Gerard Manley Hopkins



Antología
y traducción
de Juan Tovar



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Nota introductoria

 

Creada casi en secreto durante el último periodo victoriano, la obra de Gerard Manley Hopkins —una de las más intensas y originales de la poesía inglesa— no se editó sino hasta 1918, en un mundo sin duda mejor preparado para concebir tanto sus búsquedas formales (su experimentación rítmica hizo escuela), como su angustia y desesperada alegría. Hopkins presintió en carne viva la desintegración de un orden de cosas y, anticipándose a ella, violentó las convenciones por explorar el entrevero profundo de voluntad y naturaleza, verbo y encarnación, y revelar en nuevas formas la permanencia esencial de la vida. Es un poeta de la dualidad que no busca trascenderla sino armonizarla, y de hecho no supone otra unidad que esa armonía; un poeta religioso cuyo Dios sólo a los sentidos se manifiesta.

Nacido en Stratford, Essex, el 28 de julio de 1844, Gerard fue el mayor de los ocho hijos de Manley Hopkins, próspero pequeño burgués dotado de curiosidad intelectual y afición artística, y su esposa, mujer devota y contemplativa. El poeta se orienta en un principio hacia la pintura, y es con ojos de pintor como empieza a discernir, durante sus años de estudiante en Oxford, lo que será el concepto central de su estética, y lo nombra inscape: la hermosura específica y peculiarmente distintiva de cada objeto, “belleza individual de estilo” que es “lo esencial y lo único perdurable” y, así, el vislumbre de lo eterno en lo fugaz. Esta epifanía cristaliza a partir del instress, término con el cual se designa la energía cohesiva que sostiene el inscape, el principio por el que las partes coinciden en el todo, así como el yo o personalidad de quien percibe dicho inscape,1 o de otro modo —en el nuevo inscape creado por la relación entre el observador y el objeto— la visión que imparte sentido y el sentido que afecta la visión: “no es la excelencia de cualesquiera dos (o más) cosas en sí lo que constituye la belleza, sino aquellas dos cosas contempladas una a la luz de la otra”.2

En su propia vida, Hopkins luchaba por procurarse un principio de cohesión a través de la búsqueda de “la única Iglesia visible”. Anglicano, defendió esa tercera vía, cada vez más desgarrada entre las tendencias protestantes y romanizantes, para al cabo ceder a estas últimas. En 1866 se convirtió al catolicismo; dos años después ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús. Con tal motivo destruyó gran parte de su poesía y decidió no escribir más “por no ser propio de mi profesión”. Pero sus estudios de teología lo condujeron a Duns Escoto, cuyo énfasis en la forma particular (el ser-esto) como perfección final de lo creado y punto de partida para todo acto del conocimiento, vino a corroborar las nociones de inscape y a sancionar el ejercicio de la individualidad. Aun así, fue preciso que un superior lo instara a conmemorar la muerte por agua de cinco monjas franciscanas, para que Hopkins rompiera su silencio y escribiese su primera y mayor obra maestra: The Wreck of the Deutschland (1876), donde ya manifiesta plenamente su dicción peculiar y vigorosa y explora las posibilidades del ritmo cortado (sprung rhytm), que “consiste en escandir sólo por acentos, sin tener en cuenta el número de sílabas, de modo que un pie puede constar de una sílaba fuerte o de muchas débiles y una fuerte... Me parece un principio mejor y más natural que el sistema ordinario; mucho más flexible y capaz de efectos mucho mayores”.

El poema fue rechazado por el órgano jesuita The Month, y la misma suerte corrió otra relación de naufragio, The Loss of the Eurydice (1878), compuesta en el mismo ritmo pero más conservadora en su sintaxis. Rechazando la idea de recurrir a un periódico laico, Hopkins abandona toda intención de publicar, no por desdén de la fama sino porque desespera de ganarla “y lo que en modo alguno basta para la fama pública puede ser más que suficiente para la notoriedad privada, que es lo que temo”. Así, este hacedor de versos que —como él mismo reitera—reclaman la voz alta, se limita en vida a dos lectores, ambos poetas y amigos de los tiempos oxonienses: el canónigo R. W. Dixon y el futuro laureado Robert Bridges. Al segundo se debe la edición póstuma de Hopkins; a Dixon, la que acaso sigue siendo la más certera definición del temple de esa poesía: “el terrible cristal”.

La obra se va inscribiendo al margen de los deberes clericales: entre 1877 y 1881 Hopkins sirve como predicador, misionero o párroco en diversas localidades, incluyendo un arrabal de Liverpool; de 1882 a 1884 enseña en Stonyhurst y luego es asignado a la cátedra de clásicos en el University College de Dublín. En ese exilio material, reflejo del que vive crecientemente en espíritu, transcurren sus últimos años. A principios de 1889 su salud, nunca muy robusta, empieza a decaer con rapidez; el 8 de junio muere diciendo: “Soy tan feliz, tan feliz.”

Toda traducción implica una pérdida; en el caso de Hopkins, ésta es incalculable. Conscientes de su pobreza, las presentes aproximaciones aspiran a ser, dentro de ella, lo bastante fieles y claras para dar una idea. La selección es también insuficiente, pero no insustancial: mal podría serlo tratándose de una obra que es casi puro meollo. Si no figuran The Wreck of the Deutschland, llamado con justicia por Salvador Elizondo —su traductor en proceso— “el más abtruso y perfecto de los poemas del padre Hopkins”,3 ni The Leaden Echo and the Golden Echo —del que existe una versión inédita debida a Remy Bastien—, se incluyen casi todos los últimos sonetos, “en muchos sentidos —dice W. H. Gardner— el logro culminante de Hopkins”, así como una decena de los anteriores y dos obras juveniles. Para la traducción de Spring y The Windhover compulsé las de Jaime Emilio Muñoz e Isabel Ugalde;4 a ellas y a lo dicho se reduce mi documentación sobre Hopkins en castellano.

 

 

Juan Tovar

 

1 Cf. Luis Cernuda “Gerad Manley Hopkins”, en Pensamiento poético en la lírica inglesa: siglo XIX, UNAM, 1974

2 Las citas de Hopkins provienen de textos incluidos en Poems and Prose, Penguin, 1975. Edición preparada por W.H. Gardener, de cuyo prólogo se ha tomado en gran parte la información biográfica

3 “Proyectos”, en Vuelta, núm. 12, noviembre, 1977.

4 “Primavera” y “El halcón”, en Revista de Bellas Artes, núm. 24, noviembre-diciembre, 1975.

 


El alquimista en la ciudad


Mi ventana muestra las nubes viajeras,
Hojas gastadas, nueva estación, cielo alterado,
Multitudes que se forman y se funden:
El mundo entero pasa; yo a la vera.

Sin dispendiar sus horas asignadas,
Los hombres y los amos planean y edifican:
Miro el coronamiento de sus torres
Y felices promesas realizadas.

Y yo –tal vez si mi intención
Contara con edad prediluviana,
Los trabajos que así habría gastado
Pudieran acceder a su heredad.

Pero antes que ahora brille en el caldero
El oro que no está por descubrirse,
A la larga el fuelle no soplará más,
La estufa habrá por fin de enfriarse.

Y con todo es ya muy tarde para sanar
La vergüenza incapaz y estorbosa
Que me hace cuando con hombres trato
Más inerme que el ciego o el lisiado.

No, debería amar la ciudad menos
Aún que ésta mi ciencia ingrata;
Pero yo deseo el desierto
O las lenguas herbosas de la costa.

Camino por mi airoso mirador
Para observar el sol bajo o levante,
Veo virar a las palomas citadinas,
Contemplo a las golondrinas correr
Entre la cima de la torre y el suelo
A mis pies en el aire que sustenta;
Luego hallar en el ruedo de horizonte
Un sitio y el hambre de estar allí.

Y entonces odio como nunca aquella ciencia
Que ninguna promesa otorga de éxito;
Es dulce como nunca la costa despoblada,
Libre y ameno el desierto.

O antiguos túmulos que cubren huesos,
O rocas donde acuden palomas de las rocas,
Y árboles de terebinto y piedras
Y silencio y un golfo de aire.

Allí en una larga altura escuadrada
Tras el crepúsculo me tendería
A penetrar la amarilla luz cerúlea
Con largo y libre mirar antes que muera.

 
1865

 


Cielo/asilo


Una monja toma el velo

       Yo he deseado ir
   Donde el manantial no cesa,
Donde no arrasa el campo el granizo cortante
   Y algunos lirios florecen.

      Y he pedido estar
  Donde no llega la tormenta,
Donde el verde oleaje calla al asilo del abra
   Y libre del vaivén del mar.
 
1864-65

 


La grandeza de Dios


El mundo está cargado de la grandeza de Dios.
Flamea de pronto, como relumbre de oropel sacudido;
Se congrega en magnitud, como el légamo de aceite
Aplastado. ¿Por qué pues los hombres no acatan su vara?
Generaciones han ido pisando, pisando, pisando;
Y todo lo agosta el comercio; lo ofusca, lo ensucia el afán;
Y lleva la mancha del hombre y comparte del hombre
    el olor: el suelo
Se halla desnudo, ni el pie, calzado, puede ya sentir.

Y con todo esto, natura nunca se agota;
Vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada;
Y aunque las últimas luces del negro occidente partieron,
Oh, la mañana, en el pardo borde oriental, mana;
Pues el Espíritu Santo sobre el corvado
Mundo cavila con cálido pecho y con ¡ah! vívidas alas.


1877

 


Primavera


Nada es tan hermoso como la primavera:
Cuando la hierba, en redondel, brota larga y linda y lozana;
Los huevos de tordo se miran cielitos bajos, y el tordo
Entre los ecos del bosque así enjuaga y exprime
El oído, que son golpes de relámpago el oírlo cantar;
El peral cristalino echa hojas y flores, acarician
El azur que desciende; ese azur precipitado
De riqueza; también los corderos corren y bien retozan.

¿Qué es toda esta savia y toda esta alegría?
Un acorde del dulce ser primordial de la tierra
En el jardín del Edén. — Ten, toma, antes que hastíe,
Antes que nuble, Cristo, señor, y amargue de pecado
El alma inocente y el día de mayo en niña y niño,
Con creces, oh hijo de virgen, tu elección y dignos
    de ganarse.

Mayo 1877

 


El cernícalo


A Cristo nuestro Señor


Sorprendí esta mañana al favorito de la mañana, delfín
    del reino
De la diurna luz, Halcón pintado de aurora, cuando
    remontaba
La vasta llanura del aire firme a sus pies, andariego
De la altura, ¡cómo giraba sobre la rienda de un ala plegada
En su éxtasis! para luego lanzarse, fugar oscilante
Como el talón de un patín barre suave el arco de una curva:
    el impulso y el desliz
Desairaban al gran viento. Mi corazón escondido
Se agitó por un ave: ¡la proeza, la maestría de aquello!

Brutal belleza y valor y acto, ¡oh aire, pluma, orgullo, aquí
Trenzados! Y el fuego que de ti brota entonces, un billón
De veces a voces más adorable, más peligroso ¡Oh
    mi caballero!

No hay ahí prodigio: el puro afán hace que el arado
    por el surco
Brille, y los pálidos rescoldos azules, ah mi amado,
Caen, se hieren, y abren tajos de oro y bermellón.


St. Beuno's, 30 de mayo de 1877

 


Belleza jaspeada


Gloria a Dios por las cosas de color mezclado.
Por los cielos con manchas de vaca berrenda;
Por los lunares que rosa granean sobre las truchas a nado;
Los raudales de castañas como brasas frescas; las alas
    del pinzón;
El paisaje partido y parcelado — aprisco, barbecho
    y labranza;
Y todos los oficios, sus aperos y avíos y atavíos.

Todas las cosas contrarias, originales, escasas, extrañas;
Cuanto es veleidoso, veteado (¿quién sabe cómo?)
De rápido, lento; dulce, amargo; vívido, opaco;
Engendra Aquel cuya belleza no conoce mudanza:
                              Alabadlo.

Verano 1877

 


El Oxford de Duns Escoto


Torreada ciudad y ramosa entre las torres;
Cucosonante, campanambrada, alondrecida, cornevejada,
    río-rodeada;
El lirio de espigas policromas a tu pie; en esa comarca
    y pueblo
Otrora se encontraron poderes aquí contrapuestos y cabales.

Tienes allá una falda baja y ladrillada, amarga
La naturaleza vecina en que tu gris hermosura se asienta
Mejor; crecimiento sin gracia, has confundido
La rural costumbre rural — gente, rebaños y flores.

Mas ¡ah! de este aire que aspiro y que libero
Vivió él; estas hierbas y aguas, estos muros son los que
Frecuentó quien de todos los hombres más apacigua
    mi espíritu;

De lo real el devanador de vena más rara; una sin
Rival percepción, ya rivalicen Italia o Grecia;
Que incendió a Francia por María inmaculada.


Oxford, marzo 1879

 


Henry Purcell


                        El poeta desea ventura al divino genio de Purcell
                       y lo alaba porque, mientras otros músicos han
                       dado expresión a los estados del alma humana,
                       él fue más allá para enunciar en notas la
                       hechura y especie misma del hombre tal como se
                       creó en él y en todos los hombres en general.


Dulce bien haya, oh dulce, dulce bien haya, tan amado
De mí, tan especial espíritu como alienta en Henry Purcell,
Una edad hace ya cuya partida; con la revocación
De la sentencia externa que lo abaja, enlistado en herejía,
    aquí.

No es en él sentimiento ni intención, soberbio fuego
    o pavor sagrado,
O amor, o piedad, o todo lo que melodías no suyas pudieran
    nutrir:
Es la facción forjada que me encuentra; es el ejercicio
Del propio, el abrupto ser ahí que así arremete, así abarrota
    el oído.

¡Venga pues y con su aire de ángeles me eleve, me derribe!
    pero yo
Detendré la mirada en sus mores, prístinas marcas lunares,
    en su plumaje moteado bajo
Las alas: así alguna gran ave de tormenta, cuando ha
    caminado a su gusto

La tonante púrpura ribera, plumada púrpura-de-trueno,
Si en clamor sus níveas alas triunfales desparraman
    una sonrisa colosal,
Mas la intención de movimiento abanica de asombro
    los sentidos.


Oxford, abril 1879

 


Andrómeda


Ahora la Andrómeda del Tiempo en esta roca ruda,
Aquella sin igual en su belleza ni
Su daño, tiende la vista por ambos cuernos de la costa,
Su flor, su parte de ser, condenada a pasto de dragón.
    En otro tiempo la pretendieron y acosaron
Muchos golpes y males; mas hoy escucha rugir
En el oeste una bestia más salvaje que todas, más
Fértil en desmanes, más desenfrenada y lasciva.

    ¿Se demora su Perseo y la abandona a sus extremos?—
Pisa un tiempo el aire delicado y cifra
Su pensamiento en ella, que olvidada parece,
    Cuya paciencia entretanto, desmenuzada en dolores,
Crece; para luego descender avasallante, nadie sueña,
Con avíos de Gorgona y alabarda / trallas y comillos.


Oxford, 12 de agosto de 1879

 


Felix Randal


Felix Randal el herrero, oh ¿ha muerto entonces? ¿concluido
    ya mi deber,
Que contemplé su hechura de hombre, huesos grandes
    y recia apostura,
Decaer, decaer, hasta el tiempo que en él la razón
    se extravió y unos
Cuatro desórdenes fatales, ahí encarnados, contendieron
    todos?

Lo quebró la enfermedad. Impaciente, maldecía al principio,
    pero se enmendó
Una vez ungido y todo; si bien su temple celestial comenzó
    pocos
Meses antes, desde que por mi mediación nuestro dulce
    alivio y rescate
Le fuera administrado. Ah bien, ¡Dios lo descanse y a toda
    senda que jamás ofendió!

Este ver a los enfermos nos encariña con ellos, los encariña
    también.
Mi lengua te enseñó consuelo, mi tacto extinguió
    tus lágrimas,
Tus lágrimas que mi corazón tocaban, hijo, Felix, pobre
    Felix Randal;

¡Qué lejos de entonces el presentimiento, en tus años
    de mayor bullicio,
Cuando en la tosca fragua sombría, poderoso entre iguales,
Forjabas al gris percherón su brillante y sonora sandalia!


Liverpool, 28 de abril de 1880

 


“As kingfishers catch fire,
dragonflies draw flame”


Como se incendia el alción, la libélula se inflama;
Como tumbadas del pretil de rotundos pozos
Suenan las piedras; igual que cada cuerda tañida dice, cada
    campana al mecerse
En su arco halla lengua para lejos proclamar su nombre;
Cada cosa mortal hace una cosa y una sola:
Dispensa el ser que dentro de cada cual habita;
Se afirma — va hacia sí; dice y descifra yo mismo
Gritando Lo que hago soy: para eso vine.

Digo más: el justo vive justicia;
Cumple con la gracia: así todos sus andares son gracias
    cumplidas;
Actúa a los ojos de Dios aquello que a los ojos de Dios es —
Cristo — pues Cristo juega en diez mil lugares,
Bello de miembros, y bello a los ojos ajenos
Del Padre a través de las facciones de los hombres.


1882

 


¿A qué sirve la belleza mortal?


¿A qué sirve la belleza mortal — peligrosa; pone a danzar
La sangre — la figura de oh-sellad-eso-así, despliegue
    de más altiva forma
Que Purcell tonada marca el paso? Ved: esto hace: calienta
El sentido de los hombres al amor de lo que es; lo que dice
    bueno — dónde un vistazo
Mejor domina que larga mirada, sin cara para mirar.
Aquellos hermosos muchachos otrora, recién llovidos
    en la tormenta de la guerra,
¿Cómo pues Gregorio, un padre, habría espigado otra cosa
    en la enjambrada
Roma? Pero Dios a una nación entregó la cara suerte
    de ese día.
    Al hombre, que adorar quiere y necesita bloque o piedra
        estéril,
Dice nuestra ley: Ama a los que de todo conocerse
    merecerían más amor;
La suprema belleza del mundo —los seres de los hombres.
    En hechura y rostro brilla el ser.
¿Qué entonces? ¿Cómo enfrentar la belleza? Sólo
    enfréntala; posee,
Hogar de corazón, el dulce don del cielo; deja luego, déjalo
    en paz.
Sí, mas desea eso, desea todo, la mejor belleza de Dios,
    la gracia.

23 de agosto de 1885

 


Descifrado en hojas de sibila


Ferviente, ultraterreno, igual, armonizable,
    bovedizo, voluminoso, estupendo
Crepúsculo pugna por ser del tiempo la vasta
    vientre-de-todo, casa-de-todo, ataúd-de-todo
    noche.
Su córnea tierna luz amarilla devanada al oeste, su
    loca hueca luz blanca colgada en la altura
Yerma; sus primeras estrellas, estrellas príncipes,
    principales, se nos ciernen,
Cielo en facciones de fuego. Pues la tierra desata
    su ser, su entrevero toca fin, divergente
    o ebullente, todo a traviesa, en tumulto; ser en ser
    macerado y molido — por entero
Desacordando, desmembrando todo ya. Bien me traes,
    corazón, a cuenta
Con: Nuestro crepúsculo nos cubre; nuestra noche
    se hinche, se hinche, y nos acaba.
Sólo las ramas y dentadas hojas dragontinas incrustan
    la pálida luz con lisura de herramienta; negras,
Tan negras en ella. ¡Nuestro cuento, oh nuestro oráculo!
    Que la vida, menguante, ah que la vida devane
Su otrora tejida teñida venada variedad toda en dos
    husos; separa, encierra, guarda
Ahora su todo en dos rebaños, dos rediles —
    negro, blanco; bueno, malo; cuenta sólo, atiende
    sólo, mira
Sólo estos dos; cuidado con el mundo en que los dos sólo
    encontrados se revelan; con el potro
Donde por sí atadas, por sí torcidas, sin abrigo y sin asilo,
    ideas contra ideas en queja se quebrantan.


1885

 


(Carroña del consuelo)


No, yo no, carroña del consuelo, Desaliento, no he de comer
    de ti;
Ni destejer —flojas que estén— estas últimas fibras
    de hombre
En mí, o pleno de fatiga clamar No puedo más. Puedo;
Algo puedo, esperar, desear que llegue el día, no elegir
    no ser.
Mas ah, mas oh tú terrible, ¿por qué me haces rudeza
Meciendo tu pie derecho tuercemundos? ¿me acercas
    la zarpa de león? ¿recorres
Con oscuros ojos voraces mis huesos magullados?
    ¿y abanicas,
Oh en vueltas de tormenta, al aquí apilado, aquí ansioso
    de evitarte y huir?

    ¿Por qué? Porque la paja vuele; yazga el grano, limpio
        y claro.
Y en toda esa labor de laberinto, desde (parece) que besé
    la cruz,
Mano digo, mi corazón bebió fuerza, robó gozo, quiere reír,
    gloriar.
¿Pero gloriar a quién? ¿al héroe cuya destreza celeste me
    tumbó, me puso pie
Encima? ¿o a mí que lo combatí? Oh ¿cuál? ¿es cada uno?
    Esa noche, ese año
De oscuridad ya hecha yo mísero yazgo en lucha con
    (¡mi Dios!) mi Dios.

1885

 


“No worst, the is none. Pitched
past pitch of grief”


Peor no, nada hay. Más hondas que la hondura del dolor,
Nuevas mordeduras, enseñadas por las otras, más
    se ensañarán.
Tú que consuelas, ¿dónde, dónde tu consolación?
María, madre nuestra, ¿dónde tu alivio?
Mis lamentos fluyen, largos como rebaños; se acurrucan
    en una pesadumbre
Principal, tristeza del mundo; sobre un yunque de la edad
    de las edades boquean y cantan —
Luego callan, luego ceden. Furia gritó “¡No se pierda
Tiempo! Dejadme ser cruel: por fuerza he de ser breve.”

Oh la mente tiene montañas; acantilados de caída
Pavorosa, recta, inexplorada de hombre. Puede tenerlos
    en poco
Quien nunca allí pendió. Ni por mucho nuestra pequeña
Duración trata con ese abrupto o profundo. ¡Aquí! cuélate,
Mísero, bajo un consuelo sirve en el torbellino: toda
Vida la muerte acaba y cada día muere con el sueño.


1885

 


“To seem the stranger lies my lot, my life”


Parecer extraño tal mi suerte, mi vida
Entre extraños. Padre y madre queridos,
Hermanos y hermanas no están en Cristo cerca
Y él mi paz / mi despedida, batalla y espada.
    Inglaterra, cuyo honor de todo corazón cortejo, esposa
De mi pensamiento creador, ni me oiría
Si implorara, ni yo imploro: yo cansado
Del ocio de un ser apenas al filo de donde las guerras
    se libran.

    Ya estoy en Irlanda; estoy a tercera
Distancia. No pero en toda estancia puedo
Dar y recibir el buen amor. Sólo qué palabra
Mi corazón más sabio engendra la confusa proclama del cielo
    oscuro
Impide o el sortilegio del infierno frustra. Tal atesorar
    desoído,
Oído descreído, me deja en solitario comenzó.


1885

 


“I wake and feel the fell of dark, not day”


Despierto a sentir la pelambre de tiniebla, no el día.
¡Qué horas, oh qué horas negras pasamos
Esta noche! ¡las cosas que viste, corazón; caminos
    que cursaste!
Y más habrá, en la aun más larga dilación de la luz.
    Con testigo hablo así. Pero al decir
Horas digo años, digo vida. Y mi lamento
Es de gritos incontables, gritos como cartas muertas
    enviadas
Al muy amado que vive ¡ay! distante.

    Soy la hiel, soy acedía. El más hondo decreto de Dios
Me quiso sabor amargo: mi sabor fui yo;
Huesos en mí edificados, la carne colmó, la sangre rebosó
    la condena.
    La levadura del ser espíritu una pasta insípida amarga.
        Veo
Que los perdidos son así, y su castigo el vivir
Como yo el mío, sus seres sudorosos; y peores.


1885

 


“Patience, hard thing! the hard
thing but to pray”

 

¡Paciencia, dura cosa! ¡la dura cosa que sólo implorar
Y procurar es Paciencia! Paciencia quien pide
Quiere guerra, quiere heridas; fatigados sus tiempos,
    sus tareas;
Prescindir, aceptar cara o cruz, y obedecer.
La rara paciencia en éstos arraiga, y si faltan
En ningún sitio. Hiedra del corazón natural,
        Paciencia enmascara
Nuestras ruinas de anterior naufragio de propósito.
        Allí asolea
Ojos de púrpura y mares de líquidas hojas todo el día.

    Oímos rechinar contra sí los corazones: mata
Golpearlos más fuerte. Pero las rebeldes voluntades
Nuestras pedimos a Dios que incline hacia él aun así.
    ¿Y dónde aquél que más y más destila
Deliciosa bondad? — Es paciente. Paciencia llena
Sus claros panales, y aquélla viene por las sendas
        que sabemos.

1885

 


“My own heart let me more have pity on; let”


Mi propio corazón dejadme más compadecer; dejadme
Vivir con mi triste ser desde ahora bondadoso,
Caritativo; no vivir esta mente torturada
Con esta mente torturada torturando aún.
    Busco el solaz que no más puedo tener
A ciegas en mi desolado, que ciegos
Ojos en su oscuro pueden el día o la sed puede hallar
El todo de la sed en todo un mundo de agua.

Alma, ser; anda, pobrediablo ser, te aconsejo
Que, rendido, abandones; llama un rato los pensares
A otro sitio; deja campo de arraigo al consuelo; deja
    crecer el gozo
Dios sabe cuándo a Dios sabe qué; cuya sonrisa
No se fuerza, mira; antes a veces imprevistas — como cielo
Abigarrado entre los montes — alumbra una legua adorable.

1885

 


La guirnalda de Tom:
sobre los Desempleados


Tom — de romo acero arisco enguirnaldado
Tom; luego de Tom botalodosamigo apila el pico
A su lado y arranca piedrachispa rumbo a casa —
    el fuerte Dick;
Tom Corazón-en-paz, Tom Jornalero: sólo quiere su comida
Segura, su lecho ya. Humilde que sea: con entusiasmo
    su humilde suerte (sentir
Que hambre no pasará, Tom; Tom rara vez enfermo,
Más raramente afligido; que cruza, inmune al pinchazo,
    densos
Millares de espinas, pensares) blande empero. De la cosa
    pública
Poco me vale, ¡ja! el desnivel, si todos tuvieran pan:
¡Qué! La nación es honra suficiente en todos nosotros —
    testa señorial,
Ornada por lo alto con las luces del cielo, o bien, suelomadre
Que troza, poderoso pie. Mas en forma alguna asistidos,
Ni mente ni fuerza motora; de, pro enguirnaldarse,
Peligroso, oh  no; tampoco afán confiado y fuerte calzado;
          Expatriados más allá del límite
De la gloria terrena, la paz terrena, todos; ninguno en parte
    alguna
Del ancho bien del Mundo; oro raro, fiero acero, desnudos
           De ambos; penan, pero comparten penas —
Esto, por Desespero, engendra al torvo Perro Vil; por
    la Rabia,
Lobos del hombre, peores; y sus jaurías infestan la era.


Dropmore, septiembre 1887

 


Harry Ploughman


Recios como valladar los brazos, con una infusión de vello
    dorado
Difusa en torno; la armazón del costillar; el cóncavo flanco;
    flaco
Muslo encordado; rótula rotunda; y zanca barrilada —
                   Testa y pie, hombro y zanca —
Por el esmero de un ojo gris conducidos, en equipo,
    se aplican;
Firmes y en tensión. El tumulario vigor de cada miembro,
    su fibra
Que allá se anudara, allá se embebiera o se hundiera
                    — Se alzara o se hundiera —
Si como tronco de haya fijo, halla su, como al pasar lista,
    rango
Y figura, en carne, que acción ha de cumplir cada uno —
                   Su servicio de tendón dónde prestar.

Sesga el esfuerzo, Harry se dobla, mirad. Espalda, codo
    y líquida cintura
En él, todo tiembla al bamboleo del arado: enrojece
    la mejilla; los rizos
Cabecean o se entreveran, alzados en el viento,
    entreventeados —
                      Ved sus entre-rizolirios-venteados;
Rustigracia, también, hijo de Fuerzadehombre; ¡cómo pende
    o arroja
Sus anchos en piel rojiza ceñudos pies ceñidos! carrereados
Por, a la par, escarpahierro debajo y surcos fríos —
                   Surcos brillocalados desde una fuente.


Dropmore, septiembre de 1887

 


Que la naturaleza es un fuego heraclíteo
y del consuelo de la resurrección


Hongo de nube, borlas rotas, edredones al vuelo destacan,
    luego dan caza por una
Avenida de aire: algaravilleros del cielo, en bandas alegres
    pululan; brillan en marcha.
Por áspero, por fulgente encalado, en cada sitio donde un
    olmo arquea,
Luzlascas y sombravío en largos látigos bordan, lancean
    y copulan.
En delicia el vívido viento ruidoso laza, lucha, golpea la tierra
    y la desnuda
De los pliegues de otrora tempestad; en charco y surco
    el fango seca
Disipando rezumo en aplastada pasta, costra, polvo;
    restaña, restaura
Escuadras de máscaras y señas humanas encenagadas
    laboran,
Presos los pies ahí. Atizada por doquier, la hoguera
    de natura arde aún.
Pero extingue su más dulce, más amada, su más clara chispa
    de ser
Hombre, ¡cuán pronto se va su mella de llama, su marca
    en la mente!
Ambas en impenetrable, todo en enorme oscuridad
Ahogado. ¡Oh piedad e indignación! Forma humana, que
    brillaba
Pura y lejos, disyuntiva, una estrella, la muerte la borra en
    negrura; ninguna huella
                   De las suyas es tan cierta
Que no la nuble lo vasto y el tiempo la allane. ¡Basta ya!
    ¡la Resurrección,
Clarín de sangre! Acabe el estertor del dolor, día sin gozo,
    desaliento.
                   Brillante cruza mi puente de náufrago
Un haz, un rayo eterno. Desváyase la carne y la basura
    mortal
Caiga al gusano residuario; incendio del mundo reduzca
    a ceniza:
                    En destello, en querella de trompeta,
Soy de súbito lo que Cristo es, pues él fue lo que soy, y
Este triste, chiste, trozo de teja, remiendo, cerillo quemado,
    diamante inmortal,
                   Es diamante inmortal.


Dublín, 26 de julio de 1888

 


Justus quidem tu es, Domine, si disputem tecum,
erumtamen justa loquar ad te:
quare via impiorum prosperatur? &c.


Tú eres en verdad justo, Señor, si contiendo
Contigo; pero, señor, también mi demanda es justa.
¿Por qué prospera la senda del impío? ¿y por qué
Ha de acabar en desencanto cuanto yo emprendo?
    Si fueses mi enemigo, oh amigo mío,
¿Cómo podrías, me pregunto, peor que ahora
Vencerme, defraudarme? Oh, los torpes y siervos de lujuria
Más medran en horas libres que yo que gasto,
Señor, la vida en tu causa. ¡Mira, el soto y la ribera
Ya con tan denso follaje! Nuevamente los galona
Alamar de perifollo, mira, y un viento fresco los mueve;
Las aves construyen — mas yo no construyo; no, que porfío,
Eunuco del tiempo, sin engendrar ni una obra que despierte.
Mío, oh dueño de la vida; Avía a mis raíces la lluvia.


17 de marzo de 1889

 


“The shepherd’s brow, fronting
forked lightning, owns”


El semblante del pastor, enfrentando la centella bifurcada,
    concibe
El horror y el estrago y la gloria
De aquello. Los ángeles caen, son torres, del cielo
    — una historia
De gemidos justos, majestuosos, gigantescos.
Pero el hombre — nosotros, andamio de frágiles huesos;
Que alentamos, de la infancia a ras de suelo al jadeo
De la vejez, cuyo aliento es nuestro memento morí
¿Qué bajo es nuestra viola para los tonos trágicos?
¡Él! Mano en boca vive, y evacúa con vergüenza;
Y, por más preclaro el nombre que blasone,
El hombre es Juan cualquiera, su hembra una buscona.
Y yo que muero estas muertes, que nutro esta llama,
Que... en lisas cucharas espío el reflejo de la vida
    enmascarada: domo
Allí mis tempestades, mi fuego y fiebre inquieta.


3 de abril de 1889

 


A R. B.


El noble deleite que es el padre de la idea; el fuerte
Aguijón, vivo y lancinante como la llama del soplete,
Alienta una vez y, extinguido apenas sobrevino,
Hace empero de la mente la madre del canto inmortal.
Nueve meses entonces; no, años, nueve largos años
Dentro de sí ella crece, lleva, cuida y acopia el mismo:
Viuda de una visión perdida vive, con propósito
Ya sabido y mano que ya trabaja sin nunca errar.
    Dulce fuego progenitor de musa, mi alma esto precisa;
Quiero el único arrebato de una inspiración.
Si entonces tú en mis tardas líneas extrañas
El vaivén, la crecida, el gorjeo, la creación,
Mi mundo de invierno, que apenas respira esa dicha
Ahora, te entrega, con unos suspiros, nuestra explicación.



22 de abril de 1889