El húsar

 
A Casimiro Eiger
 

I

 

    En las ciudades que conocen su nombre y el felpudo golpe de su caballo
lo llaman arcángel de los trenes,
sostenedor de escaños en los parques,
furia de los sauces.

    Rompe la niebla de su poder —la espesa bruma de su fama de hombre rabioso y rico en deseos—
   el filo de su sable comido de orín y soledad, de su sable sin brillo y humillado en los zaguanes.

   Los dorados adornos de su dolmán rojo cadmio, alegran el polvo del camino por donde transitan carretas y mulos hechizados.
    ¡Oh la gracia fresca de sus espuelas de plata que rasgan la piel centenaria del caballo
    como el pico luminoso de un buitre de sabios ademanes!
    Fina sonrisa del húsar que oculta la luna con su pardo morrión y se baña la cara en las acequias.
    Brilla su sonrisa en el agua que golpea las piedras del río,
las enormes piedras en donde lloró su madre noches de abandono.
   Basta la trama de celestes venas que se evidencia en sus manos y que cerca su profundo ombligo para llenar este canto,
para darle la gota de sabiduría que merece.
    Memoria del húsar trenzada en calurosos mediodías cuando la plaza se abandona a una invasión de sol y moscas metálicas.
    Gloria del húsar disuelta en alcoholes de interminable aroma.
     Fe en su andar cadencioso y grave,
   en el ritmo de sus poderosas piernas forradas en paño azul marino.
   Sus luchas, sus amores, sus duelos antiguos, sus inefables ojos, el golpe certero de sus enormes guantes,
    son el motivo de este poema.
    Alabemos hasta el fin de su vida la doctrina que brota de sus labios ungidos por la ciencia de fecundas maldiciones.

 


II

 

    Los rebaños con los ojos irritados por las continuas lluvias, se refugiaron en bosques de amargas hojas.
  La ciudad supo de este viaje y adivinó temerosa las consecuencias que traería un insensato designio del guardián de sus calles y plazas.
   En los prostíbulos, las caras de los santos iluminadas con humildes velas de sebo, bailaban entre un humo fétido que invadía los aposentos interiores.
    No hay fábula en esto que se narra.
  La fábula vino después con su pasión de batalla y el brillo vespertino del acero.
    “En la muerte descansaré como en el trono de un monarca milenario.”
    Esto escribió con su sable en el polvo de la plaza. Los rebaños borraron las letras con sus pezuñas, pero ya el grito circulaba por toda la ciudad.
    El mar llenó sus botas de algas y verdes fucos,
    la arena salinosa oxidó sus espuelas,
  el viento de la mañana empapó su rizada cabellera con la espuma recogida en la extensión del océano.
    Solitario,
    esperaba el paso de los años que derrumbarían su fe,
   el tiempo bárbaro en que su gloria había de comentarse en los hoteles.
    Entre la lluvia se destacaría su silueta y las brillantes hojas de los plátanos se iluminan con la hoguera que consume su historia.
   El templado parche de los tambores arroja la perla que prolonga su ruido en las cañadas y en el alto y vasto cielo de los campos.
    Todo esto —su espera en el mar, la profecía de su prestigio y el fin de su generoso destino— sucedió antes de la feria.
    Una mujer desnuda, enloqueció a los mercaderes…
   Este será el motivo de otro relato. Un relato de las Tierras Bajas.

 


III

 

    Bajo la verde y nutrida cúpula de un cafeto y sobre el húmedo piso acolchado de insectos, supo de las delicias de un amor brindado por una mujer de las Tierras Bajas.
   Una lavandera a quien amó después en amargo silencio, cuando ya había olvidado su nombre.
    Sentado en las graderías del museo, con el morrión entre las piernas, bajó hasta sus entrañas la angustia de las horas perdidas y con súbito ademán rechazó aquel recuerdo que quería conservar intacto para las horas de prueba.
    Para las difíciles horas que agotan con la espera de un tiempo que restituya el hollín de la refriega.
    Entretanto era menester custodiar la reputación de las reinas.
  Un enorme cangrejo salió de la fuente para predicar una doctrina de piedad hacia las mujeres que orinaron sobre su caparazón charolado. Nadie le prestó atención y los muchachos del pueblo lo crucificaron por la tarde en la puerta de una taberna.
    El castigo no se hizo esperar y en el remolino de miseria que barrió con todo, el húsar se confundió con el nombre de los pueblos, los árboles y las canciones que habían alabado el sacrificio.
   Difícil se hace seguir sus huellas y únicamente en algunas estaciones suburbanas se conserva indeleble su recuerdo:
    la fina piel de nutria que lo resguardaba de la escarcha en la víspera de las grandes batallas
    y el humillado golpe de sus tacones en el enlosado de viejas catedrales.
   ¡Cantemos la Corona de Hierro que oprime sus sienes y el ungüento que corre por sus caderas para siempre inmóviles!

 


IV

 

    Vino la plaga.
    Sus arreos fueron hallados en la pieza de una posada.
   Más adelante, a la orilla de una carretera, estaba el morrión comido por las hormigas.
    Después se descubrieron más rastros de sus pasos:
    Arlequines de tiza y siempreviva,
    ojos rapaces y pálida garganta.
    El mosto del centenario vino que se encharca en las bodegas.
    El poderío de su brazo y su sombra de bronce.
   El vitral que relata sus amores y rememora su última batalla, se oscurece día a día con el humo de las lámparas que alimenta un aceite maligno.
   Como el grito de una sirena que anuncia a los barcos un cardumen de peces escarlata, así el lamento de la que más lo amara,
    la que dejó su casa a cambio de dormir con su sable bajo la almohada y besar su tenso vientre de soldado.
    Como se extienden o aflojan las velas de un navío, como al amanecer despega la niebla que cobija los aeródromos, como la travesía de un hombre descalzo por entre un bosque en silencio, así se difundió la noticia de su muerte,
   el dolor de sus heridas abiertas al sol de la tarde, sin pestilencia, pero con la notoria máscara de un espontáneo desleimiento.
     Y no cabe la verdad en esto que se relata. No queda en las palabras todo el ebrio tumbo de su vida, el paso sonoro de sus mejores días que motivaron el canto, su figura ejemplar, sus pecados como valiosas monedas, sus armas eficaces y hermosas.

 


V

 

Las batallas 

 
 

    Cese ya el elogio y el recuento de sus virtudes y el canto de sus hechos. Lejana la época de su dominio, perdidos los años que pasaron sumergidos en el torbellino de su ansiosa belleza, hagamos el último intento de reconstruir sus batallas, para jamás volver a ocuparnos de él, para disolver su recuerdo como la tinta del pulpo en el vasto océano tranquilo.

1

 

   La decisión de vencer lo lleva sereno en medio de sus enemigos, que huyen como ratas al sol y antes de perderse para siempre vuelven la cabeza para admirar esa figura que se yergue en su oscuro caballo y de cuya boca salen las palabras más obscenas y antiguas.

2

 

    Huyó a la molicie de las Tierras Bajas. Hacia las hondas cañadas de agua verde, lenta con el peso de las hojas de carboneros y cámbulos —negra sustancia fermentada. Allí, tendido, se dejó crecer la barba y padeció fuertes calambres de tanto comer frutas verdes y soñar incómodos deseos.

3

 

    Un mostrador de zinc gastado y húmedo retrató su rostro ebrio y descompuesto. La revuelta cabeza de cabellos sucios de barro y sangre golpeó varias veces las desconchadas paredes de la estancia hasta descansar, por una corta noche, en el regazo de una paciente y olvidada mujerzuela.

4

    El nombre de los navíos, la humedad de las minas, el viento de los páramos, la sequedad de la madera, la sombra gris en la piedra de afilar, la tortura de los insectos aprisionados en los vagones por reparar, el hastío de las horas anteriores al mediodía cuando aún no se sabe qué sabor intenso prepara la tarde, en fin, todas las materias que lo llevaron a olvidar a los hombres, a desconfiar de las bestias y a entregarse por entero a mujeres de ademanes amorosos y piernas de anamita; todos estos elementos lo vencieron definitivamente, lo sepultaron en la gruesa marea de poderes ajenos a su estirpe maravillosa y enérgica.


De Los elementos del desastre