Nota introductoria

 

Creada casi en secreto durante el último periodo victoriano, la obra de Gerard Manley Hopkins —una de las más intensas y originales de la poesía inglesa— no se editó sino hasta 1918, en un mundo sin duda mejor preparado para concebir tanto sus búsquedas formales (su experimentación rítmica hizo escuela), como su angustia y desesperada alegría. Hopkins presintió en carne viva la desintegración de un orden de cosas y, anticipándose a ella, violentó las convenciones por explorar el entrevero profundo de voluntad y naturaleza, verbo y encarnación, y revelar en nuevas formas la permanencia esencial de la vida. Es un poeta de la dualidad que no busca trascenderla sino armonizarla, y de hecho no supone otra unidad que esa armonía; un poeta religioso cuyo Dios sólo a los sentidos se manifiesta.

Nacido en Stratford, Essex, el 28 de julio de 1844, Gerard fue el mayor de los ocho hijos de Manley Hopkins, próspero pequeño burgués dotado de curiosidad intelectual y afición artística, y su esposa, mujer devota y contemplativa. El poeta se orienta en un principio hacia la pintura, y es con ojos de pintor como empieza a discernir, durante sus años de estudiante en Oxford, lo que será el concepto central de su estética, y lo nombra inscape: la hermosura específica y peculiarmente distintiva de cada objeto, “belleza individual de estilo” que es “lo esencial y lo único perdurable” y, así, el vislumbre de lo eterno en lo fugaz. Esta epifanía cristaliza a partir del instress, término con el cual se designa la energía cohesiva que sostiene el inscape, el principio por el que las partes coinciden en el todo, así como el yo o personalidad de quien percibe dicho inscape,1 o de otro modo —en el nuevo inscape creado por la relación entre el observador y el objeto— la visión que imparte sentido y el sentido que afecta la visión: “no es la excelencia de cualesquiera dos (o más) cosas en sí lo que constituye la belleza, sino aquellas dos cosas contempladas una a la luz de la otra”.2

En su propia vida, Hopkins luchaba por procurarse un principio de cohesión a través de la búsqueda de “la única Iglesia visible”. Anglicano, defendió esa tercera vía, cada vez más desgarrada entre las tendencias protestantes y romanizantes, para al cabo ceder a estas últimas. En 1866 se convirtió al catolicismo; dos años después ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús. Con tal motivo destruyó gran parte de su poesía y decidió no escribir más “por no ser propio de mi profesión”. Pero sus estudios de teología lo condujeron a Duns Escoto, cuyo énfasis en la forma particular (el ser-esto) como perfección final de lo creado y punto de partida para todo acto del conocimiento, vino a corroborar las nociones de inscape y a sancionar el ejercicio de la individualidad. Aun así, fue preciso que un superior lo instara a conmemorar la muerte por agua de cinco monjas franciscanas, para que Hopkins rompiera su silencio y escribiese su primera y mayor obra maestra: The Wreck of the Deutschland (1876), donde ya manifiesta plenamente su dicción peculiar y vigorosa y explora las posibilidades del ritmo cortado (sprung rhytm), que “consiste en escandir sólo por acentos, sin tener en cuenta el número de sílabas, de modo que un pie puede constar de una sílaba fuerte o de muchas débiles y una fuerte... Me parece un principio mejor y más natural que el sistema ordinario; mucho más flexible y capaz de efectos mucho mayores”.

El poema fue rechazado por el órgano jesuita The Month, y la misma suerte corrió otra relación de naufragio, The Loss of the Eurydice (1878), compuesta en el mismo ritmo pero más conservadora en su sintaxis. Rechazando la idea de recurrir a un periódico laico, Hopkins abandona toda intención de publicar, no por desdén de la fama sino porque desespera de ganarla “y lo que en modo alguno basta para la fama pública puede ser más que suficiente para la notoriedad privada, que es lo que temo”. Así, este hacedor de versos que —como él mismo reitera—reclaman la voz alta, se limita en vida a dos lectores, ambos poetas y amigos de los tiempos oxonienses: el canónigo R. W. Dixon y el futuro laureado Robert Bridges. Al segundo se debe la edición póstuma de Hopkins; a Dixon, la que acaso sigue siendo la más certera definición del temple de esa poesía: “el terrible cristal”.

La obra se va inscribiendo al margen de los deberes clericales: entre 1877 y 1881 Hopkins sirve como predicador, misionero o párroco en diversas localidades, incluyendo un arrabal de Liverpool; de 1882 a 1884 enseña en Stonyhurst y luego es asignado a la cátedra de clásicos en el University College de Dublín. En ese exilio material, reflejo del que vive crecientemente en espíritu, transcurren sus últimos años. A principios de 1889 su salud, nunca muy robusta, empieza a decaer con rapidez; el 8 de junio muere diciendo: “Soy tan feliz, tan feliz.”

Toda traducción implica una pérdida; en el caso de Hopkins, ésta es incalculable. Conscientes de su pobreza, las presentes aproximaciones aspiran a ser, dentro de ella, lo bastante fieles y claras para dar una idea. La selección es también insuficiente, pero no insustancial: mal podría serlo tratándose de una obra que es casi puro meollo. Si no figuran The Wreck of the Deutschland, llamado con justicia por Salvador Elizondo —su traductor en proceso— “el más abtruso y perfecto de los poemas del padre Hopkins”,3 ni The Leaden Echo and the Golden Echo —del que existe una versión inédita debida a Remy Bastien—, se incluyen casi todos los últimos sonetos, “en muchos sentidos —dice W. H. Gardner— el logro culminante de Hopkins”, así como una decena de los anteriores y dos obras juveniles. Para la traducción de Spring y The Windhover compulsé las de Jaime Emilio Muñoz e Isabel Ugalde;4 a ellas y a lo dicho se reduce mi documentación sobre Hopkins en castellano.

 

 

Juan Tovar

 

1 Cf. Luis Cernuda “Gerad Manley Hopkins”, en Pensamiento poético en la lírica inglesa: siglo XIX, UNAM, 1974

2 Las citas de Hopkins provienen de textos incluidos en Poems and Prose, Penguin, 1975. Edición preparada por W.H. Gardener, de cuyo prólogo se ha tomado en gran parte la información biográfica

3 “Proyectos”, en Vuelta, núm. 12, noviembre, 1977.

4 “Primavera” y “El halcón”, en Revista de Bellas Artes, núm. 24, noviembre-diciembre, 1975.