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Eraclio Zepeda
Nota introductoria
Patrocinio Tipá
No se asombre, sargento
De la marimba al son (fragmentos)

No se asombre, sargento

 

Esto jué entrando la nochecita; serían por ahi de las seis de la tarde, porque ya los zanates se dejaban caer como puñados de frijol sobre el zacatal. Yo tenía como dos diyas de no dormir, esperando que en cualquier momento el viento cambiara de camino y se llevara al ánima de mi tata que ya se andaba queriendo morir desde dos semanas antes. No se sabe qué es lo que tenía; el dotor nomás meneaba la cabeza de un lado pal otro, igualito que un gavilán cuando anda buscándole el ruido a los conejos: nomás eso hacía, digo, y no declaraba qué es lo que le había caido al tata quebrándole el cuerpo con aquellos calenturones como de terciana. Que si era esto, que si era aquello, y no sé cuántos decíres más. La verdá es que desde que le echó la primera revisada yo me quedé con la seguridad de que aquel dotor nomás andaba dándole vueltas al bramadero sin saber en donde meter el ñudo.

El tata era hombre macizo, cuerudo como decimos; pero de pronto, cuando vino a ver, se le empezaron a poner los ojos turbios, ya no aguantaba la boca, y ya no se pudo levantar del catre; ansina empezó la cosa: después pujaba y echaba maldiciones porque se quería parar pa meter el hombro en las tareas, pero ya las juerzas no le daban cabalidá. A yo me entraba un pálpito por los dedos cada vez que entraba al cuarto y le pasaba las manos por aquella cara que parecía piedra de rescoldo por lo caliente. Y él nomás me quedaba viendo y buscaba la manera de reírse conmigo, y yo también le contestaba de la misma inteción, pero por dentro sentía que me quebraban el chacho y me cundía por todo el cuerpo una retumbadera de hipos que parecía que ya mérito me iba a poner a chillar. Sólo por no darle un disgusto al viejo jue que no se me pusieron de cristal los ojos con la lloradera. Pero apenitas salía del cuarto me iba pal corral y allá me hacía guaje hasta que me pasaba el sentimiento.

Yo, desde que cayó enjermo, sabía que ya se le había pelado la fortaleza y que no era más que una cañita seca de milpa. Supe que el tata no tenía pa cuando sanar; y lo más seguro era que ya no volviera a caminar más nunca. En las noches me jalaba los pelos y me mordía la boca pa no pegar de gritos, porque yo sabía que no quedaba otra cosa sino irle a buscar su lugarcito pa enterrarlo, porque era seguro que se me moría. Palabra que sentía un miedo como el que dan las cuevas de Cerro Hueco cuando uno las mira de chamaco; esa misma calazón que da la soledá y la negrura era la que me tenía golpeado en aquellos diyas de la gravedá del viejo. De la misma formalidá que si él me estuviera contando cosas de en antes, yo veía un montón de sucedidos que me pasaban por la cara, y eran cosas que habíamos visto juntos el viejo y yo. Ansina eran todas las noches: de la cruz a la firma del sueño yo no podía ni cabecear viendo aquellos recuerdos que se me metían por todos lados como avisándome que ya eran los últimos momentos que pasábamos juntos; algunos de esos recuerdos me hacían chillar de tristeza y hasta puéque también de alegría, y esos eran los que se me encajaban en el corazón; pero otros me rechinaban los dientes de coraje y se me acomodaban en los camotes; otros se me clavaban por debajo y yo me sonreía de contento porque es que me había acordado de alguna mujer; pero otros de plano me hacían carcajiar y era que se me metían por los sobacos porque yo sentía que me cosquilleaban de al tiro. Así me pasaba aquellas noches: pensando y repensando recuerdos que me salían de quién sabe dónde, y yo los jugueteaba y aluego los volvía a surdir en la oscuridá, pa volverlos a sacar al rato como si juera uno de esos güeyes que nomás se la pasan eructando la comida pa volverla a masticar. Y en medio de todas esas revolcaderas en el catre, lo que más me calaba era que en toda la vida no había sabido gozar de la cercanía del tata; nomás muy de vez en cuando me le acercaba; pero casi siempre me la pasaba viéndolo de lejecitos como si sólo juera un conocido. La verdá es que él y yo habíamos vivido en una vencindá nomás, pero no muy platicamos de cosas de verdá. Y todo por mi culpa. Primero jue porque a las horas de juntarse yo prefería pelarme al monte a buscar animalitos pa matar; aluego porque me tenía que esconder de sus ojos pa echarme el pinche cigarrito. Y más en después, porque prefería cambalachear sus pláticas por las bebederas con los amigos o por seguirle el paso a alguna hembra. Ansina siempre, por cualquier babosada, yo me le pelaba al viejo y casi no lo había oído platicar de todo lo que él sabía. Sólo muy de cuando en cuando, en los campamentos, cuando a juerzas tenía que estar con él, es que me hablaba de lo que tenía guardado pa contármelo a mí, de lo que sabía, de lo que había visto o de lo que le había tocado hacer. Y yo me ponía más contento que una ceiba llena de pericos de oirle todas aquellas cosas. Y cuando regresábamos pa la casa yo les presumía a los compañeros de lo que había aprendido y me hacía el compromiso de ya no separarme del viejo pa seguir oyéndolo. Pero a los pocos diyas ya andaba por ahi haciéndome el amalditado buscando mis cosas lejos de su autoridá. Total y cuenta que ahora que el viejo se me andaba muriendo yo sentía un coraje de todos los diablos contra mí solito por no haber oido sus palabras que tanta falta me hacían ahora. Me daba cuenta que no había aprendido nada del viejo; que sólo de a por jueras lo conocía bien; pero de su carne no había agarrado nada por mi culpa. ¡Uno no sabe qué tal es la tierra hasta que la vende!

Me acuerdo cuando se murió mi nana: el viejo estaba como si le hubieran metido un balazo; hablaba nomás por hablar; pa que no dijeran que era llorón. Pero en su soledá el pobre se había quedado como uno de esos palos huecos al que las hormigas le han robado toda la interioridá. Yo era ansina de chamaquito, pero también estaba que no podía decir nada de la pena que me andaba pegando. Y quién sabe por qué, pero la tristeza del tata era lo que más me dejaba rompida el alma. Y yo, pishpilinito como estaba, me hice la obligación de cuidar al viejo, de ya no dejarlo solo, de que siempre me sintiera cerca del ruido de sus espuelas. Pero apenas acabamos de rezarle su novena a mi nana, ya cuanto hay me había olvidado del pensamiento, y ya andaba otra vez trotando con toda la chamacada buscando nidos de pajaritos. Y el viejo solo en su soledá.

Y ahora que el viejo se andaba muriendo me crecía la carga de conciencia, y también me maldecía por no haber sabido acompañarlo. Pero ya pa qué. Eso es lo que pensaba: ahora ya pa qué.

Ansina fueron pasando los diyas, cada vez me convencía más de que el viejo no tenía remedio. La enjermedá se lo estaba chupando. Ya no era ni su sombra lo que ahora se revolcaba bajo las chamarras del catre. Que me maldigan los santos si hice pecado, pero casi quería que ya se me muriera porque a las claras veía que estaba sufriendo más de la cuenta. Él, que siempre había sido como un muchacho por su fortaleza, debe de haber estado con el desconsuelo pudriéndole la agonía de ver que ya no le quedaban esperanzas. Al menos eso era lo que yo me figuraba. El tata se iba quedando con el puro pellejo untado sobre el esqueleto, y yo nomás lo veía y la tristeza me cundía de plano.

Un día amaneció sin calentura y yo me empecé a alegrar y a pensar que a lo mejor se salvaba. Pero cuando el dotor llegó me dijo que eso era lo pior. Que cuando la quemazón se acaba es que ya la vida se dio por vencida, y ya no quiere seguir pataleando. Y ansina jue realmente.

Ese día cayó un gran aguacero que duró desde que tempraneó la mañana hasta que se contó el ganadito. Toda la jornada jue un solo lloviznar, y macizo, como aquellos aguaceros que ya no se ven seguido. A mí eso me tenía encabritado porque mi nana se murió en día de llovizna, y ella decía que la nana grande también se había pelado en medio de un temporal. Son esas señas que no fallan.

Como decía al principio, serían las seis de la tarde cuando el dotor salió con una cara larga como un tecomate, y todo pálido.

—Quién sabe si hice mal —me dijo—, pero su papá me preguntó que si tenía remedio y yo lo vi tan macho y tan seguro que no lo quise engañar y le hice ver que estaba grave y que se iba a morir. Así se lo dije.

Yo sentí como si me hubieran metido un palo ardiendo. Pegué un reparo y de un salto me paré del banquito en que estaba sentado y me quedé parado frente al doctor. Estaba con el coraje rebalsándome la boca. Hubiera querido agarrar el machete y darle por la madre allí mismo. Tenía piquetes en los ojos como si me hubiera untado chile. Pero aluego me puse a pensar que tal vez eso era lo mejor; al tata siempre le habían gustado las cosas derechas y a lo macho. Recordé que una vez me había dicho que lo bueno aquí en el campo es saber cuando se va uno a morir; que en el campo la muerte no es más que un sucedido que a juerzas tiene que llegar y casi siempre es hasta una salida pa los problemas. Porque pensé todo esto, y porque el dotor, pa qué es más que la verdá, me quedó viendo muy machito, jue que me empecé a apaciguar, y con la cabeza le di a entender que lo que había hecho estaba bien. Aluego me voltié y me quedé viendo pa la pared, hasta que oí clarito los cascos del caballo del dotor pasando por las lajas de la tranca. Entonces respiré hasta onde pude y me jui pal cuarto del tata; me urgía verlo porque el pobre debía de estar queriendo consuelo.

Antecito de la puerta entuavía me detuve. Me quedé buscando la manera de hablarle. De que se olvidara de lo que le habían dicho, de que supiera que ahí estaba su hijo pa darle la mano en los momentos alrevesados, y sobre todo, me quedé parado pa coger valor, porque sentía que de las piernas me subían olitas de calosfrío y si el tata notaba que yo ya mero soltaba la lloradera se iba a poner enojado. Eso me quedé haciendo cuando oí que me llamaba. Ya sin pensarlo más eché el paso y me metí en su cuarto.

—Si viera usté qué galán está lloviendo —le dije—, este año vamos a tener buen tiempo pa trabajar.

—Tenés que aprovecharlo. El gasto va a ser juerte. Así que pónete a pensar qué es lo que vas a hacer pa ir pagando las deudas que salgan.

Yo me hice guaje y me puse a ver por la ventanita como si no hubiera entendido lo que me había querido decir. Frente a la ventana pasó despacio el caballo del viejo y yo no más por hablar le dije:

—¡Si usté viera qué hermoso anda su caballo! Con estos diyitas de descanso se ha puesto como bestia de general por lo gordo. Le va a dar alegría cuando usté lo vuelva a montar. Caballo acostumbrado a buena rienda sólo a esa mano se encariña.

El viejo se empezó a sonreír pero aluego, de golpe, cortó el gusto y me dijo:

—Ese animal véndelo a una persona que sea muy de a caballo. Y que se lo lleven pronto pa que no le caiga sangre en su corazón de la tristeza de no encontrarme.

—Pa qué dice eso…

—Pos tal vez tú no estés sobre avisado, pero yo me voy a morir dentro de poco; ya me lo dijo el dotor.

—No piense eso, tata.

Entonces él me hizo una seña con la mano como diciéndome que me callara.

—Ahora tú vas a ser el que se quede al frente de todo. Procura ser como son los hombres; siempre listo pa cualquier eventualidá y a resolverla como debe ser. No te eches pa atrás en nada de lo que sepas que tienes la razón y también reconócela cuando no la tengas.

Yo sentí que una chibola me subía y me bajaba por la garganta, pero el viejo me obligaba a ponerme hombrecito nomás con demostrarme su serenidá.

—El dotor me dijo que tal vez no pase la noche ¿lo sabías?

Con una seña de la cabeza le dije que sí, y él me quedó viendo como esperando que yo le dijera más cosas:

—Desde la semana pasada supe que usté se iba a morir, y desde entonces he estado preparando todo lo necesario.

Clarito vide cómo al tata se le alegraron los ojos y yo entendí que era del gusto de verme controlado; aluego me puso su mano sobre la frente y yo la sentí fría, fría, como si la muerte ya le anduviera buscando la embocadura.

—Procura que todo quede en orden. —Y aluego me acercó más la cabeza jalándome con su mano—. Y que no hayan gritos ni nada en el velorio. Si falta dinero pedíle prestado a mi compadre José; él te dará lo que haga falta pal entierro. No es que tenga obligación; pero hemos sido muy amigos.

—Desde hace como siete diyas me dijo que todos los gastos corrían por su cuenta.

Mi tata se sonrió y movió la cabeza. Esos son amigos —dijo— que no fallan ni se escuenden cuando uno los precisa.

Y aluego como si no quisiera que se le fuera a ir ningún pensamiento de los que se le venían:

—Oí... ahí me buscas un lugarcito que no esté tan pior pa que me entierren.

Yo sentí que me puyaban los riñones, pero hice la juerza y ni siquiera moví la cara. Me lo quedé viendo y le di a entender que de eso ni tuviera cuidado. En después ya no pude aguantarme y le dije:

—¡Caray viejo! ¿Cómo puede usté estar tan macho hablando de estas cosas sin que siquiera le tiemble la voz?

El tata se sonrió.

—Cuando está uno viejo ya no hay miedo de nada. Uno anda tranquilo porque ya hizo de todo, y todo lo gozó y lo sufrió. Yo estoy contento de todo lo que vide y lo que arranqué y lo que sembré. Cuando te muras, ahí lo vas a ver, también estarás igual.

—Pos quien sabe. A yo se me arruga el cuero no más de pensarlo…

—No tenés porqué. La muerte no mata, lo que mata es la suerte, y siendo ansina pos pa qué alegar. Lo que sí, acordáte siempre, nunca debes de sentirte solo; onde quiera que estés yo voy a andar contigo. Y cuando te muras yo voy a estar esperándote al ladito pa mostrarte el camino.

Así, con esa serenidá con que lo estoy contando me lo dijo. Hasta pué que más a lo macho, porque a yo, con todo y que ya pasaron sus añitos, entuavía siento una urgencia en el gañote cuando platico de estas cosas.

Me quedaba mirando como si se quisiera aprender de memoria mi cara pa no olvidarme en el otro mundo y poderme reconocer cuando me viniera a enseñar el camino de los muertos de ley. Y yo sentí que sus ojos me picoteaban la cara.

En después me estuvo platicando sus recuerdos. De lo que yo nunca había querido oírle me estuvo platicando. Y era como si de plano juéramos cuates más bien que padre y cría. Me contó de cuando anduvo con la carabina repartiendo muerte en la bola, de las ciudades que vio, de sus amigos, de sus enemigos, de sus risas y sus miedos; hasta de sus mujeres y de algunos hermanos que a lo mejor me dejó rodando por las rancherías. A las claras se veía que no quería llevarse ningún recuerdo pal entierro. Y yo los recibía como si juera lluvia de abril, porque a lo macho nunca he aprendido más cosas que esa noche. ¡Cómo sabía cosas el viejo!

Yo sentía que estaba recuperando todo el camino chueco que había caminado. Que en esos últimos decires el tata me abonaba la boca con sus cosas; que me dejaba de golpe todo lo que yo debía ir cargando poquito a poco. Pero me sentía tranquilo, porque ahora sí lo sentía a él bien cerquita del corazón como si lo tuviera adentro de la camisa.

—Acordáte: cuando te murás yo te voy a estar esperando: no tengas miedo. Hay dos cosas a las que no tiene caso sacarles la vuelta: nacer y morirse. De una y otra forma que te caigan es lo mismo. Lo que sí, hay que ponerse listo pa hacer lo que se debe en la vida pa poderse morir tranquilo.

Y yo lo quedaba viendo.

—Otra cosa que debes recordar es que es mejor que te maten por lo que sabes que es la verdá que vivir jediendo a mentira.

Así estuvo hablando toda la noche y pegado a la orilla de su catre. A cada palabra que sacaba a las claras se veía que se iba quedando más acabado. Yo veía que se me estaba pelando, y me daba un rechinamiento de güesos el solo pensar que no le podía echar una manita pa nada. Cuando cantó el gallo me dijo: Agarráme juerte la mano—. Y yo se la apreté y él se jue poniendo más pálido. Movía la boca sin parar y cualquiera hubiera pensado que estaba rezando, pero yo que lo conocía bien sabía que nomás repasaba recuerdos pa no olvidarse de nada. De repente los chuchos empezaron a latir muy feo, como si tuvieran miedo o como si estuvieran llorando, y yo sentí que el tata me aflojaba la mano. Le besé la frente igual que cuando se iba pa cualquier viaje y le cerré los ojos. Aluego le prendí unas velas y me jui a arreglar lo necesario y a llamar a los amigos.

Ansina jue como se murió mi tata. Ansina me enseñó a morir. Ansina jue que me dijo lo que se debe hacer. Ansina jue que me prometió que siempre iba a andar a mi lado esperando a que me muriera pa vigilar que todo juera como es la obligación; pa que constatara que hijo de tigre tigrillo. Por eso es que usté no debe espantarse que yo esté tan tranquilo. A cada palada de tierra que saco es una carga menos que tengo. Cuando acabe de abir la tumba ya todo va estar arreglado. Pero yo voy a andar entero porque es como hay que portarse, como es la obligación. Porque sé que en estas llanadas lo mejor es no patalear cuando nos llega la hora; porque sé que el tata tenía razón cuando me dijo que la muerte no viene a ser más que un caballo matrero al que algún día tenemos que montar. Por eso es que estoy tranquilo señor. Y usté, sargento, también debe de estar igual. Hoy le toca tirar a usté, mañana le tocará recibir.

¡Bueno! yo ya acabé de hacer la tumba. No más le recomiendo que me entierren hasta el fondo. Usté dice, sargento, en dónde me pongo pa que me fusile.



 

 

 

 

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