Morada

 

    Se internaba por entre altos acantilados cuyas lisas paredes verticales penetraban mansamente en un agua dormida.
    Navegaba en silencio. Una palabra, el golpe de los remos, el ruido de una cadena en el fondo de la embarcación, retumbaban largamente e inquietaban la fresca sombra que iba espesándose a medida que penetraba en la isla.
     En el atracadero, una escalinata ascendía suavemente hasta el promontorio más alto sobre el que flotaba un amplio cielo en
desorden.
     Pero antes de llegar allí y a tiempo que subía las escaleras, fue descubriendo, a distinta altura y en orientación diferente, amplias terrazas que debieron servir antaño para reunir la asamblea de oficios o ritos de una fe ya olvidada. No las protegía techo alguno y el suelo de piedra rocosadevolvía durante la noche el calor almacenado en el día, cuando el sol daba de lleno sobre la pulida superficie.
   Eran seisterrazas en total. En la primera se detuvo a descansar y olvidó el viaje, sus incidentes y miserias.
   En la segunda olvidó la razón que lo moviera a venir y sintió en su cuerpo la mina secreta de los años.
    En la tercera recordó esa mujer alta, de grandes ojos oscuros y piel grave, que se le ofreció a cambio de un delicado teorema de afectosysacrificios.
    Sobre la cuarta rodaba el viento sin descanso y barría hasta la última huella del pasado.
   En la quinta unos lienzos tendidos a secar le dificultaron el paso. Parecían esconder algo que, al final, se disolvió en una vaga inquietud semejante a la de ciertos días de la infancia.
   En la sexta terraza creyó reconocer el lugar y cuando se percató que era el mismo sitio frecuentado años antes con el ruido de otros días, rodó por las anchas losas con los estertores de la asfixia…
   A la mañana siguiente el practicante de turno lo encontró aferrado a los barrotes de la cama, las ropas en desorden y manando aún por la boca atónita la fatigada y oscura sangre de los muertos.