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Rafael Cadenas



Selección y nota introductoria de Julio Ortega



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Nota introductoria
 
La poesía de Rafael Cadenas (Venezuela, 1930) es un tejido hecho de varias voces (arcaicas, internas, luminosas) que trama el hilo cierto del silencio (absorto, lúcido, impertérrito); por eso, dice tanto como calla. Leer a Cadenas es recorrer el entramado (sutil y firme, delicado y tentativo) de un proyecto poético que se arriesga a darle la palabra al silencio.

Como en la paradoja de la mística, en este proyecto se trataría de decir más para que el silencio consiguiente sea una forma del habla; esto es, callar es una plenitud, hablar una ruta convocatoria. Por eso, el poema es una orilla: el nuevo espacio que el lenguaje avanza para albergar a la fuerza del enigma, que no tiene idioma. Entrevisión, el poema es un vestigio: lo enciende el asombro, lo abruma la nostalgia de certeza. En tanto huella, se cumple en la soledad del lenguaje, en su interior deshabitado. En tanto ardor, da cuenta de los poderes de nombrar como de las carencias de figurar: nombrar es recobrar el hilo de la voz, pero es también un largo rodeo, un incumplimiento.

Hace cincuenta años que este poeta habitado de silencios explora las orillas de su propio territorio. Su poesía traza un mapa insólito en la poesía hispanoamericana, por su libertad y por su rigor, por la fidelidad a su empresa reflexiva, tan austera como imaginativa. En ese mapa, el poeta no es el protagonista de la palabra, ni siquiera su oficiante favorecido sino, más bien, su creyente (practicante) y devoto (vigilante) orfebre (cada palabra es una ofrenda). Desde la perspectiva del destierro (exilio, extrañeza, marginalidad de su tarea de solitario obediente), el poeta busca, en primer lugar, exceder los protagonismos del yo (el testimonio le es falso, lo personal sustitutivo) y acudiendo a las fuentes budistas ejercita una recusación del sujeto. Pero ese trabajo es sólo uno de sus ejercicios espirituales en pos de la palabra religadora; luego, en la mística y la tradición carmelita encontrará un modelo de perfección y exigencia. Esta vocación de austeridad y estos trabajos de ascesis no obedecen a la búsqueda de una palabra superior sino a la necesidad, más vital, de recuperar lo sagrado como un palpito desoído.

En la poesía de Cadenas se produce, por lo mismo, el doble movimiento de una concentración del nombre (revelado, salvado) que se enuncia en un espacio despojado (desasido, extranjero); la palabra brilla en el desierto, como un trago de agua benéfica y pronta. Así, casi todo lo que este poeta ha escrito (verdadero aventurero inmóvil) es una reflexión y una refracción de la poesía. Los poemas son trazas de esa fuerza nostálgica y vehemente que se rehúsa a reconocer en los límites de este mundo los del lenguaje; y que apuesta siempre a ampliar el sentido en la aparición de una huella inesperada. Cada poema, por ello, es un asedio, un poco del fuego del camino.

No es casual que Rafael Cadenas haya también reflexionado sobre la suerte civil del lenguaje, y haya denunciado los usos y desusos de la lengua pública en su país. Justamente en un país como el suyo, que se concebía a sí mismo como una realización cumplida de las modernizaciones, la lengua franca comunicacional parecía poner en peligro, cuando no en duda, la razón no utilitaria de otros decires tradicionales. El uso de la palabra es una responsabilidad moral (una forma del entendimiento comunitario) pero también una libertad interior (un saber de la orfandad) capaz de rehacer nuestro lugar en este mundo en el poema de las refutaciones, en la demanda de una palabra verdadera. En sus ensayos y aforismos, Cadenas ha demostrado su amorosa vigilia por la palabra tribal tanto como su reflexión sobre los límites del lenguaje.

A lo largo de estos años, su obra inconfundible (sobria, cifrada, extraña a los énfasis del día) ha ido ganando en reconocimiento a su solitaria tarea. Esta es una obra del todo gratuita: no conoce un programa previo ni nos impone una voz autorizada. Sin embargo, está animada por una poderosa demanda: nos dice que el lenguaje de la poesía espera más de nuestro propio lenguaje, y nos cita a la orilla de sus decires para hacer de nuestra voz parte del hilo, una figura en el entramado. Porque esta poesía que renuncia a los correlatos objetivos, que le darían un espacio del habla, un lugar donde situar su reclamo, busca porfiadamente el diálogo con el tú que, desde lejos, la enciende. Es un diálogo aproximativo, hecho de fulguraciones y mutuos silencios, en una forma de comunicación no prevista, que espera hagamos un alto en el camino, un silencio en el ruido, un espacio discreto entre los discursos dominantes. De pronto, en efecto, empezamos a hablar con estos poemas, y sus primicias de certeza y de duda, de afirmación y de zozobra, nos descubren entre el milagro y el balbuceo, entre el asombro y la nostalgia.

La poesía de Cadenas es una invitación a la soledad, una conversación en sus umbrales. Hecha a nombre de la casa de la lengua, de la morada poética, nos descubre la saturación en que andamos, la redundancia en que hablamos. Y nos comunica el deseo de una palabra por hacerse, de una voz por pulirse, de un camino por abrirse en esta orilla del poema perdido y prometido. Por eso, hablar es para ella reconstruir el silencio, al que se debe y al que convoca. El poema está hecho de espacios discontinuos, puentes quemados, pausas y elipsis, que dictan su propio ritmo, su textura aérea, sus imágenes encendidas al viento del desierto.

No hay que creer, sin embargo, que esta poesía de la promesa es una fácil cosecha de milagros. Todo lo contrario: de las plenitudes nos queda aquí el tono de una elocuencia extraviada, los gestos del asimiento que declaran el drama de la marginalidad. Estos poemas asumen que el tramo de agonía y frustración es más largo; las evidencias del desastre y la indiferencia son diarias; el sentido del arte, cada vez más problemático. En ese espesor del mundo, el poema es una convocación, lúcido de sus escuetos recursos, incierto en su plan de asedio, y a veces incluso burlado por la poesía casual de las cosas. En este despojamiento de la escritura, en esta reducción de recursos a la mano, el poema de Cadenas extrema su adivinanza, arriesga su traza, y se abandona a su suerte, entre unas imágenes de asombro y la ceniza de unas palabras. La poesía es trabajo, como en la alquimia; esto es, el largo proceso que se demuestra a sí mismo en una tarea de convocaciones y revelaciones.

No pocos de sus poemas son parte de la memoria cultural de su generación, y hasta uno de los puntos de referencia del tránsito hacia el espíritu crítico que, desde los años del desencanto, predomina en la cultura venezolana reciente; varios de esos poemas, que se conocen en América Latina a través de antologías, dan la entonación de los tiempos actuales, la convicción de una palabra que habla desde su propio territorio, sin prédica ni dictamen. Esta es una poesía que no busca hacernos cambiar de opinión, sino de vida comunicativa; porque su demanda de humanidad está entregada a las posibilidades de que el habla nos devuelva al sentido. Ese otro diálogo es lo que está por hacerse; y éstas son algunas páginas de ese proyecto.

 


Julio Ortega

 


De Una isla (1958)


[Vengo de un reino extraño...]
Fragmentos
Despedida
Ausencia
 

Vengo de un reino extraño...
vengo de una isla iluminada,
vengo de los ojos de una mujer.
Desciendo por el día, pesadamente.
Música perdida me acompaña.
Una pupila
cargadora de frutos
abandonados
se adentra
en lo que ve.
Mi fortaleza,
mi última línea,
mi frontera con el vacío
ha caído hoy.

Música entregada en el desastre.
Mis manos han sentido crecimientos puros.
El amor ya no avanza ahogándose en preguntas.

Claridad sin quimera se insinúa, lenta.


*  *  *

Muelle de enormes llamas.

Navíos que viajan al sol,
música de tambores,
sales desencajadas,
piélago de niños desnudos,
marineros que descargan plátanos.
Ciudad de corazón de árbol, de humedades temblorosas,
    de juncos que danzan.
La luz golpea mendigos,
divide al mundo en dos memorias.
Mi frente se hunde en la cesta del mediodía.
Un espejo copia el deseo que se remonta al acosado
    firmamento.
Soy latido, sonrisa, adoración.


*  *  *

    Piélago como fruta que acerco a mi boca.
    Isla respiración, el que desheredaste para que se sostuviera con su memoria, te ama.
    En ti vivió, creció como un beso, enflaqueció frente a la luna, fue conquistado.
    Ahora hace ofrendas a cielo abierto, se ahoga sin clave, se sostiene en su naufragio.
    Desde entonces es un habitante.


*  *  *

    Con sonidos de selva la bailarina danza en la noche sucia.
    Carbón vegetal.
    El hálito verde de su cuerpo que gira en un pozo azul salpica las mesas.
    Su risa en la densa luz rasga ojos inseguros.
    A la puerta alguien vela.


*  *  *

Tú que caminas esta noche en la soledad de la calle,
vas llena de besos que no has dado.
Del amor ignoras la escritura prodigiosa.
Aunque no me conoces, en mi cuerpo tiembla el mismo
    mar que en tus venas danza.
Recibe mis ojos milenarios, mi cuerpo repetido, el susurro
    de mi arena.


*  *  *

Luminosas bienvenidas de la tierra.
Cielo plateado, subyugadas colinas, plantaciones de coco,
    tren de nubes, olor de viandas.
Alfombra mágica de los labios.
Regia marcha. El camino está lleno
de palmeras grises.
Vamos hacia San Fernando.
Recorreremos la ciudad de madera y su sortilegio de vívida
    noche nos encantará.
Tú y yo solos e inmensos levantando nuestra rosa a las
    frías tinieblas
arqueadas sobre un cigarrillo.
Las tinieblas dulces.


Fragmentos


1

Vivos como plumajes quedarán estos espacios.

2

Escribo
como el que se inclina sobre el cuerpo que ama.

3

La que encanta las orillas llega sin más escolta que el deseo.

Hebra que conduce fuera del pensamiento.

4

¿Quién presagiaba diásporas, cruentas escrituras, tierras de castigo?

5
MAPA

Figura de hombre arrodillado que crece cuando me quedo solo, miro alrededor y reabro mi memoria.

6

Un canto oscuro estremece la paz de la madera.

7

La noche habla a las puertas.

8

Alguien azota a un hombre y no llora.

9

Es noche en Point Cumana.
Aquí se olvida. No pienso, pierdo de vista mi edad, ni siquiera me percibo. Sólo sé que ando, voy y vengo, transcurro, sin conciencia.

10

Cerca como mi traje,
lejos como un barco después del adiós.

11

No teníamos nada y éramos magníficos.

12

Quita tu cuerpo del espejo
                                         y
                                              oblígalo a ser nube.

13

Tus ojos donde restallan las iras del trópico,
tus ojos habituados a la oscuridad de los follajes,
tus ojos que sólo saben zarpar hacia el exceso
                                                                      no resisten
la felicidad.

14

Penetro
en el sol manchado de tu mirada —la rosa perdida.

15

Isla,
negro pájaro,
llama incesante,
viaje a donde todo gira,

mi paraíso, mi rama, mi desborde
lo he perdido
¿quién se llevó la esmeralda?

Humedad de luces prófugas.
Lo he perdido
y caigo de repente
en el vértigo de las manos desesperadas.

Onda,
diamante de los ojos,
herida que se adelanta al tiempo,

espuma sagrada en mis labios para siempre.

16

Me has dado el paso con que voy
al encantamiento.

17

Voluptuosos márgenes persiguen una sombra febril.

18

Vengo a espacios llagados, y en mi boca se entristece el paraíso.

19

Hoy hago memoria de tu reino.
Voy contigo a ruidosos mercados donde mujeres de piel
    cobriza venden hojas, a los muelles atestados de frutas,
    a la Grand Savannah donde los amantes encuentran la
    oscuridad para verse.

Paseo a tu lado por la ciudad, la recorremos como una feria,
    estamos otra vez alegres.

20

En esta ciudad nadie escucha el viento,
ni los follajes que se inclinan a la tierra como trofeos
ni la carne de brillos imperiosos
ni los pozos trémulos. Este es tu destierro, memoria.

21

Me conocí a tu lado en la hierba
como puro olvido.

22

Crezco
de su desaparición.

No quería partir.
Sobre la memoria sólo vive el musgo.

Me extravío.
El tiempo me empuja a su mesa salobre.

Regreso.
Una mujer nace sin cesar.
“Son dos chelines
para llevarlo a donde quiere.”
Oigan,
sólo dos chelines
cuesta la dicha.

Ella sale de la espuma,
pero no recuerdo más, nada, la noche en mí.

23

El agua era brillante, pero no existe pozo igual al que
    aparece en el sueño.

24

Los ojos inocentes reconquistan territorios perdidos.

25

He vuelto.
Los ojos han encallado en playa inhospitalaria.

Traigo el vellón morado de los orígenes, la noche estancada
    en los ojos de los atunes, la cara de la tierra en sus
    confines indolentes, siestas donde suenan acantilados,
    nubes ardiendo, viandas de rara esencia, fulgor de
    grandes hojas
y manos inmemoriales.

26

Me levanté con las luces del día,
como de niño cuando había viaje en casa.
Sobre mis huellas volaban las mismas aves
pesadas de sol,
viento,
llovizna.
Resonaron las costas por última vez, mi cuerpo se
    acostumbró a caminar de nuevo y con la sal perdida
    construí una torre
llameante.

27

Crece sobre cicatrices la rosa de un mediodía.


Despedida

Nuestras inscripciones fueron barridas,
nuestros lugares devorados por la arena,
nuestras fiestas convertidas en fogatas que avientan
    su ilusorio mediodía.
Contemplamos la devastación.
Todas las creaciones de nuestros ojos
se hunden.
Respiramos
separación. El cisma
es nuestro
refugio.
No hay luz que nos enlace
pero una vez
corrió el licor abandonado,
desconocidas fuerzas de unión
manaron para marcar a fuego
toda la vida.
Ahora
quiero sentir sobre mí la alianza
que anonadó nuestros rostros.
Devuélveme el fulgor
y los ojos que le pertenecen.
El vino se ha eclipsado.
Los días de los amantes también pasan.
Excelencia de lo vivo sobre lo vivido.
Costa que se aleja,
puedes
darme el poder
de vivir en otra parte.


Ausencia

Te he buscado, ala de mar, infantil.
Las aguas arrasaron la verde claridad.
Se llevaron la casa que fundé entre indigencias.
Doy vueltas en una ciudad, sin objeto, como devolviéndome.
Perdidas dinastías de los ojos, por entre duras calles
transcurro.

Déjame el camino franco hacia el valle, reino de la frente ofrecida.

Mi voz se pierde entre estos veleros que saben ser sordos,
entre cajas de manzanas, en la piel de los pilotos.
Esplendor que te confundes con mi infancia, renunciaré
a los fulgores bebidos.

Sé acariciar el día desde un oscuro jardín.

No supe si mi cuerpo acompañaba mi frente.
¿Quién creerá a mi habla seca, el fuego que conocieron
mis rodillas, lo que mis manos tocaron?
Mi palabra siempre nacerá donde la arena comienza.
Yo estaré en la ciudad, sin validez, frente a las puertas
humilladas.
Volveré a tu silencio, ciego litoral.
Pero no esperes mis ojos.

¿Quién celebra la llegada del nuevo día, el advenimiento
de la niebla, el término de la levedad?

Otra temporada se inicia y mi esclavitud a los dioses
transparentes ha terminado.



De Los cuadernos del destierro (1960)


[3]
[4]
[5]





[3]
 
      He resuelto mis vínculos.
      Ya soy uno.
   Porque ésta que ahora comienza es la temporada magnífica de la claridad donde sólo existe el haz indivisible de la amorosa conjunción. Ahora mi corazón silbante, clarividente y numeroso riega sus sentencias prenatales, sus aromas yodados, sus impaciencias pueriles, sus rumores de moscardón sobre la cebada, sus tinieblas fieles en la crueldad de estos parajes poblados por oscuros habitadores que suelen entregarse con frenesí a los desapacibles dioses de la espuma.
     No obstante me irrita el tardío lienzo de los alcatraces porque no puedo descifrar su idioma. En cambio me place el jardín de los soberanos donde habitan en espejos incomunicables los que han sido desterrados del amor.
      Fatídico, doble, sensual, echadas ya las cuentas para mis logros futuros, me he desposado con un nuevo esplendor.
      Fue el reino de las aguas.
      Hice mis particiones.
   Aguas en la memoria, absolutas como los desiertos, solamente el silencio del oro en el follaje puede compararse con su espíritu.
      Osaré recrearme en la evocación.
      Isla, deleitable antífona.
      Horma de los cuatro puntos.
      Asilo de los vientos sin paz.
     Adelantándome y retrocediendo como un preludio abro las tierras moradas.
    Una naranja resplandeciente, sola, sobre un lienzo como un deseo.
      La rama menos transparente de una constelación.
      Un vaso de ron en las manos de un galeote.
      Un viaje.
      El monumento de la sal.
      Una flecha que se dispara sola.
      El beso, el ayuntamiento, el éxtasis y la culminación.
      Los supremos vaivenes de las aguas irredentas.
      Una colmena donde se oculta un arcoiris.
      El rebaño de los puentes cuando el día cesa.
      Nuncios de autodestrucción.
      Un final.
      Aquel alocado parloteo de los loros.
      Las salpicaduras de los bañistas.
      La hamaca que se balancea.
      Tomorrow.
    "Yo quería separarme de él. Te lo juro. Amenazó con matarme. No me dejes.”
      Los dados de la noche.
    Danzas frenéticas de seres que olvidaban 362 días del año.
      Sofocos de bailarines.
    Horóscopo. Aries. Persona hiperestésica, desconfiada, buen natural, deshilvanada.
      Una mano que se tiende.
      Alambradas. En torno el Orinoco. Impasible vampiro.
      Una carta que promete ventura.
      Gloria con un conejo sobre el regazo.
      Kid.
      Otros.
      Mi frente que se enferma en los ojos de los ciegos.
      Drop me by the corner.
      Calles zumbantes.
      Civiles multicolores.
      Dominio del verde.
      El rostro de un verdugo en la taza de té.
      Aves, aves, aves celéreas, breves, intonsas.
      Adolescentes como lanzas de ébano.
      Una ciudad arrojándome del amor.
     No maternal, pero ama de llaves órficas y otras filiaciones.
      Gobernadores de las ciénagas.
      Ablaciones.
      Lutos seminales.
      Torres de caoba.
      Jazz bajo la noche blanca del Mar Caribe.
      Carrousel.
     Un lugar donde las brujas entierran a los niños abortados.
      Tabletas para matar.
      Pero allí hay, sin duda, un lugar bondadoso.
      Calles manchadas de fluidos vegetales, de baba ebria, de sexo negro, de mugres provisionales, de hálitos sacros, de africanas flexiones, de alas de loto, de mandarines venidos a menos, de dragones rotos, de fosforescencias de tigra, de aires balsámicos de amplios valles búdicos.
      Una mezquita que se baña al sol en las colinas.
     Aguas lustrales de una edad sólo divisible por potestad sin denominación.
     Armaduras de guerreros ya superados, en un museo.
    Salvation Army. Ellos nos salvarán de la misericordia divina, de estos jirones de sangre al mediodía, de este violento traje de días blancamente feroces, de la hoja de puñal, de las vestimentas crueles, del falso amor, de la pupila fija de los ahorcados, de la pieza no cobrada, de la sangre en la camisa, de la tierra que sube un milímetro cada día como cicuta, de los buques fantasmas, del santo suicidio, de la prostituta coloreada hasta las doce y luego carne fláccida de recién nacido, de la media luz o media oscuridad, de las auroras débiles, de los ídolos de bronce sobre el mar, de las respuestas a las interrogaciones y viceversa, del sueño donde se hunden bajeles blancos, de las profecías, encantamientos, idus, dilapidaciones.

[4]
 
     He entrado a región delgada.
     Todo lo que canta se reúne a mis pies como banderas que el tiempo inclina.
      Aquí el mundo es una estación amanecida sobre corales.
     Ésta es la morada donde se depositan los signos de las aguas, el légamo de los navíos, los mendrugos cargados de relámpagos.
      Éste es el huerto de las especias clamorosas, la temporada de arcilla que el océano erige.
    Ésta es la fruta de un piélago muerto, la columna desesperada del hambre.
   Ésta es la salobre campana de verdor que el fuego crucifica, la tierra donde una tribu oscura embalsama un clavel.
      Ésta es la tinta trémula del día, la rosa al rojo vivo inscrita en los anales de la selva.

[5]
 
    Una manzana de luz se reparte en heridas de cristal.
    Los días lucen desterrados.
    Todo aquí es génesis.
  ¡Oh! azogada pradera, si no sombra de diluvio, ¿qué eras cuando los días no se marchaban?
    En estos espacios la claridad me lleva de la mano bajo aves ligeras.
      Éste es el sitio que la arena sepultó en la siesta del tiempo.
    Aquí el verdor reconquista el reino de los encantadores de neblina.
       Por las vértebras de sal de la noche bogan los mendigos.
       Los transeúntes buscan sus almas solos.
       Por entre árboles morados ángeles negros tocan la noche de cuero de cocodrilo. El cielo se pega a la costra de los vegetales. Un pueblo aplastado por las pezuñas de la luna desentierra voces sepultadas por marejadas de exilio. Un adolescente oscuro mira desde un trono de luciérnagas el paso de las cebras como cordón de brasas. Pasa un elefante herido.
    Bajo este cielo de cerámica, ritual, sólo un espejo de arena donde se miran ojos cenicientos de víctimas inútiles.


De Falsas maniobras* (1966)


[Hace algún tiempo...]
Mi pequeño gimnasio

Imago
Beloved country

Nombres
Reconocimiento
Mirar
Satori
 


   Hace algún tiempo solía dividirme en innumerables personas. Fui sucesivamente, y sin que una cosa estorbara a la otra, santo, viajero, equilibrista.
    Para complacer a los otros y a mí, he conservado una imagen doble. He estado aquí y en otros lugares. He criado espectros enfermizos.
     Cada vez que tenía un momento de reposo, me asaltaban las imágenes de mis transformaciones, llevándome al aislamiento. La multiplicidad se lanzaba contra mí. Yo la conjuraba.
   Era el desfile de los habitantes desunidos, las sombras de ninguna región.
      Ocurría al final que las cosas no eran lo que yo había creído.
    Sobre todo, me ha faltado entre los fantasmas aquel que camina sin yo verlo.
      Tal vez el secreto de lo apacible esté allí, entre líneas, como un resplandor innominado, y mi soberbia injustificada ceda el paso a una gran paz, una alegría sobria, una rectitud inmediata.
        Hasta entonces.


Mi pequeño gimnasio
 

  Consta de una almohadilla que golpeo con acompañamiento musical.
   Un saco de arena donde descargo todo el peso de la calle.
   Una esterilla para hacer contorsiones que producen olvido.
   Un hueco en triángulo donde me oculto para no ver.
   Una cuerda donde me castigo por toda la prudencia del día.
   Un artefacto en forma de O en el que me doblo para evitar los reclamos de mi conciencia.
    Una barra horizontal sobre la cual me río de mis intenciones.
  Una tabla donde doy golpes innecesarios que podrían estar mejor dirigidos.
   Un pequeño extensor de idiota que me estira por todos los frutos que no tomé, los actos que no hice, las palabras que no me atreví a decir.
    Una soga donde extorsiono mi brazo derecho por todas mis indecisiones, olvidos, cambios.
      El resto lo compone el ajuar ordinario de todo deportista. Los ejercicios son efectuados en la oscuridad. Por vergüenza no admito espectadores. (El descontento sordo, por otra parte, ahogaría al que osara entrar.)
     Soy de todas maneras un aprendiz. No he podido alcanzar mis rodillas con la frente, todavía me es imposible arquearme hacia atrás hasta tocar el suelo, tampoco logro pararme sobre las manos.
   Algunas veces el exceso de pesadez me vuelve ridículo. (Me recuerdo en lamentables posiciones y siento dolor.) A pesar de mis esfuerzos sigo siendo carnívoro, rudo, indisciplinado.
      En el fondo los ejercicios están enderezados a hacer de mí un hombre racional, que viva con precisión y burle los laberintos. En clave, persiguen mi transformación en Hombre Número Tal. Llanamente y en mi intimidad, espero con ellos dejar de ser absurdo.

Imago
 

 

   Cuando un rostro se vuelve amenazante, lo desdibujo pacientemente.
      Empiezo por sus líneas, después me dedico a las sombras y dejo para el final sus sutiles celadas. Sólo trato de desarmar la figura.
       Hay que impedir que mire desde su centro dinámico, quitarle ese halo de imán que desquicia, volverlo una mancha.
       De noche practico esta cautela. Me acerco al rostro, recuerdo todos los incidentes, tomo un trapo húmedo, ordinario, maligno con el que deshago suavemente el dibujo.
       Cuando el cielo vuelve a ser blanco ya no queda nada.
    No destruyo el rostro; lo suavizo y me pliego. Aprendo a convivir con él.
       Es el recurso basto de quien exagera todas las líneas.
    No es un trabajo fácil. Requiere un gran desasimiento. El apego, el apego es el enemigo. Con sus gomas alocadas da que hacer. Produce anexiones, pueriles violencias, enrarecimientos del aire.
      Uso un procedimiento rudimentario, el que está a mi alcance.
     Tuve que idear este método, extraño a mi ser, en una difícil época. Fue al término de una crisis.
     Acababa de dejar la cascara. La imaginación se había agotado. Sólo quedaban los objetos, los firmes objetos.

 

 

 


Beloved country
 

    Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.
    País al que regreso cada vez que me he empobrecido.
    Sello, fasto, bóveda de los cofres.

    Nunca me has negado tu leche de virgen.

    Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.

    Ignoro el alcance de tu olor de especia, pero sé que has estado en todos mis puntos de partida, envolviéndome, Oriente solícito, como una ceremonia.

    País a donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro, mi anillo de bodas. Seguramente estás cerca del centro.

Nombres
 
te llamas hoja húmeda, noche de apartamento solo, vicisitud;
    campana, tersura y lascivia, ingenuidad, lisura de la piel,
    luna llena, crisis,
oh mi cueva, mi anillo de saturno, mi loto de mil pétalos,
Éufrates y Tigris, erizo de mar, guirnalda, Jano, vasija,
    tórtola, S. y trébol,
ovípara,
uva, vellocino y petrificación;
podrías llamarte...
pero tu nombre es
lecho, lavamanos, dentífrico, café, primer cigarrillo,
luego sol de taxis, acacia, también te llamas acacia y six pi
    em —em— o half past six o seven, cerveza y Shakespeare
y vuelves a llamarte hoja húmeda, noche de apartamento solo día tras día,
sí, tienes tantos nombres
y no te puedo llamar,
todo tan absurdo como esas mañanas sin amor que el
    espejo de los baños recoge y protege,
todo tan desoladamente inabordable,
todo tan causa perdida

Reconocimiento
 
      Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.
   No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez. He de encajar en mi molde.

      He acechado la aceptación súbita de mi realidad.
      Despedí la poesía que se cuelga de los brazos.
      Incendié los testimonios falaces.
      Adopté la forma directa.

      Una convergencia prospera en mí.

    Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas. Sirvo en silencio a un solo rey.

       Con huesos de ave violento los espacios cerrados.

       He sentido ráfagas de otra región sin culpa.

    Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto.





Mirar
 
    Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva, ¡sagitaria! pico de víscera, diamante extremo, halcón, ruta relámpago, ruta de mil ojos, ruta de magnificencia, ruta de línea que va al sol, reflejo del rayo vigilancia, del rayo ahora, del rayo esto, ruta real con su legión de frutos vivos cuyo remate es ese lugar en todas partes y ninguna.

Satori
 

Boguemos.

Hay trirremes, nubes de insectos, una playa con un loro,
    cerca.
El tesoro no nos aguarda.
Ha de ser en este instante.
Ya.
Relámpago.

Boguemos.

Bajo cualquier conjunción, doblados sobre la borda o
    dormidos.
De repente un día ¡el día!
Un viraje, un golpe seco, un lamido de brillante ola nos lanza
        a donde es.

Boguemos.

¿Llegamos o no llegamos?
Olores, olores de tierra escondida, pintura fresca, tuétano.
Un impulso más.
¡Up, up!

Boguemos.

¿Dónde está la botella, la botella con el mensaje?
Ahí, ahí va.
Atracar ahora, amarrar ahora.
En cualquier punto (pero que sea un punto).
Una orilla inventada.
Una gran oreja.

Espero una canción distinta.

Una canción que me resuelva.
Una canción ligera como un azulejo.
Una canción que me eleve como un vino.
Una canción tan amorosa que ya no pueda desaparecer.
Una canción que me acoja después de lavado, sin tinieblas.
Recia, clara y dúctil como ansío ser.
Canción que sea siempre definitiva.
Con ella caminaré igual a la mañana.
Lleno de esa humedad viajera de lejos.
La mañana que vuelve limpias las cosas.

Que aviente de mí todo pesar.
Que no haga durar ninguna congoja.
Que me lleve de la mano por encima de los males.

Fuerte y confiable embarcación.

 

* Universidad de Carabobo, Editorial Arte, Caracas, 1966. Reeditado en Los cuadernos del destierro/Falsas maniobras/Derrota, id., pp. 71-108. Presenta, allí, numerosas correcciones.


De Intemperie* (1977)


1

5
8
9
10
22
23
24 Realidad
25
26

32 Ars poetica




1
 
El juez
—ese que separándose de nosotros
dicta sus fallos—
es nuestra condena.
Vive de nuestra sangre,
a expensas de nuestros intestinos,
comiéndose la fruta que nos llevamos a la boca;
es él quien la saborea, la mastica, la traga.
Se nutre aun perdonándonos.

Caminamos lentamente
y abriéndonos paso o pensando cada paso
en la goma de su saliva.
Su mirada rígida en la noche
se enciende con los huesos de la infancia.

 


5

 
Flacos dedos
me asuelan.
El cielo se estanca
en mi pozo.
La magia
está herida.
Vivo
como la tierra de donde vine,
la tierra que recorrí con mi padre.
Las palabras
no sirven en este confín.

8
 
Me sostiene
este vivir en vilo
sin ninguna señal
ni mapa
ni promesa,
en una antesala donde todos trajinan
como empleados
para olvidar.

9
 
Es recio haber sido
sin saberlo, un jugador
y encontrarse
tocando
como una carta
el destino.
Ya no hay más jugadas sino un ponerse
en manos desconocidas.

10
 
Ya el delirio no me solicita.
Vivo sobre la sal, levantándome y cayendo, día tras día. Como, ando, me acuesto sobre lo que me sostiene sin pedir una aclaración, sin esperar nada. Soy un cuerpo. Me llamo tensión, debilidad, silencio, piel, nervio, olor, yerro. Me arrastro, toco hierba, me hago suelo. Lo inefable no me quiere.

Hace años dejé de preguntar. Desistí en un filo. Las ventanas dicen vivir.
Sucio de nuestro sucio sacro. El pensamiento escarba, escarba. Soy una cuerda que se abraza a la última proximidad.
Vibrante querer, vibrante delito, vibrante desamor.
Ducho en disensión, en rotura, en desvivir, persisto.
Arrastro una historia anonadada.
Soy flaqueza máxima. Mis piernas se doblan. No llego, no llego.
¿De dónde sale la fuerza cuando sigo? Soy el sordo, el exabrupto, el golpe en la mejilla, el veneno de la suavidad, el manto del loco, el que hostiga el fervor, la ciénaga sin fulgor, la horma de nuestra ignorancia, el que se hace, se deshace, se hace.

22
 
Cada quien lleva un fantasma incómodo. A espaldas suyas hacemos nuestra alegría. Somos los hombres de la tarea equivocada. Trabajamos para privarlo de comida, pero él nos ara por dentro. Los legados del error. Formamos mesnada. Labramos sin pausa disfraces.

23
 
Repetirse, repetirse, repetirse, y vivir ¿dónde es?

¿Quién sabe ceder el paso al deslumbramiento como el que se siente incumplido?

Ser a lo vivo, amor real.

24

Realidad
 

Tuve que disentir,
ocultarme,
desaparecer.

Tuve
que ser una disonancia.

Tuve que dejarme ir
a la deriva
sin explicar.

Tuve que esconder
el rostro,
volverme
huidizo,
callar, acallar
(cuando acaso era útil
una simple aclaración).

Se me juzgaba con ley de hombre
pero nunca fui interrogado.

Todo
fue por ti,
y no te he visto.


25
 
Se hunde uno,
se atasca,
se desoye
y vuelve a unirse. Un pantano.
No es broma.
Hay encallamientos
peores que la ilusión.

Se ahoga uno
en su magno deseo
y alguien lo levanta,
exhausto, confundido, disperso
y sin haber aprendido.

Se queda uno
a mitad de camino, reptando
bajo el resplandor.

26
 
Hazte a tu nada
plena.
Déjala florecer.
Acostúmbrate
al ayuno que eres.

Que tu cuerpo se la aprenda.

32 Ars poetica
 
Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir
verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira,
señálame la impostura, restriégame la estafa.
Te lo agradeceré, en serio. Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame,
sacúdeme.

* Ediciones de la Universidad de los Andes, Colección El Ciervo Vulnerado, Mérida, 1977.


De Memorial* (1977)


Nuevo mundo
Isla
Lo de entonces
As if
Recuento [selección]
El enemigo
Historia
Imagen
Aproximaciones [selección]





Nuevo mundo
 

1

He quemado las fórmulas. Dejé de hacer exorcismos. Lejos, lejos queda el antiguo poder, mi legado.
Hálito de fogata en mis narices, mi idioma desintegrado, la sombra todavía húmeda de un sortilegio.
Como vena de agua en la oscuridad otra vida avanza.
Todo el arrasamiento ha sido para desplazarme, para vivir en otra articulación.


2

Papeles del amanecer. Siempre hablan de la patria adoptiva, la que me han dado. Hojas amontonadas como para una ceremonia.
Sacrificio a un dios de ébano.


3

Esas escrituras invariables.

Siempre regreso al mismo idioma. Un cuero embrujado de animal. Inatrapable, pero presente como la vida de un antepasado.

Tejido sobre el tejido, la lengua muerta del amor, fuego que me ha hecho adicto de un culto insinuante.


4

El amanecer no me devuelve el amuleto perdido. Desde una playa un anciano hace señales. Trato de regresar a los pozos, pero no sé el camino.


5

Entra mi sombra.
Trae una serpiente, un búfalo, una mujer, una casa, un muelle.
Intoxicación de cobres salvajes.
Avanza, avanza.
Droga.

Se apodera de lo que miro.
Va marcando aquí y allá, todo.
Luego huye para unirse a un animal.

Se pierde entre las hojas como un ave.


6

Memoria que sale a buscar cosas huidizas. Posesiones que pertenecen menos a su dueño que al aire. Eso que un cofre de madera quiere proteger no nació para las palabras. Sólo yo me empeño en quitárselo a los ojos.

¿Qué lengua traerá los tesoros sin tocarlos?
Al fondo un rey enfermo me ve partir.
Yo le entrego un estuche con un rubí ansioso.


7

Voy, abriéndome paso por entre la aspereza, al lugar donde está guardado mi retrato futuro.


8

Un fuego remoto me sostiene. De su aura roja tomo mis préstamos.
Pasadizo hacia la incandescencia, no admites plazos.


9

Orgía vegetal.
Una mujer desnuda se acuesta bajo la lluvia.

Texturas donde una ausencia se mira.

Caverna olorosa, condúceme.


10

Légamos jamás recuperados.

De repente, un roce. El universo de la piel. El hilo extraviado en el viaje.
Estoy bañado por lo que vive, por lo que muere
Cada día es el primer día, cada noche la primera noche,
y yo, yo también soy el primer habitante

Isla
 
Sigue en las mismas playas de donde vino.
Vive en una ciudad de madera que levanta su olor acre como un puñal.
Es allí donde habita, afantasmado, virtual, amante. Donde habla solo en una lengua extraña. Donde está más cerca de su cuerpo.
Todavía se asoma por una ventana a ver la tarde primitiva. Se mueve frente a una vegetación espectral. Lleva el tesoro de Raleigh, un rostro de mujer y cierta fragancia bárbara de sol que duerme entre hojas.

Lo de entonces
 
Siempre el mar, siempre el mar. Regresando entre las manos de mi padre, los brazos de Gloria, con cicatrices, los planes. La frente en su gran esponja, un nácar absoluto para barrer todo el dolor. Tarde veteada por vuelos, llena de brillos cegadores, bebida en limonadas, y la imagen de una mujer de otra parte, alguien con quien se proyectó lo definitivo, el espectro de la vida en común. Tendremos en el cuarto una ventana hacia un jardín y tú serás extranjera y yo me habré olvidado de mí mismo.

As if
 
Es como si amáramos. Es como si sintiésemos. Es como si viviéramos.

Esto fatiga. Hasta se ansía un error. Puede que al equivocarse los actores rocen la verdad.

Recuento
[Selección]
 

I


[1]

Fuego erigido por nuestras manos que habían conocido el largo invierno de los círculos.

*  *  *

Antes, sólo tocábamos días sabidos, toda primera vez llevaba un peso que no era suyo.

*  *  *

Hay una isla que sólo ven los ojos nuevos.

*  *  *

Tenías que retomar el hilo oscuro; sentías como una necesidad de devolverte.

*  *  *

De esta aridez responde el huésped que me solicita para su noche.

*  *  *

Te alimentas de tu inútil gestión, luz bastante para no ser derribado, pero insuficiente para existir.

*  *  *

A trasluz de tu silencio la cárcel cesa.

*  *  *

Un día, de tanto verte, te vi.

*  *  *

Esto te debo: haber restablecido el instante en mis ojos. Júbilo que no puede morir porque no tiene nombre.

*  *  *

Como el salto de la luz en una hoja

*  *  *

El extraviado sólo quiere ojos limpios, espejos simples para vivir.

*  *  *

La fuente nunca titubeó: éramos nosotros los que le dábamos la espalda.

*  *  *

Resplandor que se desprende sólo para manos vacías.

*  *  *

¿Dónde estabas tú a mi lado?

*  *  *

No dilapidaré tu imagen en el raso donde bebí tantas veces un sordo anís de aplazado.


[2]

Al amanecer devuelta como un pensamiento.
No es mía la luz que te recobra.

Yo sólo me pliego a lo que ocurre.

Hace tiempo mis manos dejaron de obedecerme.
Hace tiempo trabajo para alguien que no conozco.


[4]

Para ti el aprendizaje,
para ti la soledad convertida,
para ti el espacio ganado a la noche,
para ti el instante, la voz trocada,
el asentimiento,

para ti el último centro del fruto, lo irreductible,
para ti lo que el miedo no puede rozar,
para ti cuanto escapa a las venas del tiempo,

para ti el caudal de los días que se bastan,
el acopio húmedo, la labor de aprender a ser nadie.

No hay secreto.


[6]

Cada encuentro nos protege de la memoria. Entre nosotros ningún momento es rey. Todos nacen, resuenan y desaparecen. Eres tú la que le dice a la inmovilidad: detente. Escoges el mejor vino, el que transporta la intensidad, el vino de los atentos.


[7]

Así tu mano que me despeja, disipa también toda seguridad. Regreso a mi vértice helado. Mi rostro se torna intranquilo, de líneas avivadas. No manejo el hombre en que me conviertes. Aún ayer yo era su dueño, y ya empiezo a vivir para sus razones, a volverme caudal de sus ojos, a obedecerle en su desarmada tarea.


[8]

Los años se habían vuelto abismo, abismo que tienta las frentes insolubles, aplazantes, malversadoras.
Tú llegas, y con brazos seguros te adueñas, más allá del escrúpulo, enemigo de las fuentes, ciegas el fantasma, rompes.


[9]

De la insidiosa hojarasca emerge tu rostro.
Guirnaldas para ti que regresas desnuda de lo que me quité.
Mujer, la más despojada. Ardiente exactitud.



II


[1]

Me recorro.
Soy mi propio rehén.
Me doblo, crudo, mal avenido, tirante.

¿Qué puedo encontrar sino mi propio rostro?


[2]

Observo las complicadas maniobras de los perseguidores. Han intrincado el camino para que yo me odie. Cría sórdida del sobresalto. ¿Qué puedo oponerles? Mis guardianes sólo me dejaron palabras.

El enemigo
 
De pronto aparece en la puerta, como tallado, el acreedor. Viene en busca de su salario. Tiende su mano izquierda desde la entrada, inmóvil. Los dos nos miramos sin comprender.

Se insinúa con sigilo o irrumpe sin avisar.
Reconozco que estoy condenado a hacerle el juego. Si ambos fuésemos reales no nos desgastaríamos en esta persecución, pero nuestra servidumbre es la misma: somos personajes. Nos acompaña el miedo.

Mi costumbre es tomar su bando. Le permito que hable por mí.
Me convierte en plato de su odio.
Soy su aliado.
Sí, me usa, me usa para sus fines, que también se vuelven contra él. La fuente que lo envenena rebosa con jirones míos, suyos. Nos confundimos, nos entretejemos, nos intrincamos, sin querer. Hasta nos perdemos de vista, y ya no sabemos quién es el que persigue.

Tengo que contrarrestar, con otra voz, sus cargos, pero casi siempre estoy de su parte.
¿Cuándo tuvo lugar este desplazamiento? Son pocos los días en que el enemigo no ha contado con mi apoyo. Nunca en realidad he sido contrapeso para sus demandas. Me consta, me consta en mi carne. Siempre firmé sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus listas de agravios. Siempre contó con el respaldo que yo necesitaba para mi tarea. Sí, siempre a mi acusador lo encontré más eficaz, y a su casuística atroz sólo podía oponerle unos ojos inmóviles.

Historia
 
Abro la ventana y veo un ejército que recoge sus víctimas. Espectros que llevan en sus brazos espectros, y adonde camino descubro sus bocas. La penuria de sus trajes no es nada frente a la de sus ojos, y al pus del heroísmo, ¿qué decir de todo eso? Cuerpos transparentes al sol, con tejido de fantasmas. Si olvido, aún sé que siguen recogiendo víctimas —apenas comienzan— y no hay fin, durará hasta la noche y todas las noches y mañana y pasado mañana y después y siempre. Dentro de dos, cinco, nueve, cincuenta, doscientos años abriré nuevamente la ventana y la escena no habrá variado. Los espectros serán los mismos otros, pero ella no se alterará, no habrá modificación, una corrección de última hora.

Imagen
 
Irás
de una tergiversación
a otra

en lenguas

(la costumbre
es tomar la medida
con éste o aquel metro
y echar el fallo)
pero a ti,
entero,
sólo te conoce
el vacío.

Aproximaciones
[Selección]
 

[1]

(Rifiuto)

Me aparté
(simplificando dédalos
en un no)
pero ahora el rechazo
tiene una ardiente lucidez:
es el único camino.

[2]

Vives piel adentro.
Ignoras
que ser
significa: alcanzable.

[3]

Crece
el deseo de ver tu rostro,

tu rostro sin mí.

[4]

Sigo la ilación
extraña
de la vida.
Llama que vuelve novedad
lo que toca.
Como mano de niño.

[7]

Mi vida
aprende
a no pedir nada.

[8]

Te llamarán a la plaza de la tergiversación.

Desoye todas las voces.
Vive con la quemante lógica.
Vuelve a donde todavía no empiezas.

Como un llameante espacio que se desocupa siempre.
En el temblor de ser sólo vida vacante.

[9]

Soy esta vigilancia.

Soy esta vacilante disponibilidad.



De Amante (1983)
 
2
3
III, 1

2

Eres vida
sin más.

Resonar contigo
es mi deseo,
pero si no me oigo,
acepto, acepto, no exijo.

He pedido sólo mi parte;
tú no me la entregas
y yo sobrellevo
la escasez.

Vivo hasta donde alcanzo.

3

Soy sólo espectador.
Una nostalgia
                     me toma.
Como un lamento de la piel.

Ella te inició,
pero yo deambulo frente a la puerta,
aun sabiendo que no me debo a mí.
—Ni un solo átomo mío es mío—.

¡Qué penuria
en la mano misma del misterio!
el misterio voceado en nuestra cara
como viento arrasador,
nuestro avío,
nuestro traje de gala,
nuestro camino de regreso,
vena que todo lo recorre
pulsando,
a la mano como tu cuerpo.


*  *  *

Cuanto hiciste
fue para propiciar
el encuentro.

Aparta pues de ti
la espera.

Ahora.

Sólo hay

aquí,

ya,

un aquí embriagado
en un ya de oro.

Te encontrarás de bruces
ante ella.

La vida a quemarropa.
Por fin.

En tu cuerpo.

La flor inmediata,
la única,
te esperó siempre.

 


III


1

Soy
el que observa,
registra,
anota,
(no tengo
otra tarea).
¿Quién podría
en estos tiempos,
entre tantos escombros?

Me he puesto a tu servicio,
ignoto merodeador.

No sé qué tengo de ti,
un jirón apenas tal vez,
pero me ayuda a estar.

Aunque ignoro qué nos separa
y a quién dirigirme,
me he avezado a este temple;
soy metal dócil en la mano de los días.


*  *  *

Al que apenas
Vive
le está vedado
tomar la palabra
en esta reunión.
Es carne de urbe,
de historia,
de fin.
Le toca la parte recia
del trabajo.
Desde un apartamento
de suburbio
ve pasar los días
como cortinas que se abren
sobre tiendas devastadas.
No puede sentarse
junto a los otros.
Su vino es pobre,
pero también agradece,
también acata,
también entreoye,
y no espera,
le basta
este sorbo
de existencia
que manos inalcanzables
llevan a su boca
El misterio es insuficiente;
lo hechiza,
y humilde ante él
balbuce a diario
las palabras que otro realza
en honor de ella
y del amante.
Sólo quiere
una voz
sin tretas.


*  *  *

No sé quién es
el que ama
o el que escribe
o el que observa.
A veces
entre ellos
se establece, al borde,
un comercio extraño
que los hace indistinguibles.
Conversación
de sombras
que se intercambian.
Cuchichean,
riñen,
se reconcilian,
y cuando cesa el murmullo
se juntan,
se vacían,
se apagan.
Entonces toda afirmación
termina.
Tal vez
al más pobre
le esté destinado
el don excelente: permitir.

 



De Gestiones (1993)
 
Al lector
Tal vez algo queda en pie

 


Al lector

Los que hacen las reglas
no quieren que hablemos
nosotros
sino
las palabras.
Desean
hacernos desaparecer
de la página;
pero no nos resignamos.
Somos viejos actores.


*  *  *

Nunca he sabido de palabras
tanto como quise.

Relegadas en un tiempo,
no me buscan.

Yo también tengo, Auden,
the best dictionaries that money can buy.

Piezas que se alinean
con ahogo.

Nuestra vida es ardua,
queda atrás,
hierve.

No quiero estilo,
sino honradez.

 


Tal vez  algo queda en pie

Los poetas
levantan
espléndidas construcciones.

Ninguna acritud.
Sólo templanza.
Sólo la limpia obra.
Sólo el escondido esplendor.

No se engañan;
pero me asombra que sigan
trabajando
en la casa del idioma.


*  *  *

Ellos dicen
o entredicen, más bien.

Cuidan la hierba
que dejan los bárbaros.

Andan errantes por sus habitaciones, pero
sostienen la torre del idioma.


*  *  *

Hoy los poetas
sólo pueden ser
irónicos.
Subafirmaciones,
contrastes,
paradojas
los delatan.
Eran diferentes
los antiguos.
Tenían de su parte
un dios
o una diosa
cuando no perdían su favor
siempre incierto.
Repetían:
aere perennius.
¡Cuánto orgullo!
Nada
previeron.
Ahora
se encuentran con la orden
de tierra arrasada
(que se cumple
puntualmente),
el viejo recomenzar
y una hoja
en blanco.