Desde su nudo

 

Desde su nudo

[Piensa para sí misma ilustre]

[En el núcleo de la Rosa Múltiple]

[Hay un asombro de silencio]

 

 


DESDE SU NUDO a ciegas, desde
su ramazón violeta, suena
encogida en su hervor la sola
fuente del conjuro que te llama.

Tú, palabra antigua, bajo el lirio
del vientre de la noche sabes
lo que no soy; desde lejanos
nombres como ciudades, vienes;
como pueblos de alas retenidas
vienes; como bocas no saciadas.

Mañana espacial entre despojos
nupciales; lecho reviviente
del amor de ramas libertadas
sobre la herrumbre de otras hojas;
juicio universal de cada instante.

Del tiempo matinal emerges
con terrestre peso de estaciones
al sol; en mi cuerpo te alimentas;
orden de vida restableces
en mi corazón desengranado.


La flama en el espejo,
1971
 

PIENSA PARA SÍ misma, ilustre
llevadora del cetro, y hiere
la roca oscura, y de la roca
surge ella misma: el agua viva;
la fuente del fuego de agua viva.

Fuente de la unión, la sal celeste
de la tierra, el santo matrimonio
de la luna y el sol, consuma
en el interior brotante y claro.

Y de su concordia nutre y cría
el amor. Don de Dios. Silencio
y libre música del júbilo
y el amor, desde sus ojos, pone
la flor de la gracia en cuanto mira.

Buscándola, gira en torno suyo
lo inconcluso y opaco; en ella
busca el agua su sed; su lumbre,
la oscuridad; su pan, la espiga.

Y en su corazón halla raíces
la gran primavera que se inicia
—pacificadora—, y en su nombre
rejuvenece la palmera
y da fruto, y danza renovada.
Quintaesencia del oro, ardiente
semilla del poder del vuelo.

Para juntar, divide; ablanda
para libertar, y purifica.
Ciencia recóndita del fuego,
concierta la fuerza azul del águila
y del tigre lo sediento y rojo,
y enciende y concilia las columnas
que rigen la puerta, y abre el libro,
y el velo levanta, y quita el sello.

Y con la humildad, a cuanto mira
—glorioso el que la vio primero—
en el agua del fuego alumbra
y por el bautismo resucita.


La flama en el espejo,
1971

 

 


EN EL NÚCLEO DE de la rosa múltiple
nació el sol, y se leyó su nombre.

Incendio que progresa en círculos
de salvación, vuelve profunda
la mirada nueva que la mira
para poderla amar; amándola,
a la sola plenitud abrirse
del santo reino de la gracia.

¿Soy alguien yo?, te preguntabas
dentro de lo oscuro, en el silencio
anterior a la palabra oculta;
te interrogabas, alma mía.

Y alzó los brazos blancos, y arde
entre sus manos la gloriosa
lámpara, la estrella de seis vértices
de equilátera flama. Y baja
por el camino de sus brazos
la concordia de la luz lloviendo.

Concha que recoge los misterios
del agua bautismal, sapiente
don de la paz y la abundancia;
templo viviente en que se unen
el venero oculto y la infalible
salida al mar feliz y cierto.

Y su pensamiento se concierta
con la causa sin causa.
Y ríe,
y su risa lava la mañana
de su corazón. Mira hacia arriba
desde la mañana, o van sus ojos
descendiendo por nocturna falda,
y con luz no prestada guían
lo que va subiendo de la noche.

No estabas muerta, mas dormías;
escondida estabas; como en sueños
te estirabas, alma, preguntando.

Y en todas sus partes la belleza
desviste la luz manifestada,
y fuerza a los ojos da, y sostienen
su sonrisa los ojos; pueden
ver el pleno fulgor; sustancia
de la vida esperada; signo
de lo que —no visible— salva.

Y eras parte del orden suyo,
de la majestad benigna donde,
mi alma, por fin te reconoces.


La flama en el espejo,
1971
 
 

HAY UN ASOMBRO de silencio
cuando su espíritu derrama
sobre las cosas, y hace leve
la gravísima piedra, y toca
y anima lo oscuro, y transubstancia
como en la mesa de la cena.

Y tú le preguntas, alma mía,
y ansiosa buscas, y en sus ojos
amor es la única respuesta.

Ciudad del sol, lumbre sin humo
de la verdad sobre su pecho;
núcleo vibrante que concierta
la luz y la música en el gozo.

Y camina inmóvil, y su cuello
es la columna en cuyo torno
—collares tan sólo de su cuello—
se ordenan las celestes lumbres
y rítmicamente resplandecen.

Adorno a su cabeza, el oro
radiante del alba sin orillas.

Misterio y clave del misterio,
se difunde en ráfagas tan claras
que deslumbra y ciega y te despierta.
Y tú, mi alma, le preguntas.

Perla blanca, oriente que derrama,
de su centro mismo, el nacimiento
del iris de la alianza eterna;
principio del fuego, rosa abierta
en las tinieblas del santuario.

Y es amor la respuesta sola,
y no hay amor —alma, lo sabes—
como el amor que se le debe.

Protegida por el escudo
transparente del bien, preserva
y anima la paz de los caminos;
lumbre sin humo que en su centro
—sin consumirse— se alimenta.

Y buscas, mí alma, y una flama
de su caridad en ti se apoya,
y te guarda indemne y te contagia.


La flama en el espejo,
1971