Joaquín Pasos
Canto de guerra
de las cosas
y otros poemas



Selección
y presentación
de Julio Valle-Castillo



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Presentación

 

La persona física y moral de Joaquín Pasos ha dejado un recuerdo de blancura sonriente. Es otro de los niños mimados y enfermizos del arte occidental. Nacido en Granada, Nicaragua, el 14 de mayo de 1914, murió en Managua, el 20 de enero de 1947, cuando aún no cumplía 33 años; sin embargo, su canto alcanzó la maestría, y por eso mismo es de los poetas siempre jóvenes o actuales de América. Hizo parte de los estudios primarios en una escuela de su ciudad natal, e intercalando vacaciones adolescentes en Managua, donde data lecturas y poemas iniciales, se bachillera en el Colegio Centroamérica en 1932. Ya antes de finalizar la secundaria, en 1931, había sido presentado al público como poeta en la página, "Rincón de Vanguardia" de El Correo; perteneció, pues, al movimiento renovador de la poesía en su patria. Desde 1932 cursó la carrera de Derecho, que siempre estuvo a punto de concluir en la Universidad de Oriente y Mediodía de Granada y en la Central de Managua. Dirigió revistas y colaboró en periódicos y suplementos culturales. Salió en dos oportunidades del país, parece que una a El Salvador y otra a Costa Rica, y en varias ocasiones fue a parar a la cárcel por pequeñas deudas y posiblemente por asuntos políticos. Hacia 1945 organizó su único poemario, Breve suma, localizando, tal vez, su título en la, "Égloga III" de Garcilaso. Tradujo teatro y poesía francesa, árabe y japonesa; escribió múltiples artículos, ensayos que andan perdidos en los órganos publicitarios donde colaboró y que aguardan su compilación, y cuentos, entre ellos uno decididamente antológico, "Él ángel pobre"; dictó conferencias literarias e históricas, y compuso una pieza escénica en colaboración con José Coronel Urtecho, La Chinfonía Burguesa, farseta en un prólogo, tres actos y un epílogo, publicada por primera vez en Centro (Managua, junio-julio de 1939, año I, vol. IV, pp. 82-98).

De toda esta producción, únicamente se han divulgado o son más accesibles sus poemas: Breve suma (Managua, Nuevos Horizontes, 1947), de póstuma aparición, con prólogo de su compañero Pablo Antonio Cuadra, circuló nada más en Nicaragua. En El Salvador editaron una mínima selección, Colección Caballito de Mar, y en México, una buena cantidad, aunque no completos. Este libro está impreso con el nombre que él, según afirman, quiso muy reveladoramente bautizarlo, Poemas de un joven (México, Tezontle, 1962); tiene introducción de Ernesto Cardenal y se divide en seis partes: Poemas de un joven que no ha viajado nunca, Poemas de un joven que no ha amado nunca, Poemas de un joven que no sabe inglés, Misterio indio, Otros poemas y Canto de guerra de las cosas. En la poesía de Joaquín Pasos se advierten los influjos de las tendencias europeas de vanguardia: futurismo, creacionismo, letrismo, surrealismo, neopopularismo, etcétera; de aquí los caligramas, la temática viajera de su primera hora, las canciones "Chinfónicas" y folklóricas, sus juegos y su imaginería, hija directa de Vicente Huidrobo y de Ramón Gómez de la Serna. De este último recibe la Greguería y se la apropia, porque uno de sus elementos era esencial en Pasos: el humor, y Humorismo + Metáfora = Greguería. A pesar de ésta su condición de innovador o quizá por ella misma, fue un experto en el manejo o en el juego de metros, estrofas, rimas y recurrencias difíciles; se respaldaba en la mejor tradición de la poesía española: el Siglo de Oro, más exactamente, Góngora y Quevedo. Lúdico con la retórica. Y no obstante todo lo gracioso y toda la gracia que la asisten, esta poesía tiene los ojos angustiados de los náufragos en tierra y mar, corre por ella un irremediable sentimiento elegiaco, un agua de tristeza y ésta emana de la certidumbre de que la muerte se le iba haciendo cada vez más real en su vida y obra, en su mundo. "Fíjate —dijo en una ocasión Joaquín Pasos a Pablo Antonio Cuadra— cómo mis poemas van entrando a la muerte. Estoy asustado." Y en efecto, su poesía desembocó plenamente en la "mar que es el morir" al final de su existencia; los ciclos biológicos de Joaquín Pasos son asimismo los poéticos y con esto no queremos decir que sea un poeta autobiográfico. De tal manera que poco antes de fallecer, produjo el Canto de guerra de las cosas, que habría que fechar en Managua entre 1943 y 1944. Texto perfectamente planeado, urdido, pasó por varias versiones antes de llegar a la definitiva, o más bien, a la conocida, o sea, la que aparece en Breve suma (1947). Prueba de ello es que tanto Luis Alberto Cabrales como Jorge Eduardo Arellano han divulgado dos fragmentos que el poeta eliminó y que nosotros reproduciremos ahora luego del "Canto"; pero falta todavía cotejar el original, que obra en el archivo de Enrique Fernández Morales, en Granada, Nicaragua, con las reproducciones hechas, para establecer un texto fiel a la voluntad de su autor, o comprobar si en realidad la versión divulgada en 211 versos es la idónea. Por hoy sólo lo ofreceremos según la distribución tipográfica de Breve suma.

Para ilustrar algo más la lucidez con que fue elaborado el "Canto", léase esta explicación que previa a su lectura le hizo Joaquín Pasos a Pablo Antonio Cuadra y que éste transcribió en su ya mencionado prólogo a Breve suma: "Se trata en principio —dijo— de la cosa gastada, la cosa baldía. The waste thing como diría T.S. Eliot. Esa cosa, pero en rebelión. El dolor humano producido por el quejido de las cosas... Luego se rió (siempre se reía antes y después de un poema), y agregó: tiene la técnica admonitiva y la estructura de un sermón. Este poema está calcado en las reglas clásicas de la oratoria sagrada. Lo curioso es que esa misma contextura ha dado a sus pausas los variados paréntesis del sacerdote en el pulpito: para arreglar la estola, para enjugarse con el pañuelo, para sobarse las manos... etcétera." A partir de esta cita se nos ha ocurrido hacer y/o proponer una lectura del "Canto" que, quizá, responda a los propósitos del poeta y nos desnude esa estructura, las partes del sermón. La lectura deberá hacerse así. Primero: no hay que leerlo. Hay que oírlo, es decir, leerlo en voz alta. Poema declamable. Segundo: esta voz alta tiene que convertirse en un personaje, que será necesariamente un fraile predicador, una especie de hermano Ricardo, Antonio Fradin u Olivier Maillard. Y tercero: este fraile (voz y/o personaje) será colocado en un pulpito. El pulpito estará así en el otro mundo, respaldado por la Danza de la Inmortalidad. De .este modo y antes de escuchar el "Canto", nos enteraremos de otro milagro de la poesía: he aquí un poema póstumo, o sea, redactado en la muerte y por un vivo; datado en el otro mundo. Y esto lo pudo hacer Joaquín Pasos porque, no obstante de permanecer aún entre los vivos, ya la muerte lo andaba rondando, ocupando, había invadido su persona y su lengua. "Canto" posmortem.

Ahora dispongámonos a escuchar el sermón: como todo orador sagrado, el poeta suelta un extenso epígrafe en latín. Epístola de San Pablo a los romanos (Cap. 8, vers. 18-23), ya para captar la atención del auditorio, ya para glosar o explayar los versículos bíblicos. Acto seguido se desata la reprimenda, la amonestación airada, y a veces, tierna, contra el género humano que se ha empeñado en la destrucción y el desamor; que hizo de la tierra no el reino de Dios, sino el reino de la guerra. (Y es que si recordamos las fechas de nacimiento y muerte de Joaquín Pasos (1914-1947), nos daremos cuenta de inmediato que nació, creció y expiró en medio de las guerras y posguerras mundiales. Parece que su recuerdo, su "olor de recuerdo" que conservaba del mundo era de fuego: llamas y pólvora. "Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos", dice desencantada y vagamente en el último verso del "Canto").

Poco a poco la voz, al ir tomando cuerpo, opaca al predicador. El cuerpo o la voz le cumple al código de la oratoria. Los primeros versos saben, suenan a preámbulo, a Exordio que prepara al auditorio o feligresía, al alertarla, al ponerla en sobreaviso de que está acabando con todo y que se están exterminando todos:

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.

Después viene una suerte de Proposición o planteamiento del tema, del motivo: se hablará contra los afanes bélicos del hombre; se hablará contra, desde y sobre la destrucción. Luego surge la Confirmación, aquí se sacará a la destrucción misma a que tome la palabra. Habla la destrucción. Se confirma desde su ser. "Sin lástimas, sin subterfugios, sin versos", se nos planta al frente, "el dolor verdadero". El "dolor parado en "seco" ante nosotros. La destrucción hecha carne, cosa, objeto que se presenta también destruido, pero que gracias al verbo puede hablar, dirigirse a nosotros. La voz y/o el "Canto" se nos muestra entonces flagelado por un relámpago negro y por otro blanco; iluminado súbitamente por las explosiones, con los huesos desarticulados y la lengua salida; pero esa voz encierra también unas ganas cristianas de mantenerse unida, conciliada y reconciliada. (Véase cómo los vocablos y los versos transpiran ese espíritu: las enumeraciones del poema que son muchas, jamás son caóticas, porque siempre buscan, procuran el vínculo, la armonía.) Cuando el predicador llega al epílogo o Peroración, cuyas intensiones son las de conmover y convencer al oyente, feligrés o lector, disuadirlo de sus cuidados, ya estamos conmovidos y convencidos del horror. Y vaya si no conmueve y convence oír hablar a un difunto de la muerte, de la destrucción, del dolor, del vacío, y oír además hablar al dolor como dolor y con dolor, al quejido como quejido y con quejido y al vacío como vacío. Pero al final de este desolado, tenebroso y aterrador paisaje se respira un poco: allá en el horizonte se asoma coronando la Esperanza. Era toda la muerte que precede a un parto, a la nueva vida.

El Canto de guerra de las cosas es la cabal expresión, y con cuánta temperatura y desgarramiento, de las angustias existenciales de Joaquín Pasos: la lucha contra ese cómplice de la muerte que es el tiempo; la conciencia de su acabamiento biológico, acrecentada por las guerras mundiales: el hombre y el mundo decididos a su destrucción, a su desintegración, cultivando su muerte: "un inmenso jardín de muertes" que "florecerá muertes y más muertes". Y todo esto está dicho con excelencia: las recurrencias de Pasos llegan aquí también a su clímax, a su culminación, a su realización: la enumeración que no desintegra y que hasta configura; el verso libre fluido, ancho de música, que muy libremente se une con un elemento tradicional que es la rima asonante; la imaginería suelta en su imaginación y limpia y firme en su plasticidad. No es gratuito que Mario Benedetti afirme que el Canto de guerra de las cosas es "uno de los más hondos y auténticos poemas creados en América Latina [que] podría soportar sin menoscabo el riesgoso cotejo con Sermón sobre la muerte de César Vallejo, Alturas de Machu Picchu de Pablo Neruda o Soliloquio del individuo de Nicanor Parra". Sin embargo, y aunque pudiéramos pecar de exagerados, ninguna de las piezas citadas por Benedetti supera en intensidad y desgarramiento, calado y calidad artística al "Canto". Texto de alta calidad en su ejecutoria verbal y de profunda palpitación visceral. Autor que alcanzó dominio y señorío en su instrumental expresivo. Poema que es muchos poemas, plural y unitario. Poema síntesis. Inventario de motivos y técnicas de Pasos, pero en sumo grado.

 

 

Julio Valle-Castillo

 

México, D. F., 21 de febrero de 1978

Canto de guerra de las cosas

 

Fratres: Existimpenim quod non sunt codignac passiones hujus temporis ad futuram gloriam, quae revelabitur is nobis. Nam exspectatio creaturae revelationem filiorum Dei exspectat. Vanitati enim creatura subjecta est non volens, sed propter eum, qui subjecit eam in spe: quia et ipsa creatura liberatibur a servitute corruptionis in libertaten gloriae filiorum Dei. Scimus enim quod omnis creaturae ingemiscit, et parturit asque adbuc.

 

Paulus OD Rom. 8,18-23

CUANDO LLEGUÉIS A VIEJOS, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.
Vuestros hijos amarán al viejo cobre,
al hierro fiel.
Recibiréis a los antiguos metales en el seno de vuestras
familias,
trataréis al noble plomo con la decencia que corresponde a
su carácter dulce;
os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
con el bronce considerándolo como hermano del oro,
porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel del niño
mimado,
vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido
acero...
Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó algún oro.

El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo,
hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro
palpitante,
la constancia viva de un grifo,
el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados
y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano
que regrese el agua a los cuerpos de los hombres.

Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado
sin dolor.
Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro
cuerpo de metal
igual al del soldado de plomo que no muere,
que no te pide, Señor, la gracia de no ser humillado por tus
obras,
como el soldado de carne blanducha, nuestro débil orgullo,
que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
que por tu agua devolverá su sangre.
Y que quiere ser como un cuchillo al que no puede herir
otro cuchillo.

Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,
y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la
carne.
Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de balas,
si los campos no están sembrados de bayonetas,
si no han reventado a su tiempo las granadas...
Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
decid si este diluvio de fuego líquido
no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
sin que haya un arca de acero que resista
ni un avión que regrese con la rama de olivo!

Vosotros, dominadores del cristal, he ahí vuestros vidrios
fundidos.
Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros corazones
de baquelita,
vuestros risibles y hediondos pies de hule,
todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
como se funde y se escapa con rencor el acero que ha
sostenido una estatua.

Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su
viaje.
Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
Pero no hay nada.
No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
Señor Capitán, ¿a dónde vamos?
Lo sabremos más tarde.
Cuando hayamos llegado.
Los marineros quieren lanzar el ancla,
los marineros quieren saber qué pasa.
Pero no es nada. Están un poco excitados.
El agua del mar tiene un sabor más amargo,
el viento del mar es demasiado pesado.
Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.
Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos,
han perdido el habla.
No pasa nada. Están un poco excitados.
Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.

No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los
juegos de la cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las
de navegar.
Todos los signos llevaban su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasma de bandera para ser
pintada con colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el
viento.
Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si
fuera viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y
besaba a cada hombre.
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora de
marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la
trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
sobre el río de todos los puentes,
por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una
niebla borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército
de mendigos,
era un diluvio en el aire.
Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.

Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
con el hueco de un corazón fugitivo,
con la sombra del cuerpo,
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
con los labios heridos,
con los párpados sin sueño,
con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del
resentimiento
y el narciso,
con el hombro izquierdo,
con el hombro que carga las flores y el vino,
con las uñas que aún están adentro
y no han salido,
con el porvenir sin premio, con el pasado sin castigo,
con el aliento,
con el silbido,
con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de
líquido,
con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

Somos la orquídea del acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la
espada,
somos una vegetación de sangre.
Somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un
inmenso jardín de muertes.

Como la enredadera púrpura de filosa raíz
que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre
y sube y baja según su peligrosa marea.
Así hemos inundado el pecho de los vivos,
somos la selva que avanza.

Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
Pantano corrompido que burbujea mariposas y arcoiris.
Donde tu cáscara se levanta están nuestros huesos llorosos,
nuestro dolor brillante en carne viva,
oh santa y hedionda tierra nuestra,
humus humanos.

Desde mi gris sube mi ávida mirada,
mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
desde el fondo de un vértigo lamoso
sin negro y sin color completamente ciego.
Asciendo como topo hacia un aire
que huele mi vista,
el ojo de mi olfato, y el murciélago
todo hecho de sonido.
Aquí la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
puede imaginar si vamos o venimos,
pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos podridos
y en esta cruel mudez que quiere cantar.

Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
irrumpe el violento deseo de sufrir,
y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
Y en la puerta un cubo que se palpa
y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
hasta más hondo aún, hasta el agua,
y en el agua una palabra samaritana
hasta más hondo aún, hasta el beso.

Del mar opaco que me empuja
llevo en mi sangre el hueco de su ola,
el hueco de su huida,
un precipicio de sal aposentada.
Si algo traigo para decir, dispensadme,
en el bello camino lo he olvidado.
Por un descuido me comí la espuma,
perdonadme, que vengo enamorado.
Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
y parece que la vida se ha marchado hacia el país del
trueno.
Tú, que viste en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
tú, la invitada al viento en fiesta,
tú, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas,
tú que miraste a un caballo del tivovivo sobre la verja
y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen
los niños de la escuela,
asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.
Los frutos no maduran en este aire dormido
sino lentamente, de tal suerte que parecen marchitos,
y hasta los insectos se equivocan en esta primavera
sonámbula sin sentido.
La naturaleza tiene ausente a su marido.
No tienen ni fuerzas suficiente para morir las semillas del
cultivo
y su muerte se oye como el hilito de sangre que sale de
la boca del hombre herido.
Rosas solteronas, flores que parecen usadas en la fiesta
del olvido,
débil olor de tumbas, de hierbas que mueren sobre
mármoles inscritos.
Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un pájaro o de un niño
o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.

¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!
¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!

Por fin. Señor de los Ejércitos, he aquí el dolor supremo.
He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,
el dolor verdadero.
Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el dolor parado
en seco.

No es un dolor por los heridos ni por los muertos,
ni por la sangre derramada ni por la tierra llena de lamentos,
ni por las ciudades vacías de casas ni por los campos llenos
de huérfanos.
Es el dolor entero.

No pueden haber lágrimas ni duelo,
ni palabras ni recuerdos,
pues nada cabe ya dentro del pecho.
Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio.
Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.
En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto
vacío o lleno.
Las vidas de los que quedan están con huecos,
tienen vacíos completos,
como si se hubieran sacado bocados de carne de sus
cuerpos.
Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho,
para ver cielos e infiernos.
Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
a través brilla un sol blanco, a través un astro negro.
Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:
puedes pasar, en el aire, a través de ella, tus dedos!
He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,
días, cosas, almas, fuego.
Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.

 


Fragmentos eliminados


1*

Grande, alto, fuerte, de enorme músculo encendido,
el día se levanta y alza la mano en busca del rostro del
Señor.
No hacen un día todas las vidas de los hombres.
Ni todas las guerras juntas hacen tanta lucha.
Es triste el hombre vivo que ensaya el pobre aliento
en su pierna, en su caballo, en su mujer.
Ni todas las piernas del mundo hacen la carrera del día,
ni todos los caballos pueden arrastrar un ayer.
Pero este día arrastra al otro y al otro día,
perfectos y redondos modelos del trabajo del sol
ante el hombre de manos inútiles que ha dejado escapar
el milagro,
ante las barbas del hombre el brazo del día se alza día a día
hasta tocar las barbas del Señor.
¡Las espantosas barbas del Señor!

 

2**

Dicen que vais a la guerra.
¡Qué vais a ir!
Dicen que partís al alba.
¡Qué vais a partir!
Dicen que sois fuertes, dicen que sois altos,
dicen que vais a luchar.
Dicen que anheláis la lucha.
¡Qué va!

Dicen que daréis la sangre
además
de viejos tubos de dentífrico y de jabón de afeitar.

Dicen que vais a acabar
con el hambre de los pueblos,
pero después de cenar.

Dicen que pondréis las cosas
en su lugar,
pero hay mucho lugar sin cosas y muchas cosas sin lugar.
Os esperan esas cosas
enfurecidas, allá;
¿y vais a partir? ¡Qué va!
Allá sólo el bronce tiembla
y lo hace para cantar.
¡Y vosotros, ya tembláis!
Tembláis de miedo a morir,
y dicen que vais a la guerra...
¡Qué vais a ir!

 

1 (Este fragmento inicial fue publicado por primera vez en el suplemento La Prensa Literaria, Managua, Nicaragua, 5 de diciembre de 1965.)

2 (Este otro fragmento fue recogido por Luis Alberto Cabrales en su libro: Política de Estados Unidos y poesía de Hispanoamérica. Managua, Publicaciones del Ministerio de Educación Pública, 1958.)

 

 


Invento de un nuevo beso

 

Bela amie, si est de nos:
Ne vos sanz moi, ne sanz vos!

 

Marie de France


En junio comienza tu estación espiritual con un bostezo
hablando de asuntos adecuados a tu olfato pequeño
leyendo lindas aventuras de amor y de misterio.
Algo hay detrás de ti, cuando
tú misma pretendes custodiar la espalda de tus
pensamientos
cuando tu propia sombra, al verte primavera, se cree
invierno.

Confesar que la lluvia es enemiga del sosiego,
decir "estoy bien" y asustarse del acento,
estar triste a la hora en que se abren los sueños,
esto revela que tratas de desviar tu recuerdo,
de sustraer tu vida a mi secreto.

Simple es la historia universal, como este cuento.

Pero ahora comienzas a gritar en silencio,
a encender cigarrillos sin fuego,
a verte sin espejo.

Como si yo no oyera, mujer, a través de tu cuerpo
el enorme ruido de tu miedo.
Como si no sintiera que nos envuelve el mismo viento ciego!
Porque podemos
sostener con nuestras maños unidas la cabeza del tiempo
que cae con vaivén de péndulo,
porque en junio florecen los recuerdos y maduran los
sueños,
porque lo que hay entre mi fuerza y tu debilidad ya lo
sabemos,
porque estamos detrás de nuestros propios pensamientos
leyendo de nuevo la aventura de amor y de misterio.

 


Poema inmenso


En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa
pues no hay un límite en tu gesto para el principio de tu
sonrisa
pero de repente está en tu boca y no se sabe cómo se filtra
y cuando se va nunca se puede decir si está allí todavía
lo mismo que tu palabra de la cual jamás oímos la primera
sílaba
y nunca terminamos de escuchar lo que decías
porque estás tan cercana en esta lejanía
que es inútil preguntar cuándo vino tu venida
pues entonces nos parece que has estado aquí toda la vida
con esa voz eterna con esa mirada continua
con ese contorno inmarcable de tu mejilla
sin que podamos decir aquí comienza el aire y aquí la
carne viva
sin conocer aún dónde fuiste verdad y no fuiste mentira
ni cuándo principiaste a vivir en estas líneas
detrás de la luz de estas tardes perdidas
detrás de estos versos a los cuales estás tan unida
que en ellos tu perfume no se sabe ni dónde comienza ni
dónde termina

 


Construcción de tu cuerpo


Estás desnuda aún, gran flor de sueño,
animal que agita las aguas del alma,
emoción hecha piedra.

Tu realidad vacía pide socorro en la ventana
llora su altura esquiva, resbala su materia,
el deseo de quemarla sube en el sediento fuego.
Bajan sólo las voces, las cintas imposibles amarradas al
recuerdo,
dos o tres pétalos.
Un río de agua negra cruza a través de mi sueño.
Mi esfuerzo de zarcillo se malogra en la torre,
en la lisa torre donde vive tu mano
quiebra las uñas de mis gritos.
¿Hasta cuándo bajarás en tu propia voz,
cuándo brotará tu forma?
Los ascensos ilimitados y las aguas profundas
han construido tu nombre,
yo te ofrezco mi sangre para completar tu ser
para vertirte por dentro,
mi amor te esculpirá la carne tallándote igual a ti,
se realizará tu bella espalda,
existirán al fin tus senos que fueron confiados a la nada,
tus ojos previstos desde la eternidad.

Los pájaros llorarán conmigo al oír por primera vez tu voz,
tu voz escogida entre todas las voces.
trayéndote asida de la lengua,
el agua negra temblará al escuchar tu grito de ¡Materia!

En aires insospechados flota tu tensa arquitectura,
tus medidas luchan contra los abismos,
pero cada uno de tus nervios va siendo colocado,
se prueba la integridad de sus sonidos
para que el victorioso piano toque la música de tu cuerpo
en movimiento.
La derrota del vacío vendrá a colmar mis venas perfumadas
a dar el primer vino a la sed del fuego.
Tu sufrimiento de vivir ha sido catalogado
entre las cosas más lindas del universo,
el tributo de amor más grande que se conoce.
Un temblor ignorado invade tu esencia
pues la emoción de encontrarme aún no conoce las
palabras,
tus oídos sin existencia no recogerán todavía estos versos
pero sabes que te espero en el puente de mi carne
alzando hacia ti mis brazos en llamas
con todo mi pequeño ser pidiendo tu realidad,
rogando la certeza de su sueño.

Tendrás que ser al fin, porque conozco tu perfume secreto,
porque sé tu nombre que nunca ha sido pronunciado,
porque he sentido en el aire el molde de tu cuerpo,
porque encontré en el espacio el lugar de tus manos
y en el tiempo la hora de tu caricia.

Porque este poema tuyo, desde lejos
lo dictas tú en silencio,
porque mis brazos se extienden hacia ti sin quererlo,
porque esto es demasiado para el sueño.

 


Despedida


Es preciso que levantes el brazo derecho
porque quiero llevar de ti un recuerdo de árbol.
Quiero saber que dejo sembrada en el horizonte
tu mano.

Tu mano que al viento crezca recordada,
tu mano que lo diga todo. Nada.

Es preciso que levantes el brazo derecho
para ver de lejos temblar tu corazón entre tus dedos.
Tu corazón, fruto que dio, sembrada en mis recuerdos
tu mano.

Tu mano que al viento diga de ese modo
nada. Todo.

 

 


Las bodas del carpintero
(Canto de Matrimonio)

 

Las junturas de tus muslos son como
goznes labrados de mano maestra. Es
ése tu seno cual taza hecha a torno.

 

Cantar de Cantares

 

Himno del marido


Oh largo paso hacia la madurez, hacia la ardiente paz
que prepara la madera de María
corazón de cedro fragante!

Es el material vestido de domingo
asomado a tus dedos, es el olor de sándalo de tus manos
de palo,
el perfume de tus cuatro costados,

la habitación nueva de tu cuerpo alfombrado,
tu viga recién labrada,
tu palabra de rama recién cortada.

Ésta es la serena puerta del tiempo que se abre
ante tu rosa madura, tu frondosa presencia que alumbra
los lugares donde permanecerán los hijos,

el serrín de tu cuerpo taladrado
la tabla de una caja que se ensancha
tu destino en el fuego de la sangre.
¡Oh largo paso hacia el hogar de cenizas sagradas!
Entra, entra a las brasas que esperan en ardiente familia
tu tronco dorado.

 

Canto de la esposa


Carpintero, labra, carpintero,
labra mi cuerpo entero.
Hazme silla para tu descanso, cama para tu sueño,
tu sueño entero, carpintero.
Hazme mesa para tu almuerzo,
come, carpintero hambriento.
Sueña, carpintero despierto,
pero labra, carpintero,
labra mi cuerpo entero.

Trabájame, artesano,
con el trabajo de tu mano.
Haz de mi cuerpo un lecho, de mi mano un vaso.
Hiéreme con tu amor de filo rápido,
córtame la flor,
corta el racimo de sueños enamorados,
corta también la hoja, corta el árbol.
Corta mi carne de laurel, córtala a tu nivel.
Clávame, martillero.
Púleme, garlopero.
Carpintero, labra, carpintero,
labra mi cuerpo obrero.

 

El juramento


¡María, María,
María de la carpintería!

Aquí estoy, señor,
esperando tu amor.

María, te llaman mis brazos,
te llaman mis labios,
te llama mi sangre, María, te llama mi voz.

Señor, te llama mi amor.

La vida pregunta, María,
si puede dormir con los dos.
Mi vida te llama a la cama, María,
nos llama a los dos.

La mía responde, señor.

La muerte de reglas podridas,
la vieja de tablas desnudas está en el rincón.
La muerte asegura, María,
que luego seremos carbón.

Cenizas seremos tú y yo.

Allí llegarán nuestras vidas,
allí llegará nuestro amor.
Hasta la muerte, María.

¡Hasta más allá, señor!

 

La oración


Virgen de tabla pintada.
Virgen de dulce madera,
ya nuestras manos unidas
forman una sola regla,
nuestros cuerpos se han juntado
incrustando los deseos,
ya los dos seres de palo
formamos un solo mueble.

Está tu mesa servida,
está tu silla dispuesta,
tu rezador de dos brazos,
tu hermosa cama de suegra.
Nuestra vida y nuestra casa
sólo por ti están abiertas,
sólo esperamos tu entrada
para clavar nuestra reja.
Ahora somos la puerta
de dos hojas, que se cierra,
somos dos leños unidos
que forman la cruz completa.

Virgen de la tabla honrada.
Virgen de dios y madera.
como tu Hijo, llevamos
desde hoy, nuestra obra a cuestas.

 


El coro


La fuerza del trabajo sobre el seno
las pesadas manos sobre el pecho
exigen troncos nuevos a los cuerpos
pan y vino a los elementos
pedazos de realidad al sueño.

Las maderas se abren y crujen en deseos
los sagrados tablones que fabrican y queman
los hogares obreros
el carpintero ardiendo que hace más carpinteros
el mueble en llamas y la savia corriendo
hacia los puntos de retoño, hacia el retoño del fuego.

Oh detenida savia, oh esperanza de hojas
en suspirar de frutos percibida,
una vez más caminarás hacia la vida!

Oh retoño guardado en el ropero,
oh rosa de la puerta, oh flor del macetero,
oh fruta que nace sola del frutero!

Oh nuevo amor de la carpintería,
oh viejo amor de la maderería,
oh eterno corazón de cedro de María!

 

 


Nosotros


Estamos desamparados en el mundo hediondo,
el aire se ríe de nosotros,
el agua se ríe de nosotros.
El fuego se va, no podemos guardarlo solo,
te digo que se ríe de nosotros.
Para tener el árbol, necesitas sembrarlo en el lodo.
Para tener el lodo, necesitamos morirnos nosotros.
La fruta que te comes, fue tu abuelo hecho polvo,
más tarde tu cabeza será un coco,
los árboles se ríen de nosotros.
El aire que respiras se sale por dos hoyos,
el agua que te bebes se sale por los poros,
se burlan los lagartos, se burlan los garrobos,
los animales se ríen de nosotros,
estamos desamparados en el mundo hediondo...

 


Los indios viejos


Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.

 


India caída en el mercado


Pobre india doblada por el ataque
todo su cuerpo flaco ha quedado quieto
todo su cuerpo sufrido está pequeño pequeño
todo su cuerpo tronchado es un pajarito muerto.
Su corazón —¡ah corazón despierto!— pájaro libre,
pájaro suelto,
Carlos, ha dormido un momento.
Ella se desmayó, la desmayaron.
Al lavarle el estómago los médicos
lo encontraron vacío, lleno de hambre,
de hambre y de misterio.
Muy doloroso cuadro, Carlos.
Muy doloroso y sumamente amado.
Han volteado su cara —¡ah oscura palidez!—. Con el
derrame
las yugulares están secas y la sangre
huyó secretamente, ¡ah,
la viera su madre!
Cerca, Carlos, cerca del occipucio
una moña chiquita se desgaja
y deja ver en la nuca una cruz blanca.
Tan cerca de la muerte y tan lejana,
su vida vale mucho, vale nada.
Los lustradores esperaban
obscenidades al levantar la falda
pero ella tiene una desnudez muy médica,
un lunar en la espalda,
y da la impresión de un ave herida
cuando cae su brazo como un ala.

Abran, abran
todas las gentes malas sus entrañas
y no encontrarán nada.
Ella tiene un ataque
que no lo sabe nadie.
Un ataque malo,
Carlos.

 

 


Tormenta


Nuestro viento furioso grita a través de palmas gigantes
sordos bramidos bajan del cielo incendiado con lenguas
de leopardos
nuestro viento furioso cae de lo alto

El golpe de su cuerpo sacude las raíces de los grandes
árboles
salen del suelo los escarabajos
las serpientes machos.

Nuestro viento furioso sigue su camino mojado
es el jugo oscuro de la tarde que beben los toros salvajes
es el castigador campo.

Los hombres oyen en silencio los gemidos del aire
con el alma quebrada, el cuerpo en alto
los pies y la cara de barro.

Las indias jóvenes salen al patio, rompen sus camisas
ofrecen al viento sus senos desnudos, que él se encarga
de afilar como volcanes.

 


Elegía de la pájara


Oh loca y dulce pájara comedora de frutas,
devuélveme el vino verde de tu plumaje esquivo,
derrámalo en el aire emborrachado a gritos,
agítalo en mi alma con tu pico desnudo!
Que la diosa que surte los campos de aves nuevas
vierta sobre mi sangre este licor agreste,
que tu color circule a través de mi cuerpo
nido de locos pájaros ¡ay! pájaros muertos.
Pero la dulce luna, la que escucha los cantos
silenciosos de las aves sin lengua,
el cadáver de tu alma flotando como un pétalo.
Con tu mirada ciega y honda como un clavo
estás fijando el vértice de este momento triste,
mientras suena en el aire rumor de plumas secas
y las alas quebradas se desgajan con sueño.
Sube, pájara, sube a la postrera rama,
la que despide al mundo, el puerto de los cielos;
lanza tu carne loca florecida de plumas,
lanza tu carne dulce perfumada de frutas.
Hacia ti estas dos manos, estas manos que esperan
el manojo de sangre de selva de tu cuerpo
para mostrarlo al mundo como una joya fúlgida,
como lo mejor, lo mejor de la cosecha.
Sobre este llanto mío que se apague tu vuelo,
que se ahogue en sollozos el clarín de tu grito,
y que tu cuerpo tibio descanse para siempre
en mi dolor que tiene la forma de tu nido.

 


Cementerio


La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras,
las lechuzas que braman de noche.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.

En la tierra aburrida de los hombres que roncan,
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.

Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.