y las albas, también hay que agregar en su poesía el amor por la vieja cabala hebrea, la alquimia, la conciencia que acecha como una hierba sagrada desde las plantas de nuestros pasos, de nuestra sangre de recuerdos, de poemas, de cosas. En esto, su poesía es pionera para nuestras letras, como lo son también la de Borges, la de Jorge Cuesta o la de Lezama Lima.

La presente selección de poemas no es una secuencia cronológica; es la de un lector que recuerda y gusta de la poesía de Rubén Bonifaz Nuño en un orden acaso caprichoso, acaso temático. Comienza con la soledad que nos tiende la mano; sigue con la soledad que labora, que se transforma en el conocimiento de la muerte y el envejecimiento; continúa con el amor solitario a la mujer y a las palabras, y concluye con los poemas más limpios y nítidos, donde la luz y la sensación de los símbolos alcanzan su piedra angular, su cimiento: los poemas de La flama en el espejo, la llama de nuestra vida que se contempla a sí misma, que fulgura a solas con la verdad del fuego, ardiendo en nosotros pero también después de nosotros, como si siempre estuviera sola, mientras se le van desprendiendo nuestras cenizas.


Carlos Montemayor
1982