Uno de sus dioses


Al oscurecer, cuando cruzó
por el centro de Seleucia,
con su extraordinario porte,
el gozo de la pureza en los ojos,
y el oscuro cabello perfumado,
los pasantes lo miraron
y unos a otros se preguntaban si lo conocían,
que si era griego, sirio o extranjero.

Algunos lo observaron con atención, y comprendiendo
se apartaron de su camino;
desapareció en las arcadas,
entre las sombras y las luces de la tarde,
y se fue al barrio que vive sólo de noche
entre orgías y desenfrenos.

Se preguntaban cuál de ellos podría ser,
por cuál dudoso placer había bajado a las calles de Seleucia
desde los adorados y sacros recintos.

1917