Giórgos Seféris



Versiones 
y presentación
de Jaime García
Terrés



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Presentación

 

[Giórgos Seféris (né Seferiádes). Hijo de Stélio Seferiádes y Déspo Tenekídes, nació en Smyrna, el 29 de febrero de 1900. Recibió su educación en Smyrna, Atenas y París; en esta última ciudad cursó la carrera de leyes, más bien interesado en las letras. En 1926 ingresó a la diplomacia. Cónsul en Londres y luego en Albania; a la caída de Grecia, durante la segunda Guerra Mundial, siguió a su gobierno en el exilio, sirviéndolo en Creta, Sudáfrica, Egipto, Inglaterra e Italia. Liberada su patria, fue secretario del arzobispo-regente Damaskinós. Volvió a Londres, con el rango de consejero: después se trasladó a Ankara. Fue embajador en Líbano y, finalmente, en Londres, completando así un brillante círculo profesional. En 1962 le fue otorgado el premio Foyle de poesía, y al año siguiente el premio Nobel de literatura. Retirado del servicio diplomático, vivió con su esposa, María Zánnos, en Atenas, en donde murió en 1971.1]

Hace no sé cuántos años leí en alguna revista la versión inglesa de Helena. Esa lectura constituyó mi primer encuentro con Seféris. Mi conocimiento del griego era nulo, pero aun filtrado así el poema no pudo menos de impresionarme; a tal grado que me prometí realizar, en día lejano, su traslado directo al español. Mi segunda visita a Grecia, en 1960, me permitió iniciar el aprendizaje de aquella lengua: adquirí, en efecto, gramáticas, diccionarios, manuales de conversación y dos o tres antologías. Meses más tarde dispúseme a cumplir la promesa. Escribí a Seféris, a la sazón embajador en Londres, y Seféris me hizo llegar sus libros. Después intercambiamos algunas otras cartas y publicaciones.

Ahora que lo he conocido personalmente, pienso que se ha cimentado entre nosotros una amistad genuina y duradera. Conserva muchas de las virtudes que en él subrayaba Henry Miller. El premio Nobel no parece haberlo institucionalizado en lo absoluto. “Mi casa es una isla”, fueron las palabras con que me recibió, “pero venga cuando quiera”.

Sí, la casa de Seféris es una isla. En más de un sentido. Tiempo atrás, quizá circundaron su base las aguas de un río. Invisibles fronteras continúan defendiéndola hoy de la trivialidad ambiente. No aguardan allí protocolos ni frases huecas. La decoración interior consiste en una serie de acuarelas de Edward Lear, un cuadro del pintor popular Theóphilos, una colección de conchas marinas, un grupo de figurillas arcaicas y libros por todas partes. Cada objeto tiene su historia; cada libro una función precisa. El mínimo jardín es suficiente para darse un baño de sol o para estirar un poco las piernas; también alberga variados objetos: fósiles, una tortuga, una mesa redonda con vasijas chipriotas y más caracoles de mar.

“Yo no sé mucho sobre las casas”, decía Seféris, hará dos decenios, en el Tordo. “Las casas que tenía me las arrebataron.” Imágenes normales en el peregrino de aquellas épocas, obligado a mudarse continuamente, a ir desterrado de un lugar a otro, abandonándolo todo tras de sí. Algo sabía, sin embargo. Por ejemplo, que las casas tienen su temperamento peculiar, crecen como niños, arrugan el ceño, sonríen, y aun se vuelven testarudas con quienes las dejan; que experimentan tristezas y alegrías. El mundo, para el emigrante perenne, se había convertido en un hotel desprovisto de linderos.

Por eso ha organizado con apego esta pequeña casa, su morada definitiva. Un lugar en donde pueda guarecer sus papeles y sus memorias, enmarcar su trabajo y su reflexión, recibir a verdaderos amigos. Unos muros que lo protejan sin confinarlo ni enmascararlo.

—Venga cuando quiera. No hablaremos como embajadores, sino como compañeros en las letras.

Y en verdad hemos hablado. Apenas se insinúa un tema estimulante, su curiosidad y su charla son generosas. Con todo:

—Soy un escritor —me dice— obsesionado por unas cuantas cosas. Y no hago más que repetirlas.

Reconozco el aserto. Lo he leído en su prosa y en sus versos. Y me constan sus obsesiones principales: Grecia, la poesía, el destino. Acaso se trata de un sólo tema, inmenso, virtualmente infinito. Porque Grecia, la poesía y el destino, para Giórgos Seféris, son diversas fecundas maneras de enfocar la presencia y la trayectoria del hombre sobre la tierra. Antes que un país, Grecia es una actitud que la tradición mantiene y vivifica. La poesía vendría a ser el rescate de esa actitud, y el destino su asunción plena. El conflicto —doloroso— surge en cuanto se enfrentan tamaños valores ideales a la realidad actual de Grecia.

—La educación que se imparte en las escuelas es pobre. La sociedad en general se deja llevar por motivos superficiales. El academismo ha pervertido el gusto.

Ante lo cual, Seféris recalca su predilección por la gente del pueblo. Me muestra el cuadro de Theóphilos:

—Mírelo bien. Ya sé, ya sé. Es sólo una estampa, une image d’Épinal. Pero de pronto se advierten pinceladas... Llámelas como quiera; a mí me recuerdan los trazos del Greco. Eso es, en cierta forma sutil, parte del helenismo esencial. Theóphilos Hadzimijáil, un nombre burdo de Mitilene, supo recoger y expresar a su modo una herencia desperdiciada por hombres mucho más cultivados.

No es que el poeta se proponga exaltar al vulgo, disminuyendo los méritos de la buena educación. Nada hay de dañino en el conocimiento y el adiestramiento disciplinados, en sí muy provechosos. Pero cuidémonos de la educación a medias. A little knowledge is a dangerous thing. El legado cultural griego es tan complejo que nadie sabe, en un momento dado, a quién se llamará para ejecutar sus designios. Y puestos a elegir entre una pintura de Theóphilos y la horrible fachada neoclásica del edificio que alberga la Academia, la decisión es obvia.

En The Colossus of Maroussi, libro escrito a fines de los treinta o principio de los cuarenta, releo las páginas que Henry Miller consagró a Giórgos Seféris. Insisto: no han envejecido; aunque no pueda decirse lo mismo de otros pasajes de la obra. “El hombre que ha captado este espíritu de eternidad que se halla en Grecia dondequiera, y que lo ha traspuesto a sus poemas es Giórgos Seferiádes, cuyo seudónimo literario es Seféris.” Miller subrayaba el fervor del poeta por su tierra y sus coterráneos; pero lejos de atribuirlo al fanatismo patriótico, lo juzgaba fruto de un paciente descubrimiento, y añadía: “Esta pasión por su país es un rasgo específico del intelectual griego que ha vivido en el extranjero. En los demás pueblos tal inclinación me desagrada; en el griego la encuentro justificable, y no sólo justificable, sino emocionante y sugestiva...”

He aquí, ciertamente, un rasgo específico de los mejores intelectuales griegos. Pero hay que saberlo entender, y distinguirlo así del helenismo reseco de arqueólogos y filólogos como del oropel nacionalista que declaman el nuevo rico, el demagogo, el retórico apolillado. La pasión que Miller encomia es un sentimiento profundo, discreto en sus expresiones. Poco tiene que ver con la erudición, menos con la vanidad, mucho con la sabiduría.

Proseguía Henry Miller: “Recuerdo haber ido una tarde con Seferiádes a ver un terreno donde se proponía construirse una casa de campo. El lugar no tenía nada extraordinario; diría yo inclusive que era mísero y desolado. O mejor dicho, que era así a primera vista. No tuve oportunidad de consolidar mi primera fugaz impresión. Vi transformarse el lugar ante mis ojos mientras Seferiádes me llevaba de sitio en sitio, como una medusa electrizada, mezclando en una misma rapsodia yerbas, flores, arbustos, rocas, arcilla, pendientes, declives, cales, pasadizos... Miraba un promontorio y leía en él la historia de los medos, de los persas, de los dorios, de los cretenses, de los atlantes. Podía leer también en él algunos fragmentos del poema que escribiría mentalmente camino a casa, mientras me iría acosando con preguntas sobre el Nuevo Mundo... Había en su voz como una especie de cicatriz, como si el objeto de su amor, su amada Grecia, le hubiera lacerado, torpemente y sin saberlo, las agudas notas del grito...”

Veintitantos años han transcurrido. Aquel hombre, joven aún, semejante a “un jabalí que se hubiera roto los colmillos en furiosos asaltos de amor y éxtasis”, enseña ya las huellas de la enfermedad y del ocaso. Camina y habla con fatigada lentitud, aunque no sin señorío. Morigera sus paseos. La vida lo ha vuelto escéptico, bien que no se haya mermado su fe medular en ella. El amor y la cicatriz permanecen.

 

Jaime García Terrés2

 

1 En Londres, Seféris conoció a T. S. Eliot de quien tradujo The Waste Land y Murder in the Cathedral. En 1963 se estableció en Atenas. Poco antes de su muerte (20 de septiembre de 1971) publicó un texto contra la dictadura.

A su primer libro de poemas, Strophí (1931), siguieron Sterna (“La cisterna”, 1932), Mythistórima (1935), Gymnopedia (1936), Himerologion katastrómatos /, //, /// (“Diario de a bordo”, 1940, 1944, 1955), Kíjli (“El tordo”, 1947), los Tres poemas escondidos (1966) y las recopilaciones que con el título de Poiemata se publicaron en 1940, 1961, 1962 y después de su muerte.

Los ensayos completos de Seféris se reunieron en dos volúmenes: Dokimés (“Ensayos”, 1974). Tradujo El cantar de los cantares, El Apocalipsis de San Juan, poemas de Pound, Yeats, Auden, Gide, Eluard. Póstumamente se ha publicado un fragmento de novela y parte de su diario. [N. del E.]

2 Jaime García Terrés dio a conocer en México a Giórgos Seféris, en la Revista de la Universidad, y cuando era nuestro embajador en Grecia hizo amistad con él. Nos ha parecido de estricta justicia integrar este Material de Lectura con textos de García Terrés provenientes de libros agotados como Grecia 60: poesía y verdad (1962) y Tres poemas escondidos que tradujo en 1968. El prólogo es un fragmento (escrito en 1965) de su Reloj de Atenas (páginas de un diario) Joaquín Mortiz. Editó en 1971 Todo lo más por decir, libro al que pertenecen los “Versos a un poeta griego” [N. del E.).

 


 

Helena

 

TEUCRO:    ...a la marina Chipre, donde el oráculo de Apolo
                  mi residencia decretó, mandando que impusiera
                  a la ciudad el nombre de la isla
                  de Salamina, tierra en que nací.

HELENA:      Jamás estuve en Troya, sólo un fantasma estuvo.

MENSAJERO: ¿Cómo?
                     ¿Batallamos allí por una simple nube?
                                                        [Eurípides, Elena]

“Los ruiseñores no te dejarán dormir en Platres.”

Tímido ruiseñor, en el aliento de las hojas,
tú que regalas música bañada
por el rocío de los bosques
a cuerpos desunidos y a las almas
de quienes saben imposible su regreso.
Ciega voz, en la nocturna memoria revolviendo
pisadas, ademanes —no diré besos—
y los acres jadeos de la bárbara sierva.

Los ruiseñores no te dejarán dormir en Platres.”

                                •


¿Y Platres, qué? ¿Quién conoce esta isla?
He vivido mi vida oyendo nombres nunca oídos antes:
nuevos lugares y locuras nuevas de los hombres
de los dioses;
mi destino oscilante
entre la última estocada de un Áyax
y el hallazgo de otra Salamina
me trajo aquí, a esta playa.
                                               La luna
se levanta del mar como Afrodita;
desvanece los astros del Arquero, ahora asciende
al corazón de Scorpio, y todo así transforma.
¿Dónde está la verdad?
Arquero fui también cuando la guerra;
mi suerte es la de un hombre que erró el blanco.

Ruiseñor melodioso,
en una noche como ésta, sobre las playas de Proteo,
te escuchaban las jóvenes esclavas espartanas
y alzaron su lamento,
y entre ellas estaba —¡quién lo pensara, quién!— Helena.
Ella, buscada tantos años en aquel Escamandro por
    nosotros.
Estaba en la orillas del desierto; yo la toqué, me habló:
“No es verdad, no es verdad” —dijo gritando.
“Yo no abordé jamás el barco azul.
Nunca pisé la tierra varonil de Troya.”

                                •

Ceñido el pecho, el sol en sus cabellos, enhiesta la figura,
las sombras y sonrisas dondequiera
en sus hombros y muslos y rodillas;
viva la piel, y con aquellos ojos
de pestañas enormes,
estaba allí, sobre los bancos de un Delta.
                                                          ¿Mas en Troya?
En Troya, nada — un fantasma.
Así lo dispusieron las deidades.
Con una sombra yace Paris, cual si fuera sólida;
y nosotros matémonos los unos a los otros por Helena
                                                   durante diez inmensos años.
Grave dolor había llovido sobre Hélade.
Tantos cuerpos lanzados
a las fauces del mar, las luces de la tierra;
tantas almas
trilladas cual espigas en piedras de molino.
Los ríos exudaban entre el lodo la sangre
por una ondulación de lino, por una nubecilla,
un aletear de mariposa, por la pluma de un cisne,
una prenda vacía, por una Helena.
¿Y mi hermano?
                       Ruiseñor, ruiseñor, ruiseñor,
¿qué cosa es dios? ¿qué cosa no lo es? ¿y en medio de
    ambas cosas?

                                •


“Los ruiseñores no te dejarán dormir en Platres.”

Medroso pájaro,
                         en Chipre la besada por el mar, en
donde fue su voluntad que me acordase de mi patria,
yo solo mis amarras eché, con esta fábula,
si fábula es la mía,
si en verdad ya los hombres no acogerán de nuevo
el viejo engaño de los dioses;
                                             si en verdad
al correr de los años otro Teucro, o Príamo, alguna Hécuba
o alguien desconocido, anónimo, pero que hubiese visto
un Escamandro con aquellos aluviones de cadáveres,
no estuviere llamado fatalmente
a oír al emisario que descubre
cómo tanto dolor y tanta vida
se despeñaron al abismo
por una prenda vana, por alguna Helena.

 


 

Gymnopedia

 


         La isla de Santorini (la antigua Thira) está compuesta geoló-
         gicamente de piedra pómez y caolín; en su bahía... han apa-
         recido y desaparecido islas. Era el centro de una religión muy
         antigua cuya liturgia comprendía danzas líricas de un ritmo
         grave y austero, llamadas Gymnopedias.

                                                                           Guía de Grecia


Santorini

Asómate si puedes al mar en sombras, olvidando
el son de flauta para los pies desnudos
que pisaban tu sueño en otro tiempo, tiempo devorado.

Graba si puedes en la última de tus conchas
nombre, lugar y día
y arrójala después a las fauces del mar.

Desnudos nos hallamos encima de la piedra esponjosa,
contemplando las islas que surgían,
mirando sumergirse las islas coloradas
en su propio soñar, en nuestro sueño.
Estábamos aquí, desnudos, sosteniendo
la balanza inclinada
en pro de la injusticia.

Talón de poderío, voluntad inmaculada, meditado amor,
designios que maduran bajo el sol de mediodía,
sendero del destino al ritmo de las manos jóvenes
que palmean sobre los hombros;
en el país disperso, despojado de toda resistencia,
en el país que ayer apenas era nuestro
húndense las islas, orín y ceniza.

Altares demolidos
y amigos olvidados,
hojas de palmera entre el fango.
Deja si puedes que tus manos viajen
aquí, confín del tiempo, en el navío
que ha visitado el horizonte.

Los dados ya sobre la losa,
ya que la lanza dio con la coraza,
reconocido por el ojo el extranjero,
y el amor desecado
en almas como cribas;
cuando miras alrededor y encuentras
en torno a ti los pies segados,
en torno a ti las manos muertas,
en torno a ti los ojos entenebrecidos;
cuando ya ni siquiera puedes elegir
la muerte que quisiste tuya,
morir oyendo un grito,
fuera un gritó de lobo,
cual es tu derecho;
deja que tus manos viajen,
despréndete del tiempo desleal
y sumérgete dentro del océano;
habrá de sumergirse quien sustenta las enormes rocas.


Micenas

Dame tus manos, dame tus manos, dame tus manos.

He visto en medio de la noche
la puntiaguda cima de la montaña.
He visto más allá la llanura anegada
en la luz de una luna que brillaba escondiéndose.
Al volver la cabeza he visto
las negras piedras apretujadas
y mi vida en tensión como una cuerda,
principio y fin,
el instante postrero;
mis manos.

Húndese el que sustenta las enormes rocas;
piedras que soporté mientras podía,
piedras que amé mientras podía,
estas piedras, mi destino.

Herido por mi propio consuelo,
tiranizado por mi propia túnica,
condenado por mis propios dioses,
estas piedras.

Sé que no saben, pero yo
que seguí tantas veces
la ruta que conduce del asesino a la víctima,
desde la víctima al castigo
y del castigo al otro crimen,
palpando
la inextinguible púrpura,
la tarde aquella del retorno
cuando las Furias empezaban a silbar
entre la yerba rala,
he visto las serpientes cruzadas con las víboras,
entrelazadas en generación maldita;
nuestro destino.

Voces que vienen de la piedra, del sueño,
más profundas aquí, en donde se oscurece el mundo
memoria del esfuerzo enraizado en el ritmo
que golpea la tierra
con pies ya en el olvido
cuerpos engullidos en los cimientos
de otra era, desnudos. Ojos
tercamente clavados en un punto
que no distinguirás por más que quieras;
el alma
que lucha por volverse tu alma.

Ya no te pertenece ni siquiera el silencio,
aquí donde las piedras de molino detuvieron su marcha

 


 

El rey de Ásina

 'Ασινην τε ...
Homero

Buscamos toda la mañana por el campamento;
en la sombra primero, donde el mar
verde mate, pechuga de pavo estrangulado,
nos recibió cual tiempo sin fisura.
Las venas de la roca desde las cumbres descendían,
desnudas viñas tortuosas con millares de brazos
reviviendo
al contacto del agua, mientras el ojo que las perseguía
luchaba por huir del fatigado bamboleo
perdiendo fuerza de continuo.

Bajo el rayo del sol un vasto litoral abierto
y la luz que pulía sus diamantes en los altos muros.
Nada vivo, las palomas salvajes emigradas
y el Rey de Ásina —dos años en su busca llevábamos—
desconocido y olvidado por todos, por Homero mismo:
una sola palabra de la Ilíada y además insegura,
allí botada como funeraria máscara de oro.
La pulsaste. ¿Recuerdas su tañido? Hueco
en medio de la luz
cual reseca vasija en la tierra escarbada;
así también sonaban nuestros remos en el mar.
Y el Rey de Ásina, un vacío debajo de la máscara
a nuestro lado en todas partes, a nuestro lado en todas
    partes,
“'Ασινην τε ... 'Ασινην τε....” bajo un nombre sólo:
                                          y sus hijos, estatuas,
y sus afanes, aleteos de pájaros, y el viento
en los espacios entre sus pensamientos, y sus barcos
anclados en bahías esfumadas;
debajo de la máscara, un vacío.

Detrás de los enormes ojos, los labios curvos, los rizos
labrados en el áureo caparazón de nuestro ser,
un signo oscuro que se mueve como pez
en la serenidad temprana del mar ya lo miras:
un vacío que viene a todas partes con nosotros.
Y el ave que partió el invierno pasado
con el ala rota,
albergue de la vida,
y la muchacha que se fue
a retozar con los colmillos del estío,
y el alma que cruzó temblando el mundo subterráneo,
y la comarca como gran hoja de plátano que arrastra
                                        el torrente solar
junto con los antiguos monumentos y las penas de hoy.
Y el poeta divaga contemplando las piedras y se pregunta si
hay acaso
entre aquellos contornos derruidos, cumbres, picos,
                                          cavidades y curvas
hay acaso
aquí donde convergen los pasos de la lluvia, del viento
                                        y de la ruina,
hay la movilidad del rostro, la forma de la ternura
de quienes tan extrañamente han amenguado en nuestra
    vida,
de quienes permanecen sombras de oleajes  y pensamientos
                                         en el océano sin fin,
o tal vez no, nada perdura salvo el peso,
la nostalgia del peso de un ser vivo
allí donde yacemos hoy insustanciales, inclinados
a manera de ramas del truculento sauce
que se amontonan prolongando la desesperanza
mientras el amarilo flujo con lentitud arroja
en el lodo los juncos arrancados,
imagen de una cara que se volvió de mármol
por una decisión de perenne amargura.
El poeta, un vacío.
Con su rodela el sol trepaba combatiendo
y de lo más profundo de la cueva un medroso murciélago
surgió contra la luz como saeta que da contra un escudo:
“'Ασινην τε... ‘Ασινην τε...” ¡Si fuera éste
el Rey de Ásina, al que con tal esmero habíamos buscado
                                         en semejante acrópolis
rozando a veces con los dedos nuestros
su propio tacto sobre las piedras!

 


 

Solsticio de verano*

 

    1

El mayor de los soles en un lado
y del otro luna nueva
lejos de la memoria como aquellos pechos.
Y en medio el abismo de la noche estrellada
el cataclismo de la vida.

Los caballos en las eras
galopan y transpiran
encima de los cuerpos esparcidos.
Allá van todos
y esta mujer
a quien miraste bella, un instante
encórvase ya no resiste más arrodillóse.
Las piedras de molino muelen todo
y todo en astros se convierte.

En vísperas del día más extenso.


    2

Todos tienen visiones
por más que nadie lo confiese;
van y aseguran que andan solos.
La magna rosa,
estuvo siempre aquí
a tu costado sumergida en lo profundo del sueño
tuya y desconocida.
Pero apenas ahora que tus manos la tocaron
en sus remotos pétalos
has sentido caer la pesantez compacta del danzante
en el río del tiempo—
borbollón tremebundo.

No disipes el hálito que te acordó
este respirar.


    3

Con todo en este sueño
degenera el ensueño fácilmente
en pesadilla.
Como el pez que brilló bajo la ola
y en el cieno del fondo se sumió
o bien camaleón que cambia de color.
En la ciudad vuelta prostíbulo
rufianes y cuerpos públicos
pregonan encantos podridos;
la muchacha traída por las olas
luce una piel de vaca
para que la monte el torillo;
al poeta
los chiquillos le lanzan deyecciones
mientras ve cómo sangran las estatuas.
Es preciso que salgas de este sueño;
de esta piel fustigada.


    4

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.


    5

En narcóticas sábanas envuelto
el mundo nada tiene que ofrecer
salvo este final.
               En la cálida noche la marchita
sacerdotisa de Hécate
con los pechos desnudos arriba en la terraza
implora un plenilunio de artificio, mientras
dos impúberes siervas que bostezan
revuelven filtros aromáticos
en calderos de cobre.
Hartáranse mañana los amadores de perfumes.

El fuego y los afeites de ella son iguales
a los usados por las trágicas
un yeso ya resquebrajado.


    6

Por los laureles
por las blancas adelfas
por la espinosa peña
y el mar de vidrio a nuestros pies.
Recuerda la túnica que miraste
abrirse y deslizarse sobre la desnudez
y caer al redor de los tobillos
muerta—
si así cayera este sueño
entre los laureles de los muertos.


    7

El álamo en el pequeño huerto
su respirar mide tus horas
noche y día;
clepsidra que los cielos llenan.
Bajo la fuerza de la luna sus hojas
arrastran en el blanco muro negras pisadas.
Hay en el borde unos cuantos pinos
y detrás mármoles y luminarias
y hombres así como son los hombres.
Pero el mirlo gorjea
cuando viene a beber
y algunas veces oyes el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos de largo
puedes ver cómo cae
la luz del sol en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Admite quién eres.
                             El poema
no lo sumerjas en los hondos plátanos
nútrelo con la tierra y la roca que tienes.
Para mayores frutos—
los hallarás cavando en el mismo lugar.


    8

El papel blanco rígido espejo
sólo devuelve lo que eres.

El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no la voz que te place;
tu música es la vida
ésta que has dilapidado.
Es posible ganarla de nuevo si lo quieres
si te cebas en esa indefinida cosa
que a regresar te impulsa
al punto de partida.

Viajaste, muchas cosas has visto muchos soles
tocaste muertos y vivos
el dolor percibiste del muchacho
y los quejidos de la mujer
el amargor del niño inmaturo—
y lo que percibiste se abate sin sostén
si en este vacío no pones tu confianza.
Tal vez encuentres allá lo que creíste perdido;
el brote de la juventud, la justa
          sumersión de la vejez.

Tu vida es lo que diste
este vacío es lo que diste
papel blanco.


    9

Hablabas de cosas que no veían los demás
y éstos reíanse.

Boga con todo en el umbroso río
contra la corriente;
cursa los caminos incógnitos
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de múltiples nudos—
y déjalos que rían.
Aspira a que también el otro mundo
en la hodierna sofocante soledad habite
en este presente dilapidado—
déjalos.

El rocío del alba y el viento del mar
existen sin que nadie lo demande.


    10

A la hora en que los sueños se vuelven verdad
al despuntar el día
vi los labios abrirse
pétalo a pétalo

En el cielo brillaba una delgada hoz.
Temí que los segara.


    11

El mar que nombran la serenidad
barcos y velas blancas
brisa desde los pinos y el Monte de Egina
respiración jadeante;
resbalaba tu piel sobre la piel de ella fácil y cálida
cual incipiente pensamiento que se olvida al punto.

Pero en los médanos
un pulpo arponeado lanzó tinta
y en el fondo—
si pudieras pensar hasta donde terminan
            las hermosas islas.

Mirábate con toda la luz y la tiniebla que poseo.


    12

Agítase ahora la sangre
al bullir el calor
en las venas del cielo virulento.

Pretende trascolarse a través de la muerte
para encontrar la bienaventuranza.

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
piensas que va a detenerse.


    13

Un poco más y se detiene el sol.
Los espíritus del alba
soplaron en las desecadas caracolas;
el pájaro cantó tres veces
            tres veces sólo;
la lagartija en la piedra blanca
queda inmóvil
mirando la yerba requemada
allí donde se deslizó la culebra.
Un ala negra traza una profunda brecha
arriba en la cúpula del azul—
átala, que se abre.

Dolor de la resurrección.


    14

Ahora,
con el plomo fundido de las adivinanzas**
el centelleo del mar estival,
la desnudez entera de la vida;
y el pasar y el parar y
          el acostarse y el incorporarse
Como el pino en pleno mediodía
por la resina sojuzgado a engendrar la llama se apresura
y no soporta ya el dolor—

grítales a los niños que junten la ceniza
y la siembren.
Lo pasado pasó justificadamente.
Y aun lo que no pasó
debe quemarse
en este mediodía con el sol enclavado
en el corazón de la rosa de cien pétalos.

 

** Alusión a una ceremonia que, al mediodía de cada 24 de junio, tiene lugar en ciertas islas griegas. Dicha ceremonia, llamada klído-nas, se desenvuelve como sigue: Reunidas algunas muchachas, llenan una vasija de barro con el agua de un pozo, en medio del mayor silencio. Al mismo tiempo, caliéntase en otra vasija un pedazo de plomo, hasta que el plomo se funde. En seguida, se vierte el plomo derretido en el primer recipiente lleno de agua, mientras rezan determinadas oraciones. Como es natural, al enfriarse, el plomo se endurece y adopta formas caprichosas. Una de las muchachas lo toma entonces con sus manos y lo entrega a una “adivina”, para que, mediante una interpretación de esa forma, le prediga el futuro. El mismo proceso se repite en beneficio de cada una de las participantes. [Nota del traductor.]  

 


 

Versos a un poeta griego

 

Nota de 1971: La reciente desaparición de Giórgos Seféris ha vuelto más expresivos estos versos, que le di a conocer hace un año, y a los cuales me respondió, desde Atenas, con diez rotundas palabras en francés:

Je viens de recevoir le poème. Vous avez raison. Merci.


    Respuesta, sin duda, suficiente. El claro señorío helénico resguardaba en Séferis la economía del lenguaje. Una tarde que le preguntaba yo sobre su actitud ante la muerte, me dijo: “La espero con ternura...” Y eso fue todo. No obstante, llegado el momento definitivo, supo arriesgarse por la vida y la verdad de los suyos, sacrificando la soñada calma del ocaso al rescate moral de una tradición cuyo sentido más hondo le brindó siempre luz y fortaleza, J.G.T.


Amigo Seféris:
                         Hablar es difícil
cuando restallan las palabras lejos
del taller avezado; nos caemos
a cada paso de cabeza
por querer escaldar la lengua franca.

Y es particularmente difícil
hablar de Grecia hoy,
desposeídos como nos sabemos,
cetrinos como vamos
en la tosca llanura del oprobio.
Ya no duerme Proteo debajo de las rocas
ni glosa la sirena consabida
la clara fatiga del caminante.

¡Qué lento, qué difícil todo,
                                          amigo Seféris!
Y este dolor de Grecia
¡qué tozudo! Diríase
una proclama secular de duelo
por nuestra desmesura cotidiana.

Es fácil en cambio
dejarnos aturdir sin miramientos,
encoger los hombros
y guardarnos el ímpetu dentro de los bolsillos.
Nada tan inocente.
                             ¿O nada tan culpable?
Porque bien sopesadas estas cosas
andamos en apuros los unos y los otros;
caiga quien caiga de cualquier manera
nadie puede lavarse
las manos en el mar Egeo.

He pensado mucho
                              durante los últimos meses
en el sol trasvenado de Beocia,
en los asfódelos del Laurio
salpicados de plata por la brisa
y en los trabajos y los días
más frutales cuanto más amorosos
a lo largo y lo ancho de la Hélade,

pero también recuerdo la cerrazón vacía
que llegó profanando moradas y vendimias,
la turbia marcha sobre los almacigos.

¡Oh dioses idos! ¿Cómo silenciarla?
    Dormíamos; los gritos a granel
nos despertaron confundiéndose
con un ripio de sueños azarosos
y luego regresaron a la calle.
Amigo Seféris: ya nunca sabré
dónde terminó la pesadilla, dónde
comenzó lo demás; aun ahora
descabezan mi noche mortecinos clamores,
historias turbulentas de reinados efímeros
y el asalto difuso de los bárbaros
prontos a sofocar
la madrugada con sus propios puños,
con el propio sudor de sus afrentas.

He pensado mucho
en los ritos más pálidos del hombre:
ese llamar a puertas evasivas
buscando soluciones al infierno,
ese nombrar la vida
con el mismo tonillo deslustrado,
ese dejar al prójimo que cargue media cruz
prometiéndole sólo completarla,

pero también hago recuento
de viejas esperanzas, treguas, naves
encaminadas a mejores días.
Tras el duelo vendrá

la hora de la luz;
                              entonces
habrá pupilas para ver un mundo
sin ídolos de viento, sin tapujos
de sangre reseca, glorificado
por súbitos milenios de gracia general:
                                                    Será la luz helena
que cosechamos una primavera
entre cantos homéricos
y meditaciones contemporáneas
al pie de los olivos;
                               una luz
cuyo reflejo danza filtrando las memorias,
ganando manantiales al tumulto
mientras el orbe sigue su patética vía.
Chispearán los afectos
y vencerá la voz humana:
entonces nos diremos lo debido.