Material de Lectura

Robert Lowell



Selección, traducciones y presentación de Carlos Monsiváis



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Robert Lowell

 

A Edmundo Valadés

 

“Él —escribió Edmund Wilson a propósito de Robert Lowell— es, pienso, el único poeta norteamericano reciente que escribe con éxito en el lenguaje, la cadencia y el ritmo de la sonora tradición inglesa. De modo cuya definición se dificulta, él y W. H. Auden se apartan de los otros poetas contemporáneos. Supongo que es un problema de estatura. Ellos no juegan o se divierten ni pretenden impresionar con salidas ocasionales y emociones más o menos ardientes. Su ambición es más alta y más seria y poseen el talento suficiente como para emprender carreras poéticas de acuerdo a la escala del siglo XIX”. Vivir para la experiencia literaria, vivir la experiencia poética como la mayor actividad concebible; a esta “profesionalización” literaria dedicó Lowell rigor, capacidad de trabajo, construcción del personaje poético que habitó su vasta obra.

En todo y desde el inicio de su carrera, Lowell fue un representante de la alta cultura, un hombre consagrado a una síntesis permanente de tradición y rituales, música y ceremonias de la civilización occidental. Nació en Boston el 1 de marzo de 1917, en la rama pobre de una familia connotada (entre sus miembros, la poetisa Amy Lowell y el ensayista James Rusell Lowell). El apego a las reglas de juego de su cultura (de La Cultura) desemboca en una doble obsesión: por un lado, el empeño de aclararse la influencia, los logros y el (probable) sentido del pasado; por otro, la necesidad de una educación clásica. Como casi ningún otro poeta, Lowell es consciente de sus necesidades formativas: de, allí su cuidadosa selección de maestros, su elección meditada de recursos y vías expresivas. Al periodo inevitable en la Universidad de Harvard, agrega estudios de literatura clásica y filosofía en Kenyon College bajo la guía del crítico John Crowe Ramson, y un tiempo de final aprendizaje en la Universidad de Louisiana con Allen Tate y Robert Penn Warren, integrantes destacados del grupo sureño de “Los Fugitivos”.

Muy joven, Lowell se convierte al catolicismo (del que luego se alejará no sin agradecerle sus enseñanzas en el manejo reverente de la forma) y en sus primeros poemas su religiosidad se transparenta a lo largo de una serie de festejos litúrgicos de la poesía. Milenarismo y apocalipsis. Las profecías cumplidas o soñadas. El fin del mundo y el principio de las revelaciones. En sus libros iniciales, Lowell integra la sensualidad religiosa y la mística del lenguaje formal en un fervor que anticipa, celebra y consume la caída del hombre y la elevación de la forma. Técnicamente, estos libros —Land of Unlikeness (1944) y Lord Weary's Castle (1946) son admirables, entre otras cosas por la eficacia conque se mezclan la obsesión histórica y la insistencia teológica. ¿Qué es el mal y qué es el bien? ¿Qué relación hay entre puritanismo y capitalismo? ¿Se funda la Ciudad del Sol sobre los restos del crimen?

Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, Lowell se presenta como voluntario. Los bombardeos contra las poblaciones civiles de Japón y Alemania lo vuelven objetor de conciencia, lo que significa el encierro en un campo de trabajos forzados. En 1951, publica The Mills of the Kavanaughs, suma de monólogos dramáticos y poemas narrativos. William Carlos Williams, al comentar el libro manifiesta su preferencia por poetas de rangos más amplios de sentimiento pero, afirma, “el poema existe para afirmar el amor no para conquistarlo. Si el poeta fracasa es entonces cuando mayormente triunfa y el amor se allega su mejor proclamación”. Acto seguido, Lowell atraviesa una etapa de graves depresiones, ingresos a clínicas, exceso de calmantes, alcoholismo, clases en universidades. En 1959, Life Studies, donde la prontamente célebre “estética de lo confesional” se inicia presentando al personaje Robert Lowell (agobiado, contradictorio, torturado, incierto) en medio de un mundo que es conflicto de los opuestos y en donde el contrincante habitual es la inercia del yo terco, la costumbre, la persistencia en el mal que es la condenación y es la Historia. De un lado, lo cerrado, lo que involuciona, lo que ciega o maniata; el reino de la necesidad: la Vieja Ley, el imperialismo, el militarismo, el capitalismo, el calvinismo, la Autoridad, la Figura Paterna, los “bostonianos decentes”, los ricos que harán todo por los pobres “excepto bajarse de sus espaldas”. Ante esto, Lowell opta —angustiosamente— “por lo libre y abierto, lo que crece o desea cambiar, el acceso a la experiencia, el reino de la libertad, la Gracia que ha reemplazado a la Ley”, la liberación perfecta de la poesía.

En 1961, Imitations, la recopilación de sus grandes versiones de la poesía mundial. En 1964, For the Union Dead, un reencuentro con el pasado histórico de Norteamérica. El presente lo domina la guerra de Vietnam en el mismo año, Lowell rechaza una invitación del presidente Johnson a la Casa Blanca. En octubre de 1967, Lowell es una de las figuras que participa en la marcha pacifista sobre el Pentágono. Memorablemente, Norman Mailer transmite en The Armies of the Night su envidia admirativa ante Lowell y su timidez, de miembro destacado del Establishment.

Notebook (1970) es quizás la obra mejor, más intensa de Lowell. En sus sonetos heterodoxos todo cabe: anotaciones de viaje, homenaje a los poetas amigos, Rimbaud y Napoleón, la muerte del Che Guevara; dominando el paisaje, escasamente mencionada pero omnipotente, la guerra de Vietnam y el nuevo y dramático sentido de la historia que le añade a la vida norteamericana. Otras publicaciones: History (1973), Selected Poems (1976) y Day by Day (1976). En septiembre de 1977, muere Lowell de un paro cardiaco en un taxi en Nueva York.

                                         Pity the planet, all joy gone
                                         from this sweet volcanic cone
.


Carlos Monsiváis


Los santos inocentes

 

Escucha, las campanillas del heno resuenan mientras
    la carreta
de ruedas enllantadas se balancea sobre el alquitrán
y el hielo encenizado, bajo el molino de cáñamo
y el canal de los sábalos. Babeantes, los bueyes se detienen
maravillados ante las defensas de un automóvil,
y enormemente se desplazan por la colina de San Pedro.
He aquí a los no contaminados por mujer, su dolor no es
    de este mundo:
el Rey Herodes grita venganza junto a las piernas
de Jesús trenzadas y tiesas en el aire.

Un rey de idiotas y de niños mudos. Más
Herodes que Herodes este mundo; y el año,
el mil novecientos cuarenta y cinco de gracia
enciende no sin fatiga y pérdidas la colina de escorias
de nuestra purificación; los bueyes se aproximan
al ruinoso cimiento de su establo,
el santo pesebre donde el lecho es maíz
y acebo que se esparce para la Navidad. Si como Jesús
bajo el yugo ellos mueren, ¿quién los llorará?
¡Cordero de pastores, Niño, cuan quieto yaces!

 
De Lord Weary's Castle

 


 

El adiós de Santayana a sus enfermeras


El espíritu da vida; ¿matarán sus epístolas
al excéntrico quieto, si por deseo del cielo
halló a la Iglesia demasiado buena para ser cierta?
“Morirás”, responden las Hermanas, “tal y como viviste”.
Uno se pregunta cómo adivinaron lo que escribí
o si las monjas eran demasiado pragmáticas
para seguir alimentando la ilusión. Creyendo que Pablo,
el más abyecto de los hombres, hubiese errado el blanco
al predicar que la verdad era sólo lo asido por su mano,
le cedí el alma al Evangelio insondable;
de mi discurso, la esencia derivó corazón y paisaje.
Al morir, me imaginé acosado por las Hermanas Azules
revoloteando como gansos, silbando. “Roma debe dar
    lo mejor”,
hasta que Curcio, armado, colme el hueco.


Como un árbol junto al agua

 

La oscuridad convoca a la tiniebla, y la desgracia
se acoda en las ventanas de esta planificada
Babel de Boston donde nuestro dinero conversa
y prodiga tinieblas en una tierra
de preparación donde camina la Virgen
y las rosas circundan su rostro de esmalte
o en astillas se precipitan sobre calles resecas.
Nuestra Señora de Babilonia, adelante, adelante,
yo fui una vez tu hijo predilecto,
moscas, moscas sobre el árbol, en las calles.

Las moscas, las moscas, las moscas de Babilonia
zumban en mis tímpanos mientras el demoníaco
fúnebre y largo canto de la gente hace estallar la hora
de ciudades flotantes donde a los albañiles de Babel
la áurea lengua del diablo los conmina
a erigir la ciudad de mañana de aquí al sol,
el que de Boston las calles infernales
jamás alumbra; allí la luz solar es una espada
que embiste al guardián del Señor;
moscas, moscas, sobre el árbol, en las calles.

Moscas sobre las aguas milagrosas del Atlántico
helado, y los ojos de Bernadette
vieron a Nuestra Señora de pie en la gruta
de Massabielle, tan claramente
que su visión cegó los ojos de la razón. La tumba
yace abierta y devorada en Cristo.
¡Oh muros de Jericó! y todas las calles
que conducen a nuestra muralla atlántica cantan:
    “¡Cantad,
cantad por la resurrección del Rey!”
Las moscas, las moscas sobre el árbol en las calles.


De Life Studies


México
(Fragmentos)


1

Las dificultades, las imposibilidades permanecen;
yo, de cincuenta años, humillado con la dorada basura
    de los años,
como un cerro de heno, al laurel muerto torna gris mi
    espalda;
tú, con algo de dulzura, de edad incierta, digamos
    veintisiete,
no lastrada por el honor o la decepción.

¿Cuál es la ayuda entonces? No al sol, la florescencia
    escarlata
y la fiebre elevada de este día séptimo,
la diarrea predestinada del caminante, la náusea,
los múltiples piquetes del mosquito, redondos como pesos,
Aquí sin esperanza en Dios o en los dioses aztecas;
nosotros, gente solar, sabemos que el sol, la fuente
    de la vida
morirá, a menos que lo alimentemos con sangre humana—
los dos somos relojes y sólo contamos en el tiempo,
el filo aguzado de la manecilla presiona contra el porvenir.


2

Ni la fe que no acelera el paso o lo retarda, ni las cargas
activadas
por la llama de Alá, ni la ilusión de salvar mujer e hijo
pesan mucho contra su fuego concentrado—
Abel aprendió esto cayendo entre glorias matutinas y verdes
y las gelatinosas plantas trepadoras del crepúsculo saurio.
Prosigue, sentirás la seguridad, el delirio,
los soldados rasos seguros de aplastar al enemigo,
los clanes de Dundee en Killicranks, destruyendo
a los ingleses, que tres días más tarde seguían corriendo.
Nos unen las mismas ataduras de dolo e inocencia;
y con todo no somos iguales; he vivido sin sentir
desde hace tanto la pérdida que ya no duele;
y rutas y reflejos del mundo me dejarán flotando en
    libertad—
Tú, Dios te ayude, debes ambicionar cada una de tus
    respiraciones.


3

Deseando alzar la cruz del Rey, Sacrificado
en el monasterio de Emmaús en Cuernavaca—
nombre mundano para su planta aerodinámica
y sus crucifijos vanguardistas, los monjes, como Pablo, se
    han ganado
con artesanías al costo de la transferencia de profundidad.
Aquí acampó dos años una Comisión Papal,
y emitió su decreto: el análisis no es obligatorio,
su sereno Prior belga era herético, un desviado...
No pudimos hallar el cadáver removido por un helicóptero;
las celdas estaban vacías, pero el arte aún se vendía;
legos neuróticos te acechaban como venados,
alambres de púas en cabañas blancas e inmaculadas, cuyos
nombres eran
Sigmund y Karl... Viven la vida de los monjes,
una revelación alivia el estrago de la anterior.


5

Al sur de Nueva Inglaterra, al sur de Washington,
al sur del Sur, paseo bajo la luz vidriada de la luna; rocío en el pasto y nadie en la distancia...
este deseo sin límites me impulsa,
como a un toro con anillo en la nariz y cadena en el anillo...
Nos alejamos, toro y vaca, puedes imaginar
un ganadoapareándose seis largos días de olvido:
yendo y viniendo por el camino, de nuevo este amurallado
sendero del jardín, arduas espinas de heno se clavan en
nuestros escondrijos;
y siempre a la vista de todos y cada uno,
del sol en plenitud, del ocaso que dibuja siluetas, mostrándose ante las luces altas de los autos que pasan,
Luego desaparece; aprendo a vivir con la historia.
¿Qué es la historia? Aquello que no puedes tocar.


6

En medio del invierno de México. Sin embargo, altas flores
    rojas
persisten en los árboles, y todo está en la hoja,
el crepúsculo quema los ladrillos enormes como hogazas—
en algún sitio debí encontrar este color, el rosa enfebrecido,
y supe su mensaje: ¿o será que a tu casa veinte veces
te he encaminado, y luego retorné sobre mis pisadas?
Ningún momento vuelve y es manejable, ni dos veces ni una.
Hemos esperado, pienso, toda una vida para este paseo,
y el polvo blando bajo nuestros pies se deshace
como la sal de la pureza, alba y estéril; incluso
es sal tu blusa de encaje abullonado. Los ladrillos se apagan;
al minuto más común no se divide, ni una ni dos veces...
Cuando sales, te evoco, cada hora del día,
cada minuto de la hora, cada segundo del minuto.


7

Tres almohadas, punta a punta, elásticas, curvas, y frías
cubiertas por la sábana del diván. Por un segundo,
la mano alucinaba—
me pensé descubriéndote. En el crepúsculo,
el lavabo despide su golpeante perfume, su dulzura,
un enlace de ron y coca-cola. Oscuridad, querida, oscuridad:
aquí siempre, lo ilusorio de la noche, las luces
observan a los mexicanos, niños casi todos, conformados
    por habitaciones
como cajas en una calle donde los autobuses devoran
    la acera.
Y la medianoche del Año Nuevo; en el mercado tres beben
cerveza
en latas adornadas con limones y sal; una mujer azteca,
canta sus baladas de adulterio; y llora porque
su esposo la ha abandonado por tres mujeres para asumir
la pobreza que todos los hombres deben enfrentar
    a la hora de la
muerte.


8

Como si masticáramos hierbas saladas y ramitas secas,
llenando nuestras bocas de polvo y trozos de adobe,
ratas, gusanos y lagartijas, descendimos la colina,
el amor es sereno, no legisla
porque las leyes protegen y encarcelan.
Seis leones de piedra, arduos bebedores, más bien sapos,
guardan la fuente, tres faroles herrumbrados se deterioran;
tres calamares de piedra, tres veces pisas levantando
el canalónno citado en guía alguna... esta ciudad
    de la llanura,
donde el agua enrojece, como si estuviera teñida,
y en la cantina trece muchachas se sientan a la mesa,
luego ninguna, entonces sólo veinte se juntan con
    los hombres,
probos y lujuriosos asesinos—
la devoción trepa la colina con zapatos de hierro.


10

Quizá no artista, tú trasciendes sus frases,
una joven demasiado simple para tan detallada astucia...
Toma ese día de hornada en la terraza de mármol,
la roca y el pasto pardos del asado, el aliento
del mundo que se eleva como el humo maduro de las
    castañas,
una hendedura que en el cuerpo del valle deja caer
    distancias;
enfermo y pensativo, el siguiente día
de la flor roja, las colinas, el volcán y el valle—
ésto no es lo más grande, aunque sea grande; las horas
de calosfrío, dolor y quemadura, cuando acometeríamos
más allá del denuedo, las alturas
y luego la caída... recayendo en el discurso honesto:
la enfermedad, comida que la carne debe tragar
alimenta nuestras mentes... la mente, que también es carnal.

 
De Notebook

 


La buena vida

 

Los árboles florecen, y las hojas perladas de niebla
sobre nosotros se abanican en la copa de vino de los
    olmos,                                                  
mujer, hijos y casa: la médula y el inútil adorno de la vida;
servicial, la descomposición se quema...
y no por las medallas lamer culos en el prado del pavorreal,
arrojando alpiste al sangriento gallo de pelea,
o vomitando púrpura en la arena de esclavos—
en la Roma de Tito, tediosa, martirizada y ansiosa
    de complacer.
Al águila la ciñen nuevas legiones y creencias viejas.
Quizás el hombre libre le sorprende el acoso imperial
(rara vez agradable, un azote de cálculos biliares)
que continúa arrastrando a quien de otro modo
    olvidaríamos,
al perro dormido, al héroe alquilado para el terror,
perlas para el collar, argollas en la cadena resonante.

 

De Notebook

 

 


 

El nihilista como héroe


“Una línea inspirada es todo lo que entregan nuestros
    poetas,
¿mas qué francés ha escrito seis líneas aceptables,
    una atrás otra?”
dijo Valéry. Para Satán ése fue un día feliz.
Uno anhela palabras colgadas de la carne del buey vivo,
pero la llama fría del papel de estaño lame el leño metálico;
el inmutable hermoso fuego de la niñez
traiciona las visiones monótonas.
Del cambio y por definición se alimenta la vida,
en cada temporada nos deshacemos de guerras, mujeres
                                              y automóviles nuevos
A veces, cuando enfermo o lleno de malestares,
miro verdear la llama contraída de este fósforo,
el tallo de maíz adquiere florescencias y verdes
    prolongaciones.
Un nihilista debe vivir el mundo como es
mirando a lo imposible ascender al desecho.

 

De Notebook

 

 


La muerte de un crítico


Aburridos, desagradables y agónicos, 
los ancianos
el blanco de mi escarnio resultaron,
hasta que el tiempo, el recuperador, me hizo como  ellos.

Antes, en Nueva York, decíamos
“Si la vida pudiese escribir,
hubiese escrito como nosotros”.
Ahora el fluido vital huye
del encendedor desechable,
y palidece su brillo
cilíndrico, translúcido, carmesí—
Oh reina de las ciudades, estrella matutina.

Arde dentro de mí la edad

El camino se aclara cada año
y cada año lo cubre la maleza;
la naturaleza es nuestra colaboradora
y nosotros, después, ya no ayudamos


II

El cuadro verde-océano de la televisión
amado y anhelado como ningún rostro humano...

Desde mi cuarto aislado,
hablo conmigo mismo y me aprovecho.
Convalezco. No disfruto
la polémica con mis viejos alumnos,
y coloco un tablero sobre los brazos de mi silla
para escribir cartas
que incineran temiéndole a mis gérmenes.
Los discípulos descienden como golondrinas del Brasil
o reseñas de libros desde Londres.
¡Ah! en las noches de insomnio, cuando mi tragedia
deleita a las aves ociosas, pregunto
por sus inesperados rostros familiares
que hoy no identifico.

Los estudiantes cuyo entusiasmo
abrió espacio en el aire
se han graduado para dejar de ser.
No tendrá caso
convocarlos de nuevo a la existencia,
tendrían la alocada sinceridad de los fantasmas...
sin referencias o regalías,
sin empleo.

Ahora, casi completamente congelado,
miro la rosa florecer en mi calentador.
Y en los instantes cálidos, contemplo
la belleza que volvió tropical
el verano en Long Island.
De los noventas a Nixon,
la misma joven, los mismos senos
deliberadamente tersos todavía.
En mi pantalla
su patrón intolerable
me la ofrece cada noche
como si dispusiese de su hija.

¿Me volverá su pánico infalible?
¿Era mi integridad mi única
comprensión de todo lo que odiaba?
¿Asesinó el músico Gesualdo
a su mujer para heredar
su voz de ruiseñor?

Mi crítica sobrevive a sus víctimas,
enterradas en las pequeñas revistas literarias
que nos promueven periódicamente,
al barracuda y a su presa.
Mis notas primerizas,
alguna vez el equivalente verbal del asesinato,
son ahora una breve hilera compacta,
casi tan vieja como yo.
Cetrinas, se derrumban
sus tiesas páginas,
vuelan como hojas secas
hacia el árbol que las alimentó.
Detrás de las fachadas celulares de Nueva York
ataviadas de indiferencia vítrea
me disminuyo... ya no más explosivo.

Demando una muerte natural
sin morder el polvo,
sin esparcir la sangre...
No le temo a la muerte...
sino al dolor incierto, ilimitado.

 

De Day by Day

 


Desde 1939


Nos perdimos la declaración de guerra,
en la luna de miel, en tren hacia el oeste;
en los revolucionarios treintas
fatigamos los Poemas de Auden, hasta que bajamos
    la cabeza
de acuerdo al caminar
de lo anacrónico, confortable y mezquino...
Hoy de más cosas me pierdo,
mi equivocación es más consciente.
Veo otra muchacha leyendo el último libro de Auden.
Debe ser muy moderna,
usa el pretérito para diseccionarlo.

Como Munich, él es ahora histórico
y quizá maduró
hasta amar la podre del capitalismo.
Vivimos todavía
entre el demonio de sus negligencias
que él quiso desdeñar
con la excentricidad malévola de la vejez.

En nuestro inconcluso y revolucionario presente
nada comienza y todo ha terminado.
El Diablo sobrevive a sus vacías esquelas
y se dirige, cojeando y maldiciente, a su demolición,
la pesadez moral más allá de balanzas,
vómito circular como manchas
de hierba amarillenta.

Inglaterra y Estados Unidos han durado
lo suficiente para temerle a su pasado,
los hábitos se aprietan como cera,
los alegres, los prósperos, su ácida violencia.

Hace unos diez años
caballerosos negros africanos revisaron
su pequeño cementerio inglés y en la basura
sofocaron estatuas
de la Reina Victoria, de Kitchener, de mercenarios de Belfast
tallados en jabón y por mandato desangrados hasta
    la blancura.
Los apresan las cartas marcadas que norman su salario—
que el infortunio soberano abandonen.

¿Se entusiasmaron demasiado como una gran actriz
dedicada a probarse su vestuario?
¿Tal vez creyeron que ellos revivirían
de proseguir su espíritu?

Sentimos a la máquina huir de nuestras manos,
como si alguien más la condujera;
si vemos una luz al fin del túnel
es la luz de otro tren que se aproxima.

 

De Day by Day